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GEORGE EL SAPO
I


George el sapo se levantó de la cama rascándose la entrepierna. No era que le picara realmente sino que se trataba de una especie de ritual; algo que quedaba a medio camino entre la cábala y el dictado obsesivo del inconsciente. Se levantó, caminó hasta el baño, se desperezó sin ganas y luego se acercó al espejo eludiendo las partes sucias o gastadas para observar más de cerca una verruga. Descubrió que tenía los ojos amarillentos y con pequeños derrames de sangre y, así tan de cerca, sintió temor de juzgar su propia imagen por lo que decidió darse la espalda. Dio un vistazo a través de la banderola del baño, que dejaba ver las paredes grises y húmedas del pozo de aire, y se dio cuenta de que faltaba poco rato para el amanecer, y de que necesitaba más horas de sueño.
Mientras tanto en el cuarto, en el que apenas entraba luz por la puerta que había dejado entreabierta, Franny la chancha inmunda y embustera, se movía, entresueños, por debajo de las sábanas revolviéndolas y amontonándolas. Franny y George habían pasado la noche juntos y ahora que Franny se notaba sola en la cama aprovechaba para estirarse y provocar al sapo con un llamado fastidioso e insinuante. George puso cara de asco —George solía poner esa cara cuando una hembra con la que había dormido lo llamaba, o le hacía caricias, o le pedía alguna muestra de afecto—, hizo como que no oyó y se puso a orinar. En ese momento se vio a sí mismo avanzando lentamente por una autopista desierta. Fue un flash intenso que lo agarró desprevenido. Quizás la resaca de un sueño que había olvidado. Por unos segundos se sintió preso de esa imagen; se vio caminando con dificultad, de una forma errática y torpe por la carretera debajo del sol. No fue más que eso, pero verse así le produjo una sensación desagradable y perturbadora que no lo dejó dormir por un buen rato.
Las cosas no cambiaron demasiado al día siguiente. George seguía cansado, atormentado por la sensación que le había producido la imagen, y ahora además cargaba con el peso de una serie de reproches que se hacía a sí mismo, que a decir verdad no le resultaban del todo nuevos. En momentos así sentía que ese era su destino; que sin importar lo que hiciera estaba condenado a cometer los mismos errores, a repetir las mismas estupideces, y a caer, después, en los mismos imbéciles arrepentimientos. Pero la realidad es que nunca había siquiera intentado hacer algo diferente, porque ese “destino fatal” que se había inventado, y que alimentaba con culpa y arrepentimiento, era, en definitiva, la excusa perfecta. Era la justificación que necesitaba para no tener que ser responsable; para comportarse como si no tuviera más opciones. Así que no resultaba en absoluto sorprendente que a pesar de todo el cansancio, el arrepentimiento y la angustia George detuviera su auto frente a la mansión del juez para observarla con recelo y reprocharse lo que había prometido la noche anterior y ahora no quería cumplir; ni que luego apagara el motor y bajara del auto.
Eran casi las cuatro de un día que le estaba resultando especialmente difícil. Se había despertado cansado y sin tiempo para ducharse o cambiarse de ropa. Había tratado de mantenerse al margen y ocuparse solamente de lo indispensable, pero pesar del esfuerzo no había podido evitar que lo sumergieran en la burocracia de los informes y el papeleo pendiente. Mientras cruzaba lentamente la calle observó con desconfianza el largo sendero de piedras que atravesaba el jardín de la mansión preguntándose si no sería mejor idea entrar con el auto. Se sentía incómodo e inseguro: no había tenido más que un par de minutos para intentar leer atentamente el caso y asegurarse de qué cosas podía decir y cuáles no; todavía sentía el ardor en el estómago que le provocaban los whiskies que bebió apurado antes de salir de la estación, y el olor de la cerda mezclándose con su propia transpiración. Al final decidió dejar el auto donde estaba; le pareció que se iba a sentir un poco mejor —o al menos no tan mal— si caminaba hasta la puerta.
El sendero se bifurcaba en torno a una gran fuente y terminaba en dos pequeños escalones frente a una enorme puerta de roble. George los trepó de un salto. Pese a que no era demasiado ágil, ni atlético —era un sapo flaco y algo encorvado, con una mirada entre somnolienta y viciosa, que jamás había hecho ejercicio—, ocasionalmente algunos de sus movimientos dejaban ver cierta gracia, cierto estilo: un potencial que no había sido explotado. George se detuvo frente a la puerta y utilizó el llamador —una pequeña esfera apresada entre las garras de un animal que no pudo descifrar. El sonido resultó completamente desproporcionado para algo tan delicado y pequeño.
La puerta demoró en abrirse —tanto que George tuvo tiempo de considerar, en un par de ocasiones, la posibilidad de volver a llamar—, y cuando al final lo hizo, dejó ver una suricata macho, alta y delgada, vestida con finas ropas de mayordomo que lo miraba con suficiencia o desprecio.

 
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