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Quizá fuera medianoche, tal vez más temprano, o más tarde, pues no tenía conciencia del paso del tiempo, cuando un sollozo sofocado, suave pero muy claro, me despertó de mi ensueño. Sentí que venía del lecho de ébano, del lecho de muerte. Presté atención en una agonía de terror supersticioso, pero no se repitió el sonido. Esforcé la vista para distinguir cualquier movimiento del cadáver, pero no percibí ninguno. Sin embargo, no podía haberme equivocado. Había oído un ruido, por suave que fuera, y mi espíritu estaba despierto. Mantuve con decisión y perseverancia mi atención clavada en el cuerpo. Pasaron unos minutos sin que alguna circunstancia arrojara luz sobre el misterio. Por fin se hizo evidente que un color muy débil, apenas visible se difundía por las mejillas y por las pequeñas venas hundidas de los párpados. Con una especie de horror y espanto indecibles, que el lenguaje humano no tiene una expresión suficientemente enérgica, sentí que mi corazón dejaba de latir y que mis miembros se quedaban rígidos. Sin embargo, el sentido del deber me dio ánimos. Ya no podía dudar de que nos habíamos precipitado en amortajarla, de que Rowena aún vivía. Era necesario hacer algo inmediatamente, pero la torre estaba apartada de las dependencias de la servidumbre, no había nadie cerca, yo no tenía forma de pedir ayuda sin abandonar la cámara unos minutos, y no podía aventurarme a salir. Por eso luché solo en mi intento de hacer volver a la vida al espíritu que aún flotaba. Pero, después de unos instantes, resultó evidente la recaída: el color desapareció de los párpados y las mejillas, dejándolos más pálidos que el mármol; los labios estaban doblemente apretados y contraídos en la espectral expresión de la muerte; una viscosidad y un frío repulsivos cubrieron rápidamente todo el cuerpo, y sobrevino inmediatamente la habitual rigidez cadavérica. Volví a dejarme caer con un estremecimiento en el diván de donde me había levantado bruscamente, y me entregué de nuevo a mis visiones apasionadas de Ligeia.

 
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