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Y grande debe de ser, sin duda, el oculto prestigio de esos versos, capaces todavía de conmover en lengua extraña, con rimas nuevas, y hasta destituidos a veces del halago métrico. Parece como que la esencia de estos Lieder, por lo mismo que es tan espiritual y recóndita y que no está pegada a los ápices de la dicción, ni envuelta en el tornear de la frase, sobrenada siempre como el aceite sobre el agua, y hasta en la prosa francesa de Gerardo de Nerval se siente y percibe. Que es condición de la belleza eminente no ser de la que los filólogos guardan para fruición suya, ni de la que te pierde por adjetivo de más o de menos, sino de la que resiste a todas las manos que la trabajan y reproducen, y por ser su raíz universal y humana, es también comunicable y difusa en alto grado, y es a un mismo tiempo la más traducible y la más intraducible de todas las creaciones del arte. No se traduce el sonido de las sílabas, pero se traduce su vibración en el alma, que es lo que importa. Lo demás, fácilmente lo adivinará quienquiera que tenga sentido poético.

Enrique Heine es el último de los grandes poetas de este siglo, el más próximo a nosotros, y quizá por eso el más amado de muchos. Sólo Alfredo de Musset comparte con él el cariño de los que en la generación joven todavía se apasionan por las cosas de arte. Y hay en verdad evidentes relaciones entre los dos poetas, sobre todo por ser uno y otro poetas sinceros, si alguna vez los hubo, y tales que el tiempo, gran depurador de las cosas, deja hoy en pie su obra casi íntegra, al paso que ha marchitado no pocas languideces del lirismo lamartiniano, y tanta falsedad intrínseca y tanto oropel teatral corno se albergó bajo el espléndido manto de armonías y de colores, tejido por la Musa de Víctor Hugo. ¿Qué más? hasta los piratas de lord Byron van pareciendo inofensivos, en comparación con el pirata interior, con el demonio tenaz del pensamiento, que el poeta llevaba consigo y que, cuando hablaba por su cuenta, le hacía ser mil veces más elocuente que todos los Laras, Caínes y Sardanápalos. En vano prosigue Víctor Hugo (el último superviviente de los poetas románticos) martillando sobre el yunque donde se forjan los alejandrinos centelleantes. El tiempo de los rugidos de títan ha pasado, y ya no espantan sino a los niños. El Souvenir de Musset vive en todas las memorias, y en cambio, ¿quién recuerda hoy una sola estrofa de las Orientales?

Por el contrario, nada más fresco a la hora presente que El Regreso, La Nueva Primavera, El Mar del Norte y El Romancero, de Heine. Nunca la mezcla de espontaneidad y de reflexión ha llegado en el arte moderno a más alto punto. Nunca se ha alcanzado más profundo efecto con medios más sencillos, con historias casi triviales de amor. Nunca ha florecido una poesía más intensamente lírica, y más desligada de las condiciones de raza y de tiempo; más propia, en suma, para servir de expresión palpitante a sentimientos de todos los pueblos y de todas las latitudes. Nunca ideas y afectos más flotantes, más ondulosos, más difíciles de aprisionar en la tela de oro y seda que teje la palabra rítmica, han venido tan dóciles al conjuro, del poeta. Nunca manos escépticas han tocado con tanto amor las luminosas quimeras de la vida.

Todo, hasta el más fugitivo movimiento del ánimo, se cuaja aquí en forma traslúcida. La naturaleza no está directamente y como objeto sino, reflejada en el alma del poeta. Los aromas del Oriente perfuman sus cantos: el ruiseñor de Hafiz vuelve a sonar en sus verjeles: ruedan solemnes las aguas del Ganges sagrado, donde la simbólica flor del loto aguarda el beso de la luna: cruzan entre las nieblas del Norte los dioses de la Grecia desterrados; y la austera sombra de nuestro Jehudá-Leví de Toledo se levanta como llameante columna que guiaba a la caravana de Israel por su nuevo destierro. La misma extraña mezcla de sangre y de educación que había en Enrique Reine contribuye a dar peregrinó sabor a estas poesías. Hebreo por raza, alemán por nacimiento, francés por larga residencia y por algunas partes (no las mejores) de su genio, buscó en el Mediodía calor, luz y libertad para su poesía meditabunda y germánica. De todo ello resultó un fruto acre y picante, y a la vez sabroso y tierno, que quizá nunca volverá a darse en el mundo, porque las condiciones en que se dio no son de las que se procuran artificialmente. Y no es una de las menores glorias de Enrique Heine el ahuyentar eternamente la turba gárrula de los imitadores. Heine sin la ironía no es más que medio Heine; y la ironía heiniana, lo mismo que la ironía socrática, ni se imita, ni se parodia. Fue (como ha dicho ingeniosamente uno de los críticos de su nación, que no acaban de perdonarle de buen grado sus ofensas a ella) un ruiseñor alemán, que hizo nido en la peluca de Voltaire.

A tan soberano autor nos presenta traducido en verso castellano el joven y distinguido poeta valenciano D. José J. Herrero. A quien con empresa de tal magnitud se estrena en la república de las letras, poco pueden halagarle los elogios de rigor en un prologuista y en tales ocasiones. No aspira ciertamente el Sr. Herrero al lauro de la perfección en intento tan difícil y en tan copioso número de versos. Pudo conseguirla Florentino Sanz en una docena de canciones escogidas y cuídalas con particular esmero pero en una obra larga nadie escapa de inevitables desigualdades. Así y todo, compárese esta versión del Intermezzo, con las cinco o seis que hasta ahora tenemos en castellano, y, a mi entender, se la encontrará más poética y más fiel que las restantes. La traducción de las colecciones posteriores, todavía me agrada más, porque la mano del traductor corría más suelta y ejercitada, y había llegado el Sr. Herrero a identificarse más con el espíritu del original que traducía. Pueden notarse, en verdad, algunos versos flojos o faltos de cadencia y número, tal o cual, expresión prosaica y alguna no muy propia; defectos fácilmente perdonables cuando el conjunto agrada y da una idea bastante exacta de las bellezas de los Lieder. Por mi parte, sólo aconsejaré al Sr. Herrero que procure acercarse todo lo más posible a la frase alemana, en los casos en que esta difiere del texto en prosa que el mismo Heine autorizó en París, modificándole con frecuencia él o su traductor por escrúpulos y consideraciones nimias al meticuloso gusto francés, que no deben hacernos fuerza en España.

Aunque sus propios versos originales no lo acreditaran, bastaría esta versión para dar al Sr. Herrero crédito y nombre de poeta. Su educación literaria, sana y severa, basada principalmente en el estudio de los modelos de las literaturas inglesa y alemana, nos hace esperar de él que ha de trasladar con feliz éxito a nuestra literatura, bien necesitada hoy de savia vigorosa, elementos nuevos y dignos de vivir y florecer bajo todos los climas.

M. MENÉNDEZ Y PELAYO.

Junio de 1883.

 
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