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Cuando llegó el día entregué los dibujos. ¡Estaba tan, pero tan convencida que iba a ganar! Sobre todo con el de Mar del Plata, me parecía maravilloso. No le dije a nadie, claro, porque sabía que nadie me tenía fe y que se me iban a reír. Cuando llegó la entrega de premios el hall del subsuelo del colegio estaba repleto de alumnas y profesores. Me acuerdo las caras de orgullo de todas las que dibujaban bien cuando la gente pasaba al lado de sus dibujos (estaban expuestos en las paredes) diciendo “¡Qué lindo! ¡Qué perfecto!”, y cosas por el estilo. No se podía decir de quiénes eran los dibujos, pero la gente ponderaba y algunos estilos eran muy conocidos. Yo no decía nada y nadie me preguntaba por el mío, obvio. Comenzó la entrega de premios, era una ceremonia larga y había distintas menciones para los distintos cursos. Los premios fueron pasando hasta que llegó el primer premio. ¡Cuánta felicidad! ¡Era el del rompehielos! Había ganado el mío. Lo recuerdo como el día en que empecé a tener fe en mí misma. Fue después de eso que empecé a mostrar que cantaba bastante bien, actuaba y, muchas veces, participaba de los actos o conciertos. Eso hizo crecer la confianza en mí misma.
Al comenzar la secundaria era considerada una alumna del montón. Ya era algo. Siempre tuve dificultades para comprender las matemáticas y las ciencias exactas, pero escribía bastante bien y daba excelentes orales. Mi participación en clase y buena disposición con los profesores siempre me ayudaba con la famosa nota de concepto, gracias a la cual me salvé de llevarme muchas materias a diciembre o a marzo.
En quinto año del secundario las alumnas y todo el cuerpo de profesores, elegían a los que iban a ser los “Capitanes” de los equipos del colegio. Había tres equipos o “casas” —así las llaman los ingleses—: Rojos, Azules y Amarillos. Yo era del Amarillo, como habían sido mi madre y mi hermana. Fui votada casi por unanimidad como Capitana General del colegio, es decir, de los tres colores. Aún recuerdo la emoción profunda que sentí cuando me nombraron y me vivaron en el hall central, repleto con casi quinientas alumnas. Ese día, la monja que había sido mi directora en la primaria me llamó a su oficina y me dijo algo así: “En verdad yo no te tenía fe, llegaste muy lejos”.
Durante todo el año trabajé sin descanso por todo el colegio. Muchas veces llegaba a mi casa de noche, después de mantener reuniones con comisiones diversas por distintos temas: teatro; música; comedor; campeonatos deportivos internos entre casas; competencias intercolegiales; confirmación de alumnas o preparaciones de ferias de ciencia o de lectura. Terminé amando el colegio y deseando que muchas personas en nuestro país tuvieran acceso a la posibilidad que yo había tenido de descubrir quién era o quién podía ser.
Después de todo eso estudié, me casé y tuve cinco hijos. Todos han ido a la escuela; uno aún en la secundaria y el otro en la primaria. Escucho sus historias todos los días, son muy atentos a todo lo que hacen sus profesores y maestros. No siempre aprenden lo que ellos intentan enseñarles, pero aprenden otras cosas, miles de otras cosas. Algunas, quizás, escandalizarían a sus maestros, pero sus cabecitas jamás dejan de aprender.
Me duele cuando mis hijos, u otros alumnos, no pueden recordar ni una sola actividad interesante que hayan desarrollado en la escuela. Muchas veces les pregunto y la respuesta que me dan es: “Yo no aprendí nada, no me puedo acordar nada bueno”. ¡Qué tristeza! Pero otras veces me encuentro con historias maravillosas de alumnos y docentes, y son esas historias las que me han inspirado a escribir.
Estoy segura que todas esas experiencias me ayudaron para ser lo que soy ahora como educadora y, en particular, para poder publicar este libro, que pretendo que pueda leerse siguiendo la historia que cuenta Esperanza.
Espero que los entusiasme tanto leerlo, como a mí me resultó fascinante escribirlo.

 
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Esperanza en la escuela de Victoria Zorraquín   Esperanza en la escuela
de Victoria Zorraquín

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