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Por fortuna, a las seis de la
mañana dejó de llover, pero se cirnió tina densa niebla. La
carreta donde cargamos el equipaje debió hacer un amplio rodeo para llegar al puerto, mientras nosotros, resoplando y jadeantes, bajamos a los tropezones las empinadas cuestas que los patagones llaman calles. Los peones del puerto habían encendido una gran fogata cerca del embarcadero, en parte para calentarse, en parte para favorecer la orientación, pues la iluminación de las calles es bastante deficiente en Patagones, en particular cuando hay bruma. Por la mojada y limpia planchada subimos felizmente a bordo del "Libertad" y de éste pasamos al "Ynacayal" mediante un elegante salto por encima de la borda. Por suerte -los jóvenes la tienen- quedaba aún un camarote desocupado provisto de dos camas que ocupamos enseguida. Era muy reducido y bajo y las camas demasiado cortas y angostas para nuestras proporciones, pero de todos modos era mejor que la -galera". Este vapor construido en los astilleros de Buenos Aires había sido equipado con gran sentido práctico. Tenía una capacidad de carga de 120 toneladas y un calado de un metro. Con un poco de esfuerzo podía desarrollar una velocidad de ocho nudos por hora y durante ese viaje lo hizo, pues el río estaba en crecida y su enorme caudal fluía a una velocidad de siete millas por hora por el declive del valle hacia el océano. Cuando las condiciones de las aguas son normales la velocidad ordinaria de la corriente es de sólo cinco millas. |
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Navegación en vapor por el Río Negro
de M. Alemann
ediciones elaleph.com
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