-¡Ya tendría preparada una droga para evitar la indigestión!...
Terminó Juanillo la sopa como
sí tal cosa. Y la cocinera, seguida de muchos ayudantes, fue depositando
en la mesa las cinco enormes fuentes con sus correspondientes volátiles. Para acompañarlas, trajo también tres no menos enorme palanganas llenas de ensalada de lechuga y escarola, que alcanzarían para una comida de cien cubiertos. Inmediatamente cundió por el comedor el olor fétido de la carne de cisne... Los curiosos se llevaron los pañuelos a las narices, al menos, aquellos que tenían pañuelos... Juanillo ensayó cortar un alón con el trinchante, inútilmente: la negra carne parecía madera... El capataz se adelantó entonces ofreciéndole su facón, que, recién afilado, cortaba como navaja de afeitar.. Con él, a costa de penosos esfuerzos, consiguió Juanillo servirse una ración que apenas cabía en el plato...
Anhelantes, todas las bocas exclamaron:
-¡Ah!...
Tomó Juanillo un vaso de vino para darse coraje, y medio mareado ya por la fetidez de aquella carne horrible, se puso de pie y gritó a la concurrencia:
-¿Qué les importa a ustedes que yo coma no coma? ¡Mándense mudar ahora mismo, si no quieren que los eche como perros!
Estaba terrible, con el cabello revuelto,
los ojos saliéndose de sus órbitas y el facón en la mano... Loa chicos, las mujeres y hasta los hombres lanzaron un grito de terror y huyeron despavoridos... ¿Cuál no serían la cólera y la fuerza de un hombre que tenía su apetito? Quedando sólo en el comedor, Juanillo cerró herméticamente las puertas, las ventanas y los postigos... Lo que así oculto hizo para hacer desaparecer como si la hubiera comido, tanta carne nauseabunda, mejor es no contarlo, para no meternos en cosas sucias, ni entrar en gabinetes reservados.