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No hay, entre las muchas anomalías incomprensibles de la ciencia psicológica, tema más emocionante, más excitante que el hecho- creo que nunca mencionado por las escuelas- de que, en nuestros esfuerzos por traer a la memoria algo durante largo tiempo olvidado, con frecuencia nos encontramos al borde mismo del recuerdo, sin que se pueda por fin amarrarlo. Y así muchas veces, en mi intenso examen de los ojos de Ligeia, sentí que me acercaba al conocimiento exacto de su expresión, sentí que me acercaba, pero no lo hacía mío, desaparecía por completo. Y (¡qué cosa más extraña, el más extraño misterio!) encontraba, en los objetos más comunes del universo, un círculo de analogías con aquella expresión. Quiero decir que, después de que la belleza de Ligeia entró en mi espíritu, morando como en un santuario, yo sacaba de muchos objetos del mundo material un sentimiento parecido al que despertaban dentro de mí sus grandes y luminosas pupilas. Pero, no por este motivo puedo definir mejor ese sentimiento, ni analizarlo, ni siquiera contemplarlo con calma. Lo he reconocido a veces, repito, en una parra que creía, en una mariposa, en una crisálida, en la corriente de un río. Lo he experimentado en el océano, en la caída de un meteoro. Lo he sentido en las miradas de personas muy viejas. Y hay una o dos estrellas en el cielo (especialmente una, de sexta magnitud, doble y cambiante, que se encuentra cerca de la gran estrella de Lira), que, miradas por un telescopio, me han trasmitido el mismo sentimiento. Me ha embargado al escuchar ciertos sonidos de instrumentos de cuerda y con frecuencia al leer pasajes de determinados libros. Entre otros innumerables ejemplos, recuerdo bien algo escrito en un volumen de Joseph Granvill, que (quizá simplemente por lo insólito, ¡vete a saber!) nunca ha dejado de inspirarme ese sentimiento: «Y allí yace la voluntad, que no muere. ¿Quién conoce los misterios de la voluntad y su fuerza? Pues Dios no es más que una gran voluntad que penetra todas las cosas por obra de su fuerza. El hombre no se doblega a los ángeles, ni totalmente a la muerte, si no es por la flaqueza de su débil voluntad»

El paso de los años y la reflexión consiguiente me han permitido establecer cierta conexión remota entre este pasaje del moralista inglés y un aspecto del carácter de Ligeia. La intensidad de pensamiento, de acción, de palabra era posiblemente en ella el resultado, o por lo menos un índice, de esa gigantesca voluntad que, durante nuestras largas relaciones, no dejó de dar otras muchas y evidentes pruebas de su existencia. De entre todas las mujeres que he conocido, la externamente tranquila y siempre plácida Ligeia era presa con más violencia que ninguna de los tumultuosos buitres de la inflexible pasión. Yo no podía estimar esa pasión, a no ser por el milagroso dilatarse de aquellos ojos que me encandilaban y me aterraban a la vez, por la melodía casi mágica, la modulación, la claridad y la placidez de su voz tan profunda, y por la feroz energía (doblemente efectiva en contraste con su modo de expresarse) con que pronunciaba habitualmente sus extrañas palabras.

 
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