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No se aparta tampoco el autor de la Retórica de Herennio de las divisiones usadas por Cicerón. Como él, empieza tratando del oficio, del orador, de los géneros de la causa, de las partes del discurso, de las maneras del exordio y de los estados de la -causa.

Es asunto principal del libro II el estado conjetural, y la invención de los argumentos en todo linaje de causas judiciales, sin olvidar la controversia de leyes escritas.

El libro III tiene más novedad. Trata del género deliberativo y del demostrativo: de la disposición, de la pronunciación y de la memoria, ofreciéndonos un tratado completo de Mnemotecnia, que es lo más curioso del libro, aunque de tan escasa o ninguna utilidad como casi todos los que se han escrito sobre la misma materia. No hay más recurso mnemotécnico que uno muy natural y sencillo: 14 asociaciones de ideas.

También se lee sin disgusto el libro IV, dedicado del todo a la elocución y a sus formas o figuras. Aun interesaría más si el autor, en vez de presentar ejemplos propios y casi siempre de causas fingidas, hubiese formado un ramillete de los mejores, trozos de los oradores antiguos. En su prólogo es de ver con cuán enredadas y sofísticas razones quiere justificar su método.

Las figuras que el autor de esta Retórica explica son innumerables y algunas están evidentemente repetidas aunque con nombres diversos. Otras son pueriles adornos de Pésimo gusto, como todas las que se fundan en aliteraciones o en juegos y sus oponentes de palabras. Entre los ejemplos hay algunos de verdadera elocuencia, como la descripción de la muerte de Tiberio Graco, y otros muy amenos, vg., el de la notación (pág. 204), que parece una escena de comedia.

A continuación de los tratados anteriores vienen los Tópicos, una de las obras menos leídas de Cicerón, aunque a la verdad no interesa mucho. Redúcese a una serie de extractos de los Tópicos de Aristóteles, para uso del jurisconsulto Trebacio.

 
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