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Introducción general


La Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma que “la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. A raíz de esta definición, a la que adhiero, trataré de mostrarle al lector cuán lejos de ese objetivo se halla el hombre occidental, aunque no son pocos los que se creen muy cerca. Digo “creen” porque, en realidad, mucha gente hedonista —típica de esta época—, que procura cultivar el bienestar, debe, en forma paradójica, soportar dolores, disfunciones orgánicas, accidentes, y hasta enfermedades mortales, cuando todavía se encuentra en la llamada plenitud de su vida. ¿Qué ocurre para que tantas personas sufran cuando buscan frenéticamente disfrutar? Hacen todo lo posible para pasarla bien, pero parece que algo más poderoso las impulsa al malestar, y con ello a la enfermedad.
Para este menester voy a desarrollar dos visiones complementarias, vinculadas a la vida y a la enfermedad humana. Por un lado, una mirada individual, relacionada con los casos psicobiográficos que desarrollaré en el primer capítulo. Por otro lado, la mirada ideológicosocial, que trabajaré como causa de malestar y de patología, mostrando cómo se superpone —al modo de la gota que hace rebalsar al vaso— con la base neurótica de muchas personas, y así las empuja a la enfermedad o a otros trastornos vitales.
Desde hace ya muchos años, y debido, con seguridad, a la cultura de la imagen y al fomento del deleite por consumir, el paradigma ha cambiado radicalmente: la cultura del goce reemplazó a la anterior, del trabajo, y disfrutar se volvió casi una obligación. El problema es que cuando algo de orden privado y espontáneo —como la capacidad de disfrutar— deviene en un mandamiento cultural, se altera su esencia, y ello perturba a sus desprevenidas víctimas. Al procurar cumplir con el perverso precepto ideológico, estas se esclavizan en rituales sociales vacíos, y se sienten culpables de no lograr la satisfacción deseada. Una verdadera emboscada cultural, que echa más leña al ardiente malestar contemporáneo.
Hay quienes se estarán preguntando por qué hablo de todo esto en un libro sobre la salud y la enfermedad. Les respondo que no es un tema menor: en la era de las multinacionales y de la fenomenal concentración de la riqueza, no podemos soslayar la perniciosa y vasta influencia que producen tales colosos económicos en los individuos, mediante la colonización discursiva de sus mentes. Esta es una de las vetas que incide en el malestar y en las epidemias actuales.
Otra veta es el exceso de racionalidad que impulsa el sacralizado discurso tecno-cientificista. Puede parecer a primera vista inocuo. Sin embargo, si lo sumamos a la hiperracionalidad que emana de la lógica empresarial y mercantil y a la fascinación que produce el mundo —“sin fallas”— de la informática podremos comprobar cómo fomenta rigidez en el pensamiento. Esta alternativa es, en sí misma, fuente indiscutible de malestar y patología.
Paralelamente, la ciencia, desde una perspectiva genérica, le atribuye a las diversas enfermedades una causalidad vinculada, entre muchas otras, a razones genéticas, desarreglos vitales, estrés, vida sedentaria, tabaquismo, alcoholismo, mala alimentación, obesidad y ansiedad. Pero existe un mundo que la ciencia tiene prácticamente vedado: el mundo de nuestras experiencias singulares —vivencias, emociones, sentimientos conscientes e inconscientes...—. Es fundamentalmente desde este ámbito psicológico desde donde surgen los principales condicionamientos y determinaciones, capaces de impulsarnos al goce sublime o a la tragedia. Al mismo tiempo, la ciencia —mediante rótulos o clasificaciones— procura capturar, en algunas de sus estandarizadas vicisitudes estadísticas, nuestras escurridizas subjetividades.
En esta obra trataré de demostrar algunos puntos relacionados con la salud y la enfermedad. En el mundo actual, casi todos se hallan enmarcados en un contexto ideológico que los hace muy difíciles de detectar. Se desprende de estas últimas palabras que la ideología, en su función de cubrir o distorsionar la realidad —al servicio de intereses ajenos a nuestra cotidianidad—, es la gran trampa de esta era: no nos permite detectar las demás trampitas. Estas serían en forma veloz neutralizadas si tuviésemos la suficiente claridad mental para detectar la principal. Mi libro va a girar prioritariamente en torno a la trampa y a las trampitas ideológicas. Aquí, como muestra, esbozo algunas. El orden en que las expongo no es indicativo de la importancia relativa que poseen.

 
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Trampas que enferman: Cómo los anzuelos ideológicos nos colonizan la mente y nos quitan la salud  de Jorge Ballario   Trampas que enferman: Cómo los anzuelos ideológicos nos colonizan la mente y nos quitan la salud
de Jorge Ballario

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