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La pesadilla

A veces todavía hoy, a mis ochenta y siete años despierto del sueño y no puedo evitar sentir que aún estoy ahí, en Varsovia, viviendo esa pesadilla.
Un mal sueño que empezó a las ocho y media de la mañana del primer día de septiembre de 1939, cuando los alemanes invadieron el territorio de Polonia y comenzó la guerra en Europa.
Hace algunos años me preguntaron por qué quería escribir mi historia, para qué revivir todos aquellos terribles momentos de mi juventud y yo recuerdo haberle contestado:
–Quiero escribirla y dejarla para mis seres queridos y para todos aquellos a quienes les interese la historia de un hombre común, como tantos otros. Para que pueda leerla cualquiera que se interese, porque quizás así pueda conocer los diferentes caminos que la vida nos pone por delante y aprender a diferenciar entre lo que nos hace bien y lo que nos daña. Quiero escribirla para que quien la lea pueda enterarse cómo se puede haber sido partícipe de una tragedia, y haber quedado con vida para contarlo.
Me resulta extraño comprobar con qué claridad recuerdo aquel viernes día de septiembre, cuando empezaron los bombardeos sobre Varsovia.
Los diarios anunciaban que los puertos de Dantzig y Gdynia habían sido bloqueados y que nazis también habían bombardeado la estación de trenes de Czew y las ciudades de Rypnic y Rutzk.
Mi hermana Esther ya se había ido de Dantzig con su marido. Por suerte. Ya que el sábado, los soldados de un barco de guerra alemán ocuparon la ciudad después de combatir contra soldados y civiles polacos que se defendieron hasta que fueron bombardeados por los aviones.
Dos días después, los ingleses y los franceses dieron a conocer el texto del ultimátum que le habían dado al gobierno alemán y en las calles la gente repetía la consigna que habíamos escuchado en la radio: “¡Polonia no está sola!” Días después nos íbamos a dar cuenta que Polonia sí estaba sola para enfrentar a los nazis.

 
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