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Durante los tres cursos anteriores os he hablado de la pintura en Italia. En este curso debo ocuparme en mis conferencias de la pintura en los Países Bajos. Dos grupos de pueblos han sido, y son todavía, los principales factores de la civilización moderna. De una parte, los pueblos latinos o latinizados: italianos, franceses, españoles y portugueses; de otra, los pueblos germánicos: belgas, holandeses, alemanes, daneses, suecos, noruegos, ingleses, escoceses y americanos. En el grupo de los pueblos latinos, los italianos son, incontestablemente, los más artistas; en el grupo de los pueblos germánicos lo son, sin disputa, flamencos y holandeses. De suerte que estudiando la historia del arte en ambos países estudiaremos la historia del arte moderno en sus dos representaciones más elevadas y opuestas.

Obra tan vasta y tan varia, una pintura que abarca un espacio de casi cuatro siglos, un arte que cuenta con obras maestras tan numerosas y que les imprime un carácter original y común a todas, es una obra nacional. Por tanto, se halla ligada íntimamente con la vida de la nación entera y su raíz se encuentra en las propias características nacionales. Es una floración preparada profundamente, y desde largo tiempo atrás, por una elaboración de la savia, conforme a la estructura adquirida y a la naturaleza primitiva de la planta que la produce. En consecuencia con nuestro método, vamos a estudiar en primer término esa historia íntima y previa, en la que habrá de fundarse la historia externa y posterior. Veamos ante todo la semilla, es decir, la raza con sus cualidades básicas e indelebles, tales como se han conservado a través de todas las circunstancias y bajo todos los climas; después la planta, o sea el pueblo, con sus cualidades originales acrecentadas o disminuidas, pero en todo caso aplicadas y transformadas por el medio y la historia; por último, la flor, es decir, el arte y especialmente la pintura, en la cual culmina todo este desenvolvimiento.

 

I

Las gentes que pueblan los Países Bajos pertenecen en su mayoría a la raza que invadió el Imperio romano en el siglo V, y que en aquel momento por primera vez, junto a las naciones latinas, conquistó su puesto al sol. En ciertas regiones, como la Galia, España, Italia, no trajeron mas que los jefes y un acrecentamiento a la primitiva población. En otras regiones, como Inglaterra y los Países Bajos, arrojaron, exterminaron a los antiguos habitantes, y su sangre pura, o casi pura, corre todavía por las venas de los hombres que habitan aquellas tierras. Durante la Edad Media, los Países Bajos llevaban el nombre de Baja Alemania. Los idiomas belga y holandés son dialectos del alemán, y excepto el distrito valón, donde se habla un francés corrompido, son la lengua popular de todo el país.

Fijémonos en los caracteres comunes de toda la raza germánica y las diferencias por las cuales se opone a los pueblos latinos. En la parte física, notaremos una coloración más blanca y blanda; generalmente ojos azules, a menudo de un azul de porcelana, o claros, más claros cada vez a medida que se avanza hacia el Norte; en ocasiones, vidriosos en Holanda; cabellos de un rubio de lino y casi blancos durante la infancia. Ya los antiguos romanos se extrañaban de esta circunstancia, y decían que entre los germanos los niños tenían cabelleras de viejos. La tez es de un sonrosado agradable, delicadísimo en las muchachas, vivo y con tonos de bermellón en los jóvenes y algunas veces en las personas de edad; pero comúnmente en la clase trabajadora, y en la edad madura, me ha parecido blancuzco, del color de los nabos, y en Holanda, color de queso, y aun de queso averiado.

El cuerpo es, por lo general, grande, pero como tallado a golpes de hacha, o macizo, pesado y sin elegancia. De análoga manera, las facciones son muchas veces irregulares, sobre todo en Holanda; caras toscas, con pómulos salientes y mandíbulas muy marcadas. En suma, la finura y distinción escultóricas faltan en absoluto. Rara, vez encontraréis rostros regulares, como las lindas caras tan numerosas en Tolosa y Burdeos, o como las hermosas y altivas testas que abundan en la campiña de Florencia y Roma. Con más frecuencia hallaréis facciones desmesuradas, conjuntos incoherentes de formas y colores, extrañas caricaturas naturales, abotagadas masas de carne. Si consideramos como obras de arte a las personas vivientes, denotan una mano pesada y caprichosa a un tiempo, por la incorrección del dibujo indeciso.

Si pasamos luego a considerar estos cuerpos en movimiento, advertiremos que sus facultades y necesidades son más toscas que entre los latinos: la materia y la masa tienen predominio sobre el movimiento y el alma; son voraces, y hasta podría tomárseles como animales carniceros. Comparemos el apetito de un inglés o un holandés con el de un francés o un italiano. Aquellos de vosotros que hayan visitado el país, que recuerden las mesas de las fondas y la cantidad de alimento, y especialmente de carne, que traga tranquilamente varias veces al día un habitante de Londres, de Rotterdam o de Amberes. En las novelas inglesas se habla siempre del desayuno, y la más espiritual heroína, al llegar al tomo tercero, ha consumido, una cantidad inmensa de pan con manteca, tazas de té, trozos de pollo y emparedados.

El clima contribuye a estos hábitos. Bajo la bruma del Norte nadie podría mantenerse, como un campesino de raza latina, con una escudilla de sopas, con un pedazo de pan untado de ajo o con un plato escaso de macarrones.

Por la misma razón, los germanos son aficionados a las bebidas fuertes. Tácito lo consignaba ya, y Ludovico Guicciardini, testigo ocular en el siglo XVI, el cual he de citaros repetidas veces, dice, hablando de los belgas y holandeses: "Casi todos son inclinados a la borrachera y se apasionan por este vicio; llénanse hasta el cuello de bebida por la noche y algunas veces durante el día." Actualmente, y tanto en América como en Europa, en la mayoría de los países germánicos la intemperancia es el defecto nacional; la mitad de los suicidios y enfermedades mentales provienen de este vicio.

 
 
 
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de Hipólito Adolfo Taine

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