La importancia que la familia representa en el proceso de crecimiento y desarrollo integral del hombre ha llegado a perder su significado en una sociedad pragmática y utilitaria, en donde los que deberían ser los máximos valores humanos están supeditados a un ambiente de despiadada competencia por obtener compulsiva, irracional y permanentemente objetos de consumo material, obligando a la familia a relegar y privar a sus miembros de una auténtica vida efectiva, cultural y social.
Para el autor, la alternativa entre este proceso de enajenación y destructividad y el reencuentro humanista del hombre está condicionado a una revaloración y modificación del papel de la familia en la sociedad, de ésta como unidad y de cada uno de sus miembros en particular. Pensando en los hijos, la decisión es inaplazable; el compromiso generacional, ineludible.