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Avellaneda ha sido uno de los pocos hombres que me ha querido realmente y sin ambages; toleraba mis incongruencias y se explicaba las faltas aparentes de lógica o de correlación en mis actos.

Yo también lo quería mucho y no podía pasar un día sin verlo.

Cuando por alguno de esos motivos míos, reales o imaginados, dejaba de visitarlo, sufría yo con la privación que me imponía, pero experimentaba un secreto placer calculando que él también me extrañaba.

Don Andrés Egaña nunca pudo explicarse este vínculo entre dos personas tan diferentes en su opinión, pero como tenía que subordinarse al juicio y a los sentimientos de su compadre, él también concluyó por quererme, siendo correspondido por mí debidamente.

Casi todos los días iba yo a casa de Avellaneda, temprano; lo encontraba leyendo los diarios o algún libro; al verme, suspendía la lectura, y la conversación comenzaba para seguir sin alce por dos o más horas.

Era Avellaneda muy curioso y preguntón:

-¿Qué le parece Mitre, qué piensa de Sarmiento, de Irigoyen, de Pellegrini, qué dice López? ¡Cuénteme cómo es Roca! Tales eran sus tópicos, cuando no hablaba de literatura, de artes o ciencias, o no refería crónicas sabrosas de otros tiempos.

Yo opinaba casi siempre con sinceridad, pero algunas veces contra mis convicciones para ver qué decía.

Y a mi vez, yo también preguntaba y oía los análisis sutiles, áticos, admirablemente expresados e intensamente profundos que salían de los labios de ese hombre cuyo talento era, como todos lo saben, extraordinario.

En nuestras revistas matinales no escapaban ni los presentes.

-Usted no será jamás popular, mi doctor -me dijo un día.

El llamaba mi doctor a todo el mundo y como sus palabras y hasta sus entonaciones y acento peculiar tenían el don de pegarse, de trasmitirse, de grabarse, y sus frases el de convertirse en refranes, sentencias o proverbios, toda una generación resultó diciendo mi doctor a diestra y siniestra, y aún continúa abusando de ese título.

-Usted no será jamás popular, mi doctor; es usted demasiado universitario y desparejo. Usted no sabe cuánto es refractaria esta sociedad a lo exótico y mal avenido con su tradicional modo de ser. Las familias tienen sus ritos, son santuarios con estatutos y formas seculares, y usted ni siquiera es sacristán. Además, usted es demasiado suelto para adaptarse a este medio sin chocar con sus entidades. Sea como todo el mundo y será bien venido, pero usted irrita las preocupaciones en su desdén manifiesto de las reglas recibidas y del culto de las convenciones que son la doctrina religiosa de cada gremio social. ¡Cuánto me ha costado a mí hacerme homogéneo con los?y los? amalgamarme y ganar su confianza, siendo ellos la negación de toda literatura y yo la protesta contra toda burguesía!

Cuento como una buena fortuna en mi vida haber tenido ocasión de conocer tan íntimamente al doctor Avellaneda y no hay día que no recuerde alguna de sus frases o de sus palabras.

En verdad, y lo escribo con cierta vanagloria, no sé si por mi profesión o por la llana comodidad de mis maneras, he podido tratar de cerca a hombres de indiscutible mérito, tomándolos en su dormitorio, en su cama, al comenzar el día y al iniciarse la acción humana, antes de toda preparación o compostura para representar la comedia externa.

Así he conocido entre los historiadores y literatos a López, a don Juan M. Gutiérrez. a Goyena y muchos otros; entre los funcionarios, a los cuatro últimos presidentes: Sarmiento, Avellaneda, Roca y Juárez Celman.

Me falta Mitre, literato, poeta, historiador y ex Presidente y, deplorándolo de veras, creo que con ello el ilustre general ha perdido un tanto.

Hay datos biográficos que escapan al cronista extraño y que sólo el amigo o el comensal afectuoso puede fijar.

 
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