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El único paso entre Chile y la República Argentina a través de la montaña agreste es el de Uspallata, por el cual las comunicaciones son bastante regulares en verano. La pequeña ciudad de Santa Rosa de los Andes constituye el punto de partida para su cruce. Está situada al pie de la montaña a unos setenta kilómetros al norte de Santiago, a 818 m sobre el nivel del mar. A mitad del camino entre la capital de la República y Valparaíso se desprende una carretera lateral que remonta el valle del río Aconcagua a través de ricos y agradables paisajes. La montaña que da su nombre al valle y al río y cuya cima es sin duda la más alta del Nuevo Mundo, queda oculta a la vista tras las estribaciones de la cordillera. Del valle del río Aconcagua proviene la increíble cantidad de frutas que se ven apiladas en Valparaíso. Hasta donde alcanza la vista, se extienden por el valle las plantaciones de melones y árboles frutales y las vides no sólo proveen preciosas uvas, sino también un vino muy agradable. Santa Rosa, llamada con más frecuencia Los Andes, es una pequeña pero dinámica villa pues en la estación veraniega (de noviembre a abril) ese paso cordillerano es utilizado por un importante tránsito carguero. No tuve dificultad en alquilar mulas a un precio bastante económico, para ir hasta Mendoza.

Los horrores y peligros del Paso de Uspallata son en gran parte producto de la exageración. No hablo del otoño tardío (abril o mayo), época en que terribles tormentas de nieve dejan sepultado al viajero o lo condenan a morir de hambre si no logra alcanzar a tiempo un refugio; también excluyo el invierno, durante el cual sólo el chasqui vadea la profunda capa de nieve cargando su hato, pero en verano, con excepción del camino algo pedregoso en algunos tramos y los hospedajes por cierto no excesivamente cómodos, no pude descubrir mayores inconvenientes. Los viajeros que hayan debido sufrir las inclemencias del clima quizá tengan una opinión divergente, pero cuando algún nuevo relator que presumiblemente ha cruzado el paso con el mejor tiempo, hace las más excitadas descripciones de sus peripecias, no puedo menos que admitir que no conoce otras regiones montañosas. El paso es por cierto de una inmensa grandiosidad y en nuestros Alpes no hay nada comparable a él. Sólo algunos valles rocosos aislados de la pendiente norte del Cáucaso muestran pasos similares.

Al alba del día tres de marzo salí de Los Andes. La carretera se prolonga por espacio de varias horas entre huertos rodeados de altos álamos hasta que un estrechamiento del valle pone fin al suelo fértil. Cerca de la aduana chilena se atraviesa uno de los afluentes del Aconcagua y el camino de herradura sube hasta la cordillera bordeando el río juncal, otro de sus afluentes. El ascenso es por demás uniforme y sería monótono si a ambos lados no se alzaran escarpas de las formas más caprichosas. A una altura de muchos miles de metros esas pendientes acompañan al valle que ora se estrecha convirtiéndose en desfiladero, ora presenta pequeños claros en los cuales se suelen ver chozas aisladas, rodeadas de arbustos y praderas donde pastan los animales. En las laderas pardo rojizas sólo crece un cerco espinoso y en las nevizas brilla alguna que otra mancha blanca de nieve. En el valle el sol quema sin piedad. El camino es pedregoso, pero por lo demás muy cómodo. En la última posta, Los Hornitos, nos informaron que ese día sería imposible avanzar hasta el juncal al pie del paso propiamente dicho, pues el arroyo que pasa por el lugar estaba muy crecido por las nieves derretidas y la fuerte correntada acababa de arrastrar una de las mulas de un viajero con toda su carga. En consecuencia, esa noche debí conformarme con un lecho muy precario en la choza (mejor dicho un montón de piedras) Los Ojos de Agua. En aquel lugar volví a comprobar cuán beneficioso es el movimiento en la fresca atmósfera de la montaña para una persona atacada de catarro. Tanto en Santiago como en Los Andes me había sentido constantemente resfriado como consecuencia de los cambios continuos de un calor ardiente a una cruda atmósfera de sótano. Y en aquellos momentos, después de cabalgar doce horas y a 2.700 m de altura, me sentía de nuevo en perfecto estado de salud.

Más abajo de mi albergue comienza la hilera de casuchas, pequeñas chozas de piedra, construidas por el gobierno para brindar refugio a los viajeros. Del lado argentino presentan una forma circular, similar a los hornos, pero del chileno son cuadradas y la puerta se abre sobre el lado menos peligroso. Durante la estación benigna permanecen desocupadas. Los arrieros de tropillas de carga forman un círculo con los bultos de las mercancías y duermen en el centro envueltos en sus ponchos, mientras las bestias triscan la escasa hierba en las laderas de la montaña. Las caravanas que se suelen ver en ese lugar transportan mercadería de preferencia a lomo de mula. Criadas por excepción en los ricos prados de la provincia de Mendoza, aventajan a todas las demás razas de América del Sud, si bien son inferiores a los productos de huesos substanciosos que se crían en el oeste de los Estados Unidos. En Mendoza, su precio es tan bajo (60 a 100 marcos por una buena mula, equivalente a la mitad del precio de un caballo), que para travesías largas nadie piensa en arrendar animales. Las personas que encontraría en aquel páramo montañoso me fueron descriptas a una luz nada favorable. De dar crédito a todos los informes recogidos, la población no se compondría sino de asesinos, bandidos y ladrones. Es innegable que los crímenes y asaltos callejeros son frecuentes y que el pueblo chileno cuenta con numerosos ladrones, pero me resisto a creer que en el verano, durante la época de activo tránsito, el paso sea inseguro. Personalmente, mis peones así como toda la gente que encontré en el camino, me parecieron individuos serviciales y amables y jamás me dieron motivo alguno de queja.

A fin de cruzar el paso a una buena hora, partimos al rayar el alba. El juncal cuyo caudal acrecentado por las avenidas había arrastrado una mula el día anterior, esa noche se había reducido hasta quedar convertido en un manso arroyuelo que vadeamos sin riesgo alguno. Comienza allí el paso propiamente dicho. Algunas chozas miserables indican la existencia del último poblado del lado chileno. En empinados zigzags el camino de herradura va serpenteando entre laderas peñascosas, pero el ascenso se ve interrumpido por varios peldaños casi planos. En uno de esos rellanos, la vista descubre un lago alpino de gran superficie, la laguna del Inca que parece llenar el fondo de un alto valle.

 
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A Mendoza a través del paso de Uspallata de Max von Thielmann   A Mendoza a través del paso de Uspallata
de Max von Thielmann

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