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Balmes, un pensador de hoy (una filosofía de la objetividad) de Julián Sanz Pascual  

Balmes, un pensador de hoy (una filosofía de la objetividad)
de Julián Sanz Pascual


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Libro Impreso Castellano
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250 Pág.
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Descripción del libro "Balmes, un pensador de hoy (una filosofía de la objetividad)"


La dificultad para hacer valer este Balmes, un pensador de hoy (Una filosofía de la objetividad), nace de la situación intelectual más bien pobre que estamos padeciendo, la que se debe, entre otras cosas, a la fascinación que están produciendo en nosotros las nuevas tecnologías, las que están llevando a sustituir lo real por lo virtual. Es indudable que Balmes, como hombre adelantado de su tiempo que era en todo, hoy estaría navegando por Internet. Es indudable también que, a pesar de utilizar las nuevas tecnologías, hubiese luchado por hacer frente a la superficialidad en que estas nos están haciendo caer, pues su filosofía siempre pretendió iluminar desde la mayor hondura y con la más clara luz cuantos temas tocaba, con la luz de la razón, la que tantas veces ha chocado con la oscuridad de lo que tradicionalmente se ha tenido por fe.

Todas las cuestiones que toca Balmes se enmarcan en las más hondas raíces de la filosofía, aunque siempre lo hace con la luz que dan las ideas, nunca con los excesos de palabras que las pueden oscurecer, mucho menos con los retablos místicos que tienen su origen en la teología. Por esto, la prosa de Balmes puede considerarse como modélica y de la mejor didáctica, pues en todo momento siguió el lema cartesiano de la  claridad y distinción. También le siguió en otro de los objetivos del pensador francés, y fue en el de liberar a sus escritos de la apabullante erudición en que había caído el escolasticismo que a él le tocó sufrir en el colegio de la Flèche en París, que estaba dirigido por los jesuitas. Los libros de Descartes carecen prácticamente de erudición, en los de Balmes hay alguna, pero sólo la necesaria, pudiéndose decir en todo caso que él es el único responsable de todo lo que dice, no los autores a los que pudiera citar.

El primer problema que se ha de plantear el que escribe sobre un autor es el de conectar con los que espera sean sus lectores. Si se trata de un autor conocido, tiene la mitad del camino andado, pero si se trata de un gran desconocido como hoy lo es Balmes, necesita comenzar por explicar quién es. Esto para los que desconocen hasta su nombre, también para los que, aun conociéndolo, lo tienen envuelto en las muchas telarañas que nuestra mala historia cultural ha fabricado a su alrededor. Por esto, pueden ser muy importantes el Prólogo y la Introducción del libro, pero más aún el primer capítulo: “Como llegué a interesarme por Balmes”. Es que para mí, como para muchísima gente, Balmes durante muchísimo tiempo no había sido más que el nombre de una calle muy larga de Barcelona, a lo sumo un ultraconservador en cuya cabeza no había otro objetivo que el de que nada se mueva.

Lo primero que hay que decir que yo llegué a Balmes un poco por casualidad, no siendo otro mérito el mío que la insaciable curiosidad que siempre me ha movido. A esto he de añadir que mi interés por Balmes no fue gratuito, sino que lo que encontré en la lectura de El Criterio, un libro suyo considerado menor, fue una idea que me iluminó de pronto, la idea de unidad en la que yo llevaba varios años pensando y trabajando. En esta idea encontré una vía de comunicación con el pensador catalán que me hizo enamorarme de su filosofía. Y este amor al final ha resultado muy fecundo.

El segundo capítulo es “Algunos rasgos de la biografía de Balmes”. Me parece claro que no es posible comprender la obra de ningún autor si no se conoce a fondo su biografía. Ahora bien, la que aquí se propone no apunta a la anécdota personal, la que podía llenar cientos y cientos de páginas, sino a la que está incardinada en la realidad sangrante de la sociedad en que le tocó vivir. Esta biografía quiere ser ante todo y sobre todo una página de la historia de España y, por supuesto, de Cataluña. De la historia de Cataluña forma parte medular la Universidad de Cervera en la que Balmes estudió, coincidiendo de manera muy significativa el final de sus estudios con su cierre y desaparición por haberse trasladado a Barcelona. Sólo anotar aquí lo asombroso de esa biografía, el trabajo literario inmenso que desarrolló nuestro autor en los escasos treinta y ocho años que duró su vida. Una vida que acabó como víctima de una tuberculosis galopante, a la que le llevaron los enormes esfuerzos de su actividad literaria y editorial, así como la falta de cuidados, la mala alimentación que entonces padecían las clases más populares, añadido a la ignorancia que entonces había en materia de sanidad.

De su extensa obra sólo comentamos dos libros: el opúsculo Pío IX y la Filosofía fundamental. Al primero dedicamos un capítulo, el III, que titulamos “El opúsculo Pío IX, el canto del cisne”. En este opúsculo, Balmes ensalza y apoya el espíritu renovador de Pío IX, los aires de libertad con los que comenzó su reinado en 1846, sin duda guiado por lo que Balmes llama el espíritu de la época. La verdad es que pocos meses después de morir Balmes, en julio de 1848, la revolución se apoderó de Italia y el Pontífice hubo de huir de Roma a Gaeta, bajo la protección del rey de Nápoles. Cuatro años después el Pontífice fue repuesto en el trono por la intervención de los ejércitos de  Francia y de Austria, lo que se saldó con un segundo y largo pontificado en el que desaparecieron los aires de apretura y de libertad de la primera etapa. El espíritu democrático que alentaba Balmes en su opúsculo quedaba en un sueño, los tiempos de aquella Iglesia católica de entonces no estaban para semejantes aventuras de libertad. Balmes se había equivocado en su diagnóstico, un error que le hubiese hecho pasarlo bastante mal si, en el último memento, la campana de la muerte no hubiese acudido a librarle de las duras acometidas de que hubiese sido objeto por parte de sus correligionarios más tercos. La verdad es que éste ha sido el drama de tantos hombres honestos que ha pretendido renovar desde dentro la vieja institución eclesial, teniendo como consecuencia que la renovación se haya tenido que hacer desde fuera, lo que fácilmente se convierte en la negación de todos los valores, incluidos los más evangélicos, los que sí convendría preservar.

El segundo libro que comentamos a fondo es la Filosofía fundamental, una obra de más de setecientas nutridísimas páginas dividida en diez libros. Por supuesto que, rechazando en principio limitarnos a hacer un resumen de cada libro y pretendiendo entrar a fondo en su filosofía, y esto además citando al pie de la letra sus propias palabras, sólo cabía elegir algunos temas puntuales, con la idea de ofrecer un buen aperitivo para abrir boca a cualquier estudioso interesado en la mejor filosofía, la que pone su acento en la objetividad, en la que se han de mover todos los saberes que luchen con la confianza puesta en la verdad.

La de Balmes es una filosofía muy bien asentada sobre la historia de este saber, pero en todo caso sometiéndola a crítica primero y renovándola después para ajustarla a las corrientes científicas de su época, las corrientes que hoy continúan en boga, adelantándose más de cincuenta años en enunciados sobre el tiempo que apuntaban muy certeramente a la hoy ya famosa teoría de la relatividad de Einstein.

En  el capítulo IV, “Balmes filósofo”, después de un “Breve apunte histórico sobre la Filosofía fundamental”, entramos en el tema básico de cualquier actividad intelectual y comentamos el libro I, “De la certeza”. La certeza es el punto de apoyo o los cimientos sobre los que se puede construir un saber que aspire a perdurar. Y la primera pregunta que se hace Balmes es si estamos ciertos de algo. A lo que pretende hacer frente es al temido escepticismo, el que acabaría inmovilizándonos de raíz, el que ha inmovilizado a muchos filósofos. “Un escéptico absoluto sería un demente y con la demencia llevada a lo mayores extremos”, dice Balmes. Si no estamos ciertos de algo, si todo lo ponemos en cuestión, no nos podemos mover. Tal sería el caso de algunos escépticos famosos, como Pirrón (365-275 a. C.).

Mas ¿cómo se sale del escepticismo? ¿Con la fe? Esto es lo que proponen las religiones, a lo que Balmes desde la suya se podría haber agarrado. Sin embargo él no era teólogo, sino que era filósofo y, antes que filósofo, como él mismo llegó a decir,  era hombre. Entonces no pudo recurrir más que a la razón. Y esta razón le lleva a la búsqueda de una idea que le sirva para aplicarla a la realidad y le permita comprender los hechos. El hecho es que en su tiempo, lo mismo que hoy, después del cultivo de siglos de la filosofía y de otros muchos saberes, el sistema de ideas de que disponía el hombre ya era complejísimo. Si cada idea tiene su correspondiente palabra, basta asomarse a un diccionario para comprender la inmensa variedad de ideas de que podemos disponer. Si la filosofía tiene como función facilitar al hombre la comprensión del mundo, la primera necesidad con la que se encuentra es con la de simplificar el sistema de ideas a fin de que no tengamos que depender en nuestro discurso más común de los miles y miles de palabras que podemos encontrar en un buen diccionario. Y Balmes descubre una sola idea que puede ser el fundamento de todo nuestro saber, la idea de unidad.

¿Se trata de una idea nueva? Todo lo contrario, es tan vieja como el hombre, al menos tan vieja como su cultura: desde sus más oscuros orígenes, el hombre comprendió que sólo le era posible dominar la diversidad mediante la unidad. La unidad, como base de cualquier saber, es una idea que ha sobrenadado todos los siglos. ¿Entonces cuál es la aportación original de Balmes? Pues algo tan sencillo como esto: rompe con la unidad de análisis y recupera la unidad de síntesis. Esta recuperación ha sido clave en todos campos del saber hasta hoy, especialmente en las ciencias de la naturaleza. En 1824, cuando Balmes tenía sólo catorce años, se produjo el descubrimiento de los isómeros de la química. Hasta ese momento los químicos, siguiendo sin duda el pensamiento absolutamente analítico de Leibniz (1646-1716), pensaban que sólo era cuestión de tiempo dar razón de todas las sustancias químicas mediante el análisis, el que les permitiría establecer todas sus fórmulas empíricas. El problema se les planteó a los químicos cuando descubrieron que había sustancias que, teniendo la misma fórmula empírica, eran cualitativamente distintas. A éstas sustancias fueron a las que Bercelius llamó isómeros, y no fue hasta tres décadas después cuando Kekulé ideo las fórmulas desarrolladas para dar razón de los isómeros.

El pensamiento de Balmes, el de su unidad de síntesis, daba respuesta al problema de los isómeros, aunque posiblemente él desconocía en detalle esta historia de la química de su tiempo. Para que el lector sencillo entienda esto de los isómeros, basta que recurramos al lenguaje ordinario, más visiblemente a la escritura. “Las”y “sal”son isómeros, pues tienen las mismas partes, que eso significa la palabra griega isómero, las misma letras, pero no son la misma palabra. “Saco” y “cosa” también son isómeros, pues tienen las mismas sílabas, pero no son la misma palabra. En el terreno de las frases ocurre lo mismo: “ésta es gente menuda” y “menuda gente es ésta”. Si queremos dar razón del lenguaje solamente analítica, nos resulta imposible, pues no basta con tener en cuenta sólo las unidades parte, sino que es necesario atender también a la unidad conjunción. Así, de las dos frases que hemos trascrito bien se puede decir que tienen las mismas unidades pero distinta unidad. Y en esa distinta unidad es en la que se puede encontrar la razón de la diferencia del mensaje de ambas frases. Cierto que Balmes no habla de la unidad como idea, sino como principio, lo que permite englobar en él tanto las unidades de análisis como la de síntesis.

El resto del capítulo estudia cuestiones de un gran interés para el logro de la certeza que tanto nos interesa. Tal sería el principio de contradicción, que es el agujero negro por donde puede acabar desapareciendo todo aquel que no lo tenga en cuenta.

El capítulo V se dedica a las aportaciones de Balmes a lo que él llama “La extensión y el espacio”. Se trata de un estudio muy moderno de lo que entendemos por espacio, que él distingue de la extensión, que ya sería la geometría aplicable a las ciencias de la naturaleza. En la cuestión del espacio, nuestro autor entra en profundidad y en unos términos que hoy son de entera actualidad y que me parece están al alcance del que tenga voluntad de leer. La conclusión más sorprendente a la que llega al final es a que el espacio es una cuestión muy oscura: “cuanto más se ahonda en él, más oscuro se le encuentra”, son sus palabras. Esto nos lleva a tratar, siquiera sea someramente, el moderno tema de la materia oscura. Al menos la calificación de oscuro se le debenmios a Balmes. Y no cabe duda de que, con la claras ideas que tenía nuestro autor, aplicadas al espacio hoy, ya no sería una materia tan oscura.

El capítulo VI se dedica a las ideas, cuestión capital para una filosofía que apunte con cierta seguridad al conocimiento de la realidad. Parece claro que nuestra capacidad de comprensión no está en la agudeza de nuestros sentidos, ni siquiera auxiliados por los más sofisticados instrumentos mecánicos de ampliación y de medición, sino en nuestra riqueza de ideas. ¿Qué son las ideas? ¿Cómo llegamos a ellas? ¿Son innatas o son adquiridas? A todas estas importantísimas preguntas trata de dar respuesta nuestro autor. Aunque yo señalaría como de singular valor el epígrafe 6, “Relación de las palabras con las ideas”.

Se plantea el hecho de que no hay una correspondencia unívoca entre las palabras y las ideas, sino que hay palabras a las que corresponden muchas ideas. ¿Entonces cómo es posible que nos entendamos con un lenguaje así? La respuesta tópica que se suele dar es eso del contexto. Ciertamente es así, mas para entender lo del contexto es necesaria una explicación más profunda. ¿Cómo es posible que podamos entender una misma palabra con más de un significado y precisamente con el que pretende dar el que nos habla o escribe? Para esto es necesario que al oír la palabra su identificación con el correspondiente concepto no sea automática. La genial aportación de Balmes fue la observación de que el momento en que oímos una palabra no se identifica con el momento de la identificación mental del concepto correspondiente. Hay, pues, un desajuste temporal entre el momento de oír la palabra y el de identificar el concepto correspondiente. Esto es lo que explica que la significación no sea automática, sino que pueda ser autónoma. La gran sorpresa es que este desajuste temporal observado por Balmes en el lenguaje se corresponde con el que los físicos han observado en la naturaleza, el que ha sido el caballo de batalla de la moderna teoría de la relatividad.

En el capítulo VII, abordamos “Las ideas de ente, de unidad y de número”. Se trata de ideas clásicas de la filosofía, pero planteadas muy en la mentalidad de hoy, al menos en unos términos que fácilmente podemos comprender con tal de que nos esforcemos un poco y tengamos confianza en nosotros mismos. Sólo voy a fijarme en los dos últimos epígrafes, “En torno a la unidad” y “La idea de número”. Ahí está planteado cómo se comenzó a construir la aritmética, lo que puede explicar los problemas que hoy arrastra. En lo que se refiere al número, Balmes distingue a fondo lo que es el número y su signo. El número es algo sustantivo, con propiedades invariables, mientras que el signo es convencional. El problema al que esta distinción quiere hacer frente es al de la homonimia, un problema también del lenguaje ordinario: que con un mismo signo se designen a más de un concepto. Es que en la aritmética también se da la homonimia, que con el mismo signo se pueden designar números diferentes. En efecto y por limitarnos sólo a la más pura aritmética, si establecemos la serie de las tres primeras potencias, vemos que hay signos, nosotros los llamamos numerales, que coinciden en más de una potencia. Por ejemplo el “1”, que como signo es el mismo para las tres, pero que como número es distinto en cada una. Si no lo distinguimos así, podemos incurrir en verdaderos absurdos.

El capítulo VIII lo dedicamos a “El tiempo”, idea que ha sido el caballo de batalla de la teoría de la relatividad. El estudio que hace Balmes de esta noción tan fundamental para cualquier saber hoy nos puede llenar de asombro, sobre todo cuando leemos lo que más de medio siglo después se escribió sobre el tiempo con motivo de la teoría de la relatividad y lo que hoy parece el catecismo para muchos físicos. Una de las sorpresas que se va a llevar el lector es que, después de la comparación que hace Balmes entre el espacio y el tiempo, va a ser difícil ya sostener que el tiempo pueda ser la cuarta dimensión del espacio. Si a esto añadimos el descubrimiento de la cuarta dimensión del espacio que supone haber resuelto la ecuación de cuatro cubos, 63 = 53 + 43 + 33, la única salida que quedaría es declarar al tiempo como una quinta dimensión. Para que el lector lo entienda de manera sencilla: el tiempo es lo incierto de las cosas, mientras el espacio es lo cierto. Intentar reducir el uno al otro es como pretender conciliar el agua con el fuego.

El capítulo IX lo dedicamos a “Necesidad y causalidad”, dos cuestiones de la más arraigada y clásica filosofía. Uno de los más hondos descubrimientos de la primitiva filosofía griega fue la necesidad. Es decir, que las cosas en la naturaleza no ocurren por la voluntad de ningún dios, sino por pura necesidad. En este caso, para prevenir los acontecimientos en la medida de lo posible, no hemos de ir a los templos a rogar a los dioses, sino que hemos de ir a la naturaleza para observarla. Y ahí es donde se descubre la necesidad, la que viene alumbrada por el principio de causalidad: lo que precede es la causa de lo que sigue (post hoc, ergo propter hoc). Ahora bien, se trata de un principio que tiene muchos agujeros, los que descubrió la crítica a la que en el siglo XVIII David Hume (1711-1876) había sometido dicho principio, la misma crítica en la que abunda Balmes, bien que de una manera mucho más completa y mucho más profunda creo yo, llevándonos en ambos casos a la decepcionante conclusión de que en la naturaleza nuestra única certeza es la estadística, nunca la absoluta o formal, como es la que podemos tener en las ciencias formales como las matemáticas. Hoy la ciencias de la naturaleza asumen esto con toda naturalidad.

Completamos el libro con un breve capítulo, el X, “El pensamiento de Balmes resumido en una sola palabra”, que no puede ser otra que la unidad.   


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Acerca de Julián Sanz Pascual


Julián Sanz Pascual, a pesar de tener un largo historial como escritor de artículos en revistas y de publicación de ensayos diversos, también ha cultivado géneros literarios como el cuento y la novela, habiendo publicado sólo una hasta ahora: Los papeles rotos de la vida (1997). El protagonista es un extraño filósofo, profesor un poco por causalidad en un colegio de religiosos, bastante escéptico en materia de la religión tradicional de nuestro país, lo que le acarrea dificultades sin cuento para poder ejercer su trabajo con libertad.

De todas las maneras parece extraño que se puedan cultivar con eficacia a la vez géneros tan distintos como la lógica, la filosofía del lenguaje, la historia religiosa y, sobre todo, las matemáticas, además de géneros literarios como la novela. La explicación puede estar en la historia personal del autor, que tiene dos periodos de su vida distintos y bien definidos.

Antes de dedicarse a la filosofía, había cultivado de manera intensa la narrativa, especialmente la novela. Lo que pasó fue que en aquellos años cincuenta y sesenta las posibilidades de publicar literatura en España eran muy escasas, sobre todo si no eras del régimen o te faltaba la habilidad o el disimulo suficiente para disfrazar tus escritos con las formas que fuesen capaces de pasar la censura. Y no me refiero sólo a censura oficial, sino incluso a la autocensura, que era la peor de todas, especialmente la mía, que no era capaz de pasarme un escrito que no tuviese profundidad, que es precisamente lo que los hace peligrosos para el poder. También había que enfrentarse a las reservas de los editores comerciales, los que habían de curarse en salud para enfrentarse después a las exigencias del mercado a cuerpo limpio, sin subvención alguna.

Mas yo nunca me he quejado de eso, y siempre he pensado que si no podía publicar había sido por torpeza mía, por falta de habilidad, por no decir de naturalidad para poder entrar de manera fácil en el mercado y poder vivir de la literatura. Quizá la razón de fondo fue que yo, yendo para filósofo, no disponía de los recursos técnicos necesarios para disfrazar lo superficial con apariencias de profundidad, que era lo que entonces vendía. Fue en los primeros años setenta cuando ya con más de cuarenta años a mis espaldas, estudié la carrera de Filosofía en la Facultad de la Complutense de Madrid. El final de esos estudios coincidió en España precisamente con la transición pacífica a la democracia, la que nos llegó con la Constitución de 1978. Y fue en el año 1979 cuando aprobé las oposiciones para la Enseñanza Secundaria en los Centros del Estado, ya en buenas condiciones de libertad, las que son absolutamente necesarias para enseñar una materia tan conflictiva como la filosofía.

La propia carrera fue de lo más fecundo, pues, ya con la madurez que dan los años y sobre todo las experiencias duras con las que me habían tocado enfrentarme, me permitió hacer los estudios más bien por libre, al menos en ciertos temas. Así, por ejemplo, en el tercer curso de carrera y primero de la especialidad, una noche de 1975, después de una clase de la asignatura Filosofía de la Naturaleza, también la llamábamos Filosofía de la Ciencia, a causa de haber entendido mal lo que nos enseñó el profesor sobre el célebre teorema de Fermat (1601-1665), descubrí nada menos que la cuarta dimensión del espacio. La cosa puede parecer extraña, pero es muy sencilla, incluso la puede comprender cualquier alumno por muy de letras que sea con tal de que no le tenga miedo a los números, dándose además la paradoja que han sido precisamente los profesionales de las matemáticas los que no han sido capaces de entenderlo y asumir su valor.

Dicho teorema de Fermat, simplificado, dice que la ecuación de tres cubos, x3 + y3 = z3, no tiene soluciones racionales, cosa que está demostrada. A mí se me ocurrió que esto era debido a que al cubo han de ser cuatro y no tres los números de esta ecuación cúbica, pues cuatro como mínimo y no tres son los puntos que determinan un espacio. En efecto, por simple tanteo, no tardé en descubrir que 33 + 43 + 53 = 63. Esta ecuación es al espacio lo que la de tres cuadrados es al plano, el celebérrimo teorema de Pitágoras: 32 + 42 = 52. Entonces, lo mismo que la ecuación de tres cuadrados tiene muchas soluciones, la de cuatro cubos también las tiene, éstas por ejemplo: 73 + 143 + 173 = 203. Pero yo aun llegué más lejos. Así, combinando desarrollos aritméticos y geométricos completamente nuevos, sin otros instrumentos que una regla y un compás, además de un bolígrafo y unos folios, fui capaz de resolver una ecuación diofántica de quince cubos así de hermosa y que cualquiera puede comprobar:

963 = 783 + 663 + 423 + 253 + 243 + 183 + 173 + 153 + 143 + 123 + 73 + 53 + 43 + 33

La dificultad de los matemáticos profesionales para comprender esto como algo muy valioso está en que no aceptan que un alumno de letras como soy yo por mis estudios académicos pueda enseñar algo a los alumnos de ciencias como son ellos. Estamos ante la intolerancia a la que se llega en cualquier saber cuando se institucionaliza corporativamente mediante dogmas. Es lo mismo que ocurre en las religiones cuando se apoderan de la palabra Dios. En las matemáticas el dogma desde muy antiguo es que el espacio tiene tres dimensiones y no cuatro como me sale a mí. Pero, en fin, la historia siempre ha sido así de parda en nuestro anciano país: lo que yo propongo es una herejía, y a los herejes siempre se les ha quemado vivos. Tengo que añadir que ésta es una cuestión que he publicado en libros, especialmente en La cuarta dimensión, una alternativa al teorema de Fermat, también en algunos artículos. En ellos trato de demostrar que los estudios de ciencias, en el fondo, no son nada distintos de los de letras. Baste pensar que la escritura es espacial, geometría, y la lectura es temporal, aritmética. La escritura da consistencia al lenguaje y facilita su análisis, mientras que la lectura le da dinamismo y facilita su síntesis. Lo que pasa es que esta relación entre las matemáticas y la escritura se ha perdido, y ahora se presentan como cosas completamente distintas por no decir encontradas. Sin embargo, a poco que se reflexione, fácilmente descubrimos relaciones entre el arte literario y las ciencias, incluidas las matemáticas. Así, una narración es una sucesión de hechos, exactamente lo mismo que una numeración. Incluso si nos remitimos a la Biblia nos encontramos con el cuarto libro del Deuteronomio que se titula Números. (Y los números no son el objeto de la aritmética?


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