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Histérica y adorada: cuentos de psicoanálisis en México de Carlos Filiberto Cuéllar  

Histérica y adorada: cuentos de psicoanálisis en México
de Carlos Filiberto Cuéllar


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Descripción del libro "Histérica y adorada: cuentos de psicoanálisis en México"


El siglo XX comienza, los descubrimientos del psicoanálisis se divulgan como un polvorín por toda Europa, causando incendios ideológicos, despertando arcaicos demonios, propiciando fervorosos debates donde predominan el apasionamiento, el odio o el fanatismo. Algunos caen seducidos antes sus teorías sobre la sexualidad, otros, espíritus dogmáticos y tradicionalistas, se ofenden al pensar en la posibilidad de que el recién nacido posea deseos sexuales hacia el pezón de su madre. Carl Gustav Jung aún no es discípulo de Sigmund Freud, pero sueña con convertirse en uno de sus alumnos. Es un joven médico recién graduado de psiquiatría, hijo de un ministro protestante, quien le dio una educación a la vez científica y religiosa. En una clínica de Zurich, el joven psiquiatra intentará psicoanalizar a una de sus primeras pacientes, una judía, quien padece esquizofrenia grave. La chica lo atemoriza y lo atrae, le resulta bella e inquietante. Pronto conforman una confusa relación, a la vez pasional y terapéutica. Para cuando Sabina Spielrein, la bella judía, sale de su etapa de locura, no se sabe si lo que la curo fue la eficacia de los métodos freudianos, o la relación amorosa y psicoanalítica con Carl Jung. El joven Carl es admitido como discípulo de Freud, en breve se convierte en su alumno más cercano, el patriarca piensa en él como un posible sucesor. La relación amorosa con Sabina Spielrein entra en crisis, Carl no querrá arriesgar su prometedora carrera ante un posible escándalo. El mismo Sigmund Freud no tardará en intervenir, al inicio, a favor de su discípulo favorito; la ruptura entre la judía y el psiquiatra sobrevendrá dolorosamente. Años después, tras estudiar medicina en Zurich, Sabina Spielrein se convertirá también en discípula de Freud y se ganará las preferencias del patriarca, ejercerá el psicoanálisis: uno de sus pacientes más notables será el propio Jean Piaget. Luego Sabina regresará a su Rusia natal, vivirá las represiones del régimen soviético contra los judíos y aún más, contra los seguidores del pensamiento freudiano. El psicoanálisis es perseguido y vetado por los comunistas ortodoxos. Tras la invasión de los nazis a Bielorrusia, Sabina se perderá definitivamente en los campos de exterminio junto con otros miles de judíos.

Noventa años más tarde, en América, un joven estudiante de psicología de origen obrero, José Modesto, se debate entre las crisis económicas que azotan su país y sus propios conflictos internos, su adicción a las drogas y una depresión que lo atormenta desde la infancia. Lo sorprenderá el final de la década de los ochentas, la caída de los regímenes comunistas y el horror causado por muchos de ellos; los movimientos democráticos en América Latina, la intervención de Estados Unidos y del Vaticano condenando y reprimiendo cualquier intento de manifestación política o religiosa popular; la pérdida de credibilidad en las iglesias y la religión; el desencanto ante las promesas del capitalismo. Como miembro de la Generación X, José Modesto se esforzará escarbando entre utopías perdidas una generación atrás, viviendo crisis espirituales por ausencia de Dios,  y la imposibilidad de simpatizar con alguna ideología existente. No tardará en ir a parar a un hospital psiquiátrico. Será ayudado luego por una vieja psicoanalista a salir de la locura, Emilia Vizcaíno, quien lo introducirá en el pensamiento freudiano. Más tarde José intentará escribir un libro sobre la historia del psicoanálisis en México. En su investigación, no pasará mucho tiempo antes de encontrarse con Alejandra Spielrein, psicoanalista y escritora, descendiente directa de aquella primera paciente de Carl Jung.


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Acerca de Carlos Filiberto Cuéllar


Cuando era niño era mucho más intuitivo que ahora. Las intuiciones me abordaban de manera inesperada y subrepticia. En ocasiones me encontraba instalado en un estado de ánimo sereno o tranquilo, y de un momento a otro, ante el menor estímulo, o a veces sin él, ya estaba poseído por una emoción nueva y colorida: a veces gozosa y sorprendente, otras triste y descorazonada. Entonces algo se me rebelaba por sí mismo, no una nueva verdad necesariamente, sino un aspecto de mi mundo infantil hasta entonces desconocido, o poco iluminado en mi cotidianidad.

Las intuiciones no siempre iban acompañadas de disfrute y grata sorpresa, también mostraban, o demostraban, dimensiones crueles y dolorosas. La infancia ha sido idealizada por la vida moderna hasta el ridículo; la infancia puede ser bella, ciertamente; pero los niños también son crueles o sufren la crueldad del mundo adulto. En una de mis novelas titulada: Tristísima, hablo al respecto de lo cruel que pueden ser la infancia y la pubertad.

Mi infancia y parte de mi adolescencia fueron ricas en lecturas juveniles, de aventuras y drama: autores como Jack London, Mark Twain, Emilio Salgari, Julio Verne, Oscar Wilde, Charles Dickens, Víctor Hugo, además de los infaltables comics de todos los personajes: desde las Aventuras del Pato Donald, Condorito, Capulinita, Mafalda, Garfield, Lorenzo y Pepita, hasta el Libro Vaquero y el Mil Chilstes. Historietas ilustradas todas muy populares en México en los años ochentas, así como autores clásicos juveniles e infantiles acompañaron esta parte de mi vida y se quedaron permanentemente, influyendo en mi estilo narrativo y ensayístico de por vida.

En mi etapa de adolescente tuve oportunidad de ya no sólo gozar y padecer las emociones. Al final de la escuela preparatoria fui introduciéndome en lecturas cada vez menos emocionales y artísticas, profundizando y hundiéndome en libros más analíticos, como los trabajos de Freud, Jung, los ensayos de Octavio Paz (que no sólo son analíticos sino que gozan de una gran belleza); fui seducido por la filosofía de Nietzsche; los manuscritos de 1844 del joven Marx; los textos de Bakunin el anarquista; descubrí y me ayudaron mucho también algunas obras de los teólogos de la liberación latinoamericanos, como Leonardo Boff y Frei Beto. Igualmente leía con obsesión las novelas y los ensayos de José Revueltas, a José Vasconcelos, la poesía de José Emilio Pacheco, a Erich Fromm, Kafka y Milan Kundera.

Para la época de la Universidad se me dio la oportunidad de desarrollar un pensamiento más analítico y racional. Me fui convirtiendo poco a poco en un observador psicológico agudo. La maestría en Lingüística vino a proporcionar muchos más conceptos y reflexiones sobre el origen del lenguaje y el pensamiento, sobre la manera en que se construye el conocimiento, la estructura de la personalidad, la relación entre mente y cultura, entre razón y emoción. Temas que siempre fueron de mi máximo interés y a los que creo que seguiré dedicando el resto de mi existencia, a reflexionar en torno a ellos. Sobre todo, más que nada, la maestría en Lingüística me enseño a plantearme problemas de investigación.

Tras la licenciatura y la maestría mi escritura se volvió más precisa, cuidada y reflexiva, mi manera de hablar y de pensar aún más pausada y meditada. Pero me faltaban de nueva cuenta las emociones profundas, como en la infancia: la intuición, las aventuras y las historias ficticias. También necesitaba vivir en lugar de seguir estudiando. Sobrevino un drástico cambio en el que procuré buscar la congruencia entre lo que vivía, leía y escribía: una fusión entre experiencias de vida y creación escrita. Equilibrio entre vida, conocimiento y literatura. Inicié viajes: geográficos, espirituales y escriturales; contacto con plantas de poder, chamanes, magos, artistas, terapeutas autodidactas, gente simple y sabia: conocí a muchísimas personas de todo tipo, por lo menos desde el año 2000 hasta ahora, y no han cesado de llegar amigos nuevos de todas las variedades y faunas diversas posibles. Descubrí y coleccione gigantescas cantidades de música: rock, electrónica, jazz, funk, clásica, óperas, world beat. Presiento que mi escritura es demasiado musical, que sin quererlo sigue un ritmo a veces turbulento como el rock, otras, libre como el jazz, y algunas, tal vez menos,  precisa y calculada como alguna pieza clásica.

Buena parte de mi vida la he dedicado a asimilar las contradicciones y los dualismos personales. Sentimientos que se oponían: a veces con predominio de la razón, el intelecto y el pensamiento científico-analítico, otras, con rebeldía de las pasiones y obsesión artística creadora. En un momento dado necesitaba volver a la creación literaria, sufría como en la infancia y la adolescencia de una imperiosa compulsión a crear mundos ficticios y personajes imaginarios.  Mi última novela: Histérica y Adorada: Cuentos de Psicoanálisis en México, responde a la necesidad profundísima de sintetizar mi vida como psicólogo con mi vida como escritor. En diversas épocas ambos personajes, el escritor y el psicólogo peleaban entre sí, haciéndose pedazos mutuamente, sofocándose el uno al otro,  a veces ganaba el psicólogo racional, otras el intempestivo escritor apasionado. El señor Jekill y Mister Hide en inacabable combate. Al parecer, momentáneamente ambos lograron firmar una paz temporal, precaria, sentándose durante un año y medio que tardó el proceso de escritura de este libro y producir Histérica y Adorada. Redactada bajo la tranquila vida que me permite mi labor como profesor en un centro universitario bastante alejado de la ciudad, en el campo y la sierra, rodeado de montañas, cerros y cañones.


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