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I

FASCINACIÓN

Hacia mediados de octubre de 189..., los habitantes de la casa número 214 de la calle de Spontini vieron instalarse en el quinto piso del inmueble, con vistas al patio, unos inquilinos dignos de atención. Un hombre de edad indecisa, entre cuarenta y cincuenta años, alquiló allí un cuarto de seis piezas para él, su hija, y una criada.

Era el hombre de estatura mediana y estaba siempre de luto. La hija, que parecía tener unos dieciocho años, era la más encantadora niña que pudiérase ver, rubia y blanca, con admirables ojos obscuros, ni alta ni baja, bien formada, al menos por lo que se podía juzgar por encima de sus severos trajes negros.

El padre no se parecía en nada a la hija, aunque él también mostrase una rara y aristocrática belleza. Su pálida cara, a la que servía de marco una barba sedosa y rizada, tenía esa finura de facciones que se encuentra sobre todo en los ingleses y en ciertos pueblos de Oriente. Sus manos largas indicaban su origen de nobleza. Pero toda esta distinción parecía acusar el refinamiento morboso de una gran raza en decadencia.

Llamábasele «señor Magos», nombre raro por su consonancia griega. La joven tenía un nombre de dulzura antigua: Sibila.

La mujer que los servía era bretona, de mediana corpulencia, fisonomía grave y un laconismo que admiraba a los proveedores del barrio, aunque no tenían más que elogios que hacer de sus nuevos parroquianos.

Venían éstos del país de Nantes y, manifiestamente, no eran ricos, lo que no significa que fuesen absolutamente pobres. Disponían sin duda de una de esas rentas medianas, seis o siete mil francos, suficientes para sostener cierta categoría en el campo, pero que permiten apenas vivir en París, a condición todavía de tener la más estricta economía y de que el alquiler no exceda de mil quinientos francos.

Este era el caso de Magos, de su hija Sibila y su criada Ibona.

Por los informes tomados, se había sabido que el hombre de luto poseía en los alrededores de Nantes, a la orilla del Sevre o de sus afluentes, una finca de cien hectáreas, servida por dos granjas de un rendimiento de tres a cuatro mil francos. El punadero, el carnicero, el tendero de comestibles y el lechero no habían preguntado más. Para ellos era aquella «buena gente», es decir incapaz de desaparecer de la noche a la mañana, como tantos otros parisienses momentáneos. Si los interesados hubieran pasado el umbral de la casa, se hubieran quedado sorprendidos por la austeridad casi monacal del mueblaje.

Para algunos, se hubiera explicado la cosa por la hipótesis, por otra parte verosímil, de que Magos y su familia pensaban permanecer poco tiempo en París. Pero la mayoría hubiese deducido que «debía limitar su crédito».

Los comerciantes del barrio no tuvieron ese motivo de precaución por dos razones, la primera de las cuales fue que ningún intruso penetró en casa de los Magos, y la segunda, que era la mejor, que todas las notas y facturas fueron pagadas al contado por la poco prolija sirviente. Y todos pensaron que el mejor informado en este asunto era el propietario, el cual había debido de imponer a sus inquilinos la obligación habitual de «tener los lugares constantemente guarnecidos de muebles, para la garantía de los alquileres presentes y futuros.»

Si los comerciantes quedaron pronto tranquilos, los vecinos del piso de Magos conservaron más tiempo su desconfianza.

Estos -el hombre está inclinado a las sospechas-creyeron notar una gran desemejanza entre el padre y la hija. Moreno y pálido, Magos presentaba, una cara impresionante de pensador solitario, de sabio misterioso, dedicado a investigaciones ocultas. Sibila, por el contrario, parecía una flor de primavera coronada de un nimbo de poesía y no tenía más sortilegios que los encantos de su inocencia y de una belleza que ostentaba todos los atractivos de su sexo. Recibía su poder, menos del esplendor de su juventud que de la lilial blancura de su alma transparente y del seráfico candor de sus pupilas en las que palpitaba un ensueño celeste. Era aquella niña tan naturalmente elegante que las mismas mujeres, severas en sus críticas, no lograban burlarse de sus trajes obscuros, del corte provinciano de sus atavíos, ni de sus sombreros pasados de moda.

Pero estuvieron mejor informados al cabo de quince días.

En efecto, un visitante era recibido en la intimidad de Magos, un joven de aspecto atlético, de cara de líneas clásicas, de tipo marcial por un bigote caído y que representaba exactamente el conjunto que la iconografía presta a los antiguos galos. Súpose en seguida que era el novio de Sibila, el ingeniero químico Gerardo Herbault, director de los laboratorios del barón de Arona. Hubo, pues, que rendirse a la evidencia; las cuatro personas que habían empezado por despertar la curiosidad de sus vecinos, eran los seres más sencillos y más tranquilos que se podía imaginar.

En el mes de noviembre, cuando se hacen más espesas las brumas de otoño, los cristales de una de las habitaciones de la casa, se iluminaron con una luz blanquecina, bastante semejante a la eléctrica pero más azulada, según aseguraban los vecinos de enfrente, y no hizo falta más para hacer revivir los comentarios de vecindad. Aquella claridad misteriosa que se filtraba a través de los visillos cuidadosamente corridos, dio lugar a las más ridículas y más ofensivas hipótesis.

En el departamento que ocupaba el señor Magos no estaban instalados ni el gas ni la electricidad, por ser aquella una casa edificada hacia el fin del imperio, es decir, en una época en la que arquitectos, propietarios y maestros de obras seguían edificando sus cuarteles de seis pisos, sin cuidarse del arte ni de la comodidad, con el único fin de llenarlos de inquilinos, materia dispuesta a todas las vejaciones y productora de buenas rentas.

El hombre de luto fabricaba, pues, su propio alumbrado. La acetilena, cuyo uso era tenido por peligroso y que era casi desconocida del público, da una luz blanca, y la que se observaba a través de los cristales de Magos era esencialmente azulada. Deducíase de esto, no sin apariencia de razón, que esa coloración era debida al empleo de sales químicas, como en las combustiones de la pirotecnia.

De esto a preguntarse el por qué de aquella luz tan rara, no había más que un paso, que, una vez dado, hacia entrar de lleno en el ilimitado dominio de las más peligrosas suposiciones. ¿No sería Magos, con su cara austera y melancólica de alquimista de la edad media, alguno de esos tenebrosos anarquistas que preparan en la sombra los atentados que indignan a la humanidad, o más sencillamente aun, un monedero falso experto en el arte de «lavar» los títulos robados y de dar al plomo las apariencias del oro acuñado?

Durante más de un mes los chismes fueron creciendo y la opinión, bastante alarmada, hizo susurrar sus falsas acusaciones en los oídos del comisario de policía.

 
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