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A la sombra del alero de una casa campesina, un hombre vestido a la usanza de las gentes del lugar, mateaba con su mujer. Era cerca del mediodía y le gustaba saborear unos amargos antes de churrasquiar.
Las altas botas inglesas recogían las botamangas de la bombacha ancha, planchada en decenas de tablitas. El paisano se cubría con un sombrero negro de ala ancha, que ahora llevaba echado hacia la nuca. La forma de sentarse en una silla petisona, con las piernas abiertas, un codo apoyado sobre una rodilla y la ubicación del cubrecabeza, decían a las claras que el comisario se encontraba franco de servicio.
Él sabía adoptar una estampa especial cuando se dedicaba a los asuntos de su incumbencia y al hallarse descansando, perdía en alguna medida esa apostura típica de funcionario de la Policía Provincial.
Mientras colaba la bombilla entre los flecos del bigote tupido, miraba en dirección al pueblo como si aún en su descanso sintiera el compromiso de prestar alguna atención a los dominios bajo su cuidado.
Achinaba los ojos cuando sorbía la infusión a punto del hervor, como a él le gustaba, de tal suerte que un visaje de este gesto daba el aspecto que se concentraba en la observación del terreno.
Cuando oteó a la distancia que se acercaba un jinete, lo reconoció inmediatamente como personal propio. El montado gastaba un trotecito ligero y como el comisario había prohibido llevar los animales de dotación a ese paso, comprendió que la causa de aquella visita era de apuro.
—Viene el Cosme al trote... —dijo el hombre a su mujer, quien miró hacia el jinete que se aproximaba. Ella comprendía lo que implicaba la presencia del agente a esa marcha.
El comisario se puso de pie y compuso el gesto para recibir a su subordinado. Ya en personaje, con el talero cortón colgando de la muñeca derecha, se echó el sombrero a los ojos y salió de la protección del alero flequilludo.
—Buenos días mi Jefe —saludó el agente, aun antes de poner un pie sobre el terreno. Sin esperar respuesta (en realidad no tenía por qué esperarla porque el comisario nunca saludaba a sus hombres), ató las riendas de su montura en un palo clavado a pique sobre el terreno, a unos pocos metros de la entrada de la casa, tan cerca como para permitir al recién llegado acceder de inmediato a la sombra de la techumbre de paja y suficientemente lejos para impedir que el bosteo de los animales y su mosquerío molestaran en las habitaciones.

 
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Almuerzo en Domselaar de Adalberto Carlos Ontivero   Almuerzo en Domselaar
de Adalberto Carlos Ontivero

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