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5. El nacimiento de la lengua española. La tendencia analítica como hecho de evolución de la lengua española

5.1. El pensar individual: el problema

El problema, pues, que se presentaba a los hablantes del latín de la última época, afincados en la península Ibérica, consistía en expresar lo que los rodeaba convertido en entes, ejemplares únicos en sí mismos y singulares, no como categorías absolutas, que se concebían antes de su aplicación a lo externo al hablante y se consideraban como existentes en sí mismas. Después de concebir los ejemplares como entes singulares e individuales, estos se podrían enclavar en lo universal, no en lo absoluto, de los mismos. Como hemos visto, los medios de expresión del latín del período clásico no preveían la expresión de lo individual. Ahora bien, como las lenguas valen para todo discurso posible (Coseriu), los hablantes del latín de la última época podrían buscar recursos dentro del propio latín que expresaran lo que los hablantes pretendían. De esta manera, el problema consistía en compaginar una nueva forma de concebir la realidad, por un lado y por otro, encontrar medios adecuados para la expresión de esa nueva necesidad significativa. Desde el punto de vista del acto del conocer (cf. §§ 2.1. a 2.3.), la nueva necesidad expresiva implicaba, pues, una nueva operación intelectiva de la determinación, orientación del constructo virtual y potencial creado (formas del conocer), conversión del mismo desde ser un algo virtual y potencial (categorías) hasta hacerlo real, creando, con ello, la concepción individual de lo que nos rodea, a lo que hoy llamamos “las cosas”.

Menéndez Pidal (1968: cap. I) no habla de hechos de evolución cuando quiere definir el español respecto del latín sino de tendencias. Son las tendencias de las que habla Menéndez Pidal las que nos interesan aquí puesto que éstas se desarrollan en muchos estados de la lengua y durante largos períodos de tiempo, motivo por el que, con Coseriu (1988), prefiero llamarlas hechos de evolución de la lengua española. Los hechos de evolución no afectan sólo a un nivel de habla, digamos, el habla vulgar, sino a la técnica del hablar en todo su conjunto. Engloban en sí mismos muchos hechos de lengua y todos ellos constituyen un hecho del tipo de una lengua (Coseriu 1988). De esta manera nosotros podremos explicarnos el por qué, es decir, podremos entrever en ellas el modo de pensar que perseguían los hablantes cuando adoptaban formas que se conformaban según la idea que las definía. Las tendencias señaladas por Menéndez Pidal (1968 § 73) están englobadas dentro de la que llama la tendencia analítica.

5.2. La tendencia analítica (=perífrasis frente a la síntesis gramatical) como hecho de evolución en español

Ya hemos dicho más arriba, que el latín, frente al español de hoy día, era muy conciso, fruto de concebir categorías absolutas que valían para todo y de un verbo sum absoluto que era la condición sintética de todo predicado. Como fruto del acto de conocer, un modo de pensar histórico lleva en sí mismo su propia evolución, que es lo mismo que decir, su propia inestabilidad: la creatividad humana individual, que es nueva por definición, nunca es fija ni inmutable. El pensar como actividad (=creación) es algo absoluto, pero como ejecución es siempre algo limitado e histórico, algo que se da en la historia y está sujeto a los vaivenes de la historia. Una lengua, como resultado del modo de pensar de una comunidad lingüística, nunca constituye un conjunto de formas fijas. El propio acto del hablar, decir y conocer, siendo individual y sobre todo siendo nuevo, es innovador en sí mismo. Como consecuencia, una lengua no es absolutamente concisa ni absolutamente explícita. Si es concisa, caso del latín, esta concisión lleva consigo la tendencia contraria, la explicitud. De esta manera, podemos ver la concisión frente a la explicitud como un hecho de evolución que tiene muchas realizaciones y que, con el tiempo, puede definir una lengua como distinta de otra.

Tomando como ejemplo el latín como una lengua muy concisa, hemos visto que, para tal condición, la lengua se valía fundamentalmente de los casos no necesitando otros elementos de relación. Por el contrario, podemos decir que el español actual es una lengua muy explícita o analítica, con muchos determinantes, conjunciones y preposiciones y otros muchos recursos, para concebir la realidad según distintos modos de concebir lo que nos rodea, los cuales definen el modo de pensar de sus hablantes. El pensar de las categorías absolutas del latín, gracias a la tendencia a la explicitud o tendencia analítica en el latín de la última época, dio lugar a lo que he llamado el pensar individual y, con ello, a la lengua española. Para estudiar este hecho miramos de nuevo al acto del conocer y nos detenemos en la operación intelectiva de la determinación (cf. § 2.2. y 2.3. y apéndice I).

En el español, la tendencia analítica se manifestó en el uso frecuente de las preposiciones, los artículos determinado e indeterminado, la aparición de los llamados verbos auxiliares haber, ser y estar y, sobretodo, en la morfología, pues “esta actúa para asimilar categorías de palabras que desempeñan igual función gramatical”, igualando la terminación de los singulares, los femeninos en los nombres, adjetivos y participios, o las diversas formas del verbo (Menéndez Pidal 1968: 204).

5.3. El pensar individual: las preposiciones

Hemos definido el modo de pensar latino como un modo absoluto, muy conciso, en el que las categorías eran absolutas y estaban completadas con la síntesis cognoscitiva del verbo sum. Hemos visto también que durante el período clásico había un número reducido de preposiciones, las cuales se usaban indefectiblemente en combinación con un caso muy concreto, no libremente. Veíamos entonces una excepción: el nombre de Roma y, por analogía con Roma, los nombres de ciudad, los cuales no llevaban ninguna preposición, Catilina Roma per Etruriam ad Galliam fugit. Explicábamos este hecho como un arcaísmo, un uso fijo que venía de una época anterior. Los romanos del período clásico comprendían perfectamente que Roma no llevase preposición porque en etapas anteriores de la lengua, al no existir las preposiciones, el uso de Roma sin preposición se había petrificado. No en vano, Roma, en el período anterior a su expansión territorial, era la única ciudad que era objeto de su decir. El resultado era que durante el período clásico las preposiciones introducidas en la lengua constituían expresiones redundantes: el caso y la preposición desempeñaban la misma función. La preposición tenía la misión de reforzar la función determinadora del caso. Con la introducción de las primeras preposiciones en latín, nacía así la tendencia analítica, que acabaría con los casos y convertiría las preposiciones en imprescindibles.

La función que desempeñaban las preposiciones en el período clásico consistía en determinar las formas del conocer creadas hasta la nominación (cf. apéndice I) hacia las funciones gramaticales y sintácticas, nada más. En el caso de las expresiones redundantes, especialmente en aquellas que forman sistemáticamente un hecho de lengua, sus elementos pueden evolucionar de dos maneras distintas: unas pueden reafirmarse durante siglos y otras, tras haber sido aceptadas, pueden dar origen a una evolución posterior. Este fue el caso de las preposiciones, las cuales competían con los casos en la función determinadora. Como expresiones redundantes, las preposiciones hicieron innecesarios los casos a los que ellas acompañaban. Una vez libres de los casos, las preposiciones adquirieron valores propios.

El uso de las preposiciones y los artículos, que veremos en el epígrafe siguiente, hicieron cambiar la forma de concebir lo que nos rodea: lo que nos rodea no puede ser parte de una categoría absoluta que tiene que existir necesariamente y que se manifiesta por todas partes. Lo que concebimos de nuestro rededor son cosas individuales, cada una con una razón de ser distinta y que, agrupadas entre sí las que son iguales, forman no una categoría sino un universal, conseguido este por reflexión, es decir, abstracción sobre las cosas, y no porque demos por supuesto que existan por necesidad o por sí mismas. La determinación cognoscitiva que se da en el acto lingüístico, de esta manera, era orientada hacia lo que los hablantes pretendían: la individualidad de lo concebido, lo que hace que hablemos de cosas y no de lo que nos rodea. Lo que nos rodea resultó ser cosas, las cosas entre las cuales nos desenvolvemos en este mundo.

Con las preposiciones y los determinantes artículos y posesivos nació lo que he llamado el pensar individual, que forma construcciones analíticas, un pensar distinto a los anteriores, pero que era el resultado del pensar substante de los griegos y el pensar absoluto del latín. Era el pensar individualizador que miraba hacia lo concebido de forma individual, porque lo que nos rodea es un algo concreto, percibido por nuestros sentidos. Anteriormente, en el latín, lo que se concebían eran etiquetas que representaban categorías que dábamos por supuesto que existían, ya que lo mental era antes que lo que nos daban los sentidos. El mundo que concebían los romanos y los griegos era un mundo primigenio, es decir, un mundo mental interior, proyectado hacia el exterior. Ahora con el pensar individual, al encontrar en nuestro mundo cosas y no categorías, el mundo es interpretado interiormente, pero en sí mismo es un mundo exterior, que nos vale para comprobar si lo interior se asemeja a lo exterior, introduciendo de esta manera un nuevo concepto de lo real.

5.4. El pensar individual: los artículos determinado
e indeterminado

La tendencia analítica del español era el resultado de una paulatina introducción de un modo de pensar nuevo. La introducción del modo de pensar griego en el mundo romano y latino, introducido a través de los conceptos explicados en las iglesias, catedrales y conventos, hacía concebir las ideas absolutas del latín como entes o substancias fijas y presentes en sí mismas. Esto unido a la objetivación lingüística daba como resultado el que se concibiera lo que nos rodea como algo fijo, estático y que está siempre presente. Es decir, tanto el pensar latino con sus categorías absolutas y su síntesis cognoscitiva con el verbo sum, la nueva concepción de ser como substancia de los griegos y el nuevo modo del ser uno y absoluto, que era el dios de los cristianos, confluían entre sí en lo que cada modo de pensar tenía de absoluto. Ahora bien, las categorías del latín, que eran flexibles en cuanto a lo que designaban puesto que, como hemos visto, no tenían designación potencial, con la fijación griega y cristiana del ser llegaron a ser inoperativas. Las categorías absolutas, del latín, perdían así toda su flexibilidad y operatividad, debido a la diversidad que los hablantes encontraban en el mundo exterior. Desde dentro del latín, empezó a modificarse la expresión de las categorías con los determinantes que entonces tenía el latín. Los determinantes que entonces tenía el latín sin embargo no expresaban lo que los hablantes pretendían: sólo se aproximaban a ello. Había que crear, valiéndose de los existentes, unos determinantes específicos que expresaran sólo lo individual.

El interés por lo individual frente a lo absoluto y definitivo ya se había manifestado en el pensamiento de Aristóteles, primer filósofo que sistematizó su propia teoría. De las tres grandes aportaciones del pensamiento griego, el ente de Parménides, fijo e inmutable, las ideas de Platón y el existente, que Aristóteles añadió al ente de Parménides, concibiendo así una doble realidad en el concepto de ser: el ente (la substancia, el “ser”) y el existente (el “ser caballo” o el “ser hombre”, lo particular), pervivió la doble realidad del ente. Aristóteles, en sus Categorías, quiso poner orden en el mundo introduciendo lo mental en el mismo, de tal manera que se pudiesen estudiar las cosas en sí, es decir, que se pudiese estudiar lo que constituye la individualidad de lo que nos rodea. La pretensión de Aristóteles era “decir de lo particular”, estudiar lo particular (?ν μ?ρει λεγ?μενα=decir en parte) de las cosas. Esta misma pretensión había comenzado en el latín de la última época y duró toda la edad media, alterando los medios de expresión de tal forma que expresaran lo que los hablantes buscaban, lo individual de lo que percibían. Nació así el modo de pensar individual y nacieron las cosas.

El pensar individual era muy radical respecto al pensar absoluto (§ 3.). Son dos pensares antagónicos, fruto ambos de ese pensar radical basado en el verbo sum o ε?ναι y las categorías absolutas. La gran innovación del latín de la última época, que la lengua ejecutaría y desarrollaría durante toda la edad media, consistió en inventar un modo distinto de determinar las categorías creadas en el acto del conocer (§§ 2.2. y 2.3.). Así, el interés del hablante medieval español era hablar de lo que hoy llamamos las cosas, decir de lo que lo rodeaba, que no era más que la cosa concreta que le daban sus sentidos. En el español, la determinación, desde entonces, va orientada no hacia la función sintáctica que una categoría mágica utilizada en el acto del conocer podría desempeñar en la oración, sino hacia lo individual, lo que le daban los sentidos y hacia lo que los hablantes trataban de representar, primero mentalmente y después, en palabras de la lengua.

En latín, existía una rica gama de determinantes demostrativos, hic, haec, hoc; is, ea, id; iste, ista, istud; e ille, illa, illud. Estos determinantes denotaban relaciones de proximidad, cercanía y lejanía del objeto concebido respecto del hablante. En sí mismos considerados estos determinantes, hasta cierto punto, respondían a las nuevas necesidades de los hablantes. El español, tras los usos del latín con algunos de estos determinantes, optó por crear uno nuevo a partir del determinante más alejado del hablante que crea el lenguaje, el Yo, y del oyente, el Tú, quien devuelve la palabra al Yo haciéndola reverberar en el diálogos. Este determinante era el más adecuado para crear un valor y función nuevos. El y la como artículos provienen del demostrativo ille, illa, que determinaban las formas del conocer hacia lo más lejano del que habla.

Y el efecto era el que se buscaba. Se trataba de referir lo ajeno a la persona, creando así lo que hoy llamamos las cosas, asuntos pragmáticos que son objeto del decir y tienen que ver con la circunstancia en la que se encuentra el hablante en cada momento, lo que, para Ortega, constituye “lo otro”. El y la, y los y las asimilan las cosas que crean a la llamada tercera persona. Pero, tanto para Benveniste como para Ortega y Gasset, el llamado pronombre personal de tercera persona “está por razones semánticas y funcionales más próximo a los deícticos que a yo o tú” (Benveniste 2007, I: 172: 178). Para Ortega, él es un mero determinante, no un pronombre, ya que él no participa en el diálogos, el cual, en realidad, no constituye la creación del lenguaje en el diálogos, siendo tan extraño al mismo como las cosas (Ortega y Gasset 1987).

Los nuevos determinantes, el, la, los y las, reforzados con un, una, unos, unas, son los determinantes que hoy designan lo externo al ser humano, que es quien crea el diálogos. Orientan las categorías nominadas hacia lo individual de las cosas mismas, ya que las cosas, como a la vez nos enseñaba el pensar substantivo helénico, constituían un algo que “está ahí”, algo fijo y siempre presente, conformando lo ajeno a nosotros. De esta manera, gracias a los nuevos determinantes, las categorías que en el acto del conocer son virtuales potenciales y representan lo universal (Occam, cf. 4.1.), no son absolutas, pueden adaptarse a lo que rodea al sujeto, que es concreto y finito y que aparece como nos lo representa nuestra capacidad de conocer, orientada por nuestra imaginación y nuestros sentidos.

El cambio hacia el artículo individualizador no fue radical, sino, como todo cambio lingüístico y cognoscitivo, fue titubeante. Los demostrativos iste, ista, istud, e ille, illa, illud sirvieron como un paso intermedio para la creación del artículo determinado. Para Menéndez Pidal (1968: 260), el artículo apareció en el latín de la última época. Dice al respecto,

el artículo no es sino un demostrativo que determina un objeto más vagamente que los otros demostrativos, sin significación accesoria de cercanía ni alejamiento; sirve sólo para señalar un individuo particular entre todos los que abarca la especie designada por el sustantivo.

Y añade: “cualquier demostrativo pudo haber debilitado su significación y quedar con la vaga determinación de artículo”. Y, así, podemos verlo, cuando el español aparece ya como lengua independiente del latín: Mio Cid aguijó con estos cavalleros quel sirven. Para Menéndez Pidal, estos cavalleros refiere a los “cavalleros que le sirven”; vayamos en aquel dia de cras, “vayamos en el día de mañana”. Los romances se fijaron en el derivado de ille. Pero, hay que señalar que no hubo debilitación como dice Menéndez Pidal, sino creación nueva a partir de elementos tradicionales con una determinación nueva, que es lo importante, ya que tiene que ver con el conocer de lo individual. Se trataba de individualizar lo percibido sin conexión ni relación a la proximidad, cercanía y lejanía.

Por otro lado, el artículo indeterminado, tomado del numeral, se introdujo en la lengua como uso determinativo orientado también hacia lo individual y singular, una feridal dava, (=le hacía una herida). Si bien la individuación como función existía en el primer numeral, esta función es muy distinta de la determinación. La determinación singular también era nueva.

La introducción de los determinantes artículos llevó consigo un desequilibrio dentro del sistema de la lengua, bien fuera la lengua latina de la última época, o bien la lengua proto-hispánica que entonces se hablaba. Esta, a la vez que introducía los determinantes artículos, ignoraba los casos en los nombres, adjetivos y participios. Como consecuencia, al desaparecer los casos las palabras mismas se unificaron desde el punto de vista formal. Y, por otro lado, al unificarse la forma de las palabras, el orden de las palabras en la oración también cambió. Una vez unificada la forma de las palabras, había que dejar claro qué palabra desempeñaba la función de sujeto y qué palabra desempeñaba otras funciones sintácticas usando los nuevos determinantes y alterando el orden de las mismas.

Por último, la creación de las cosas de la manera descrita llevó consigo un nuevo concepto de lo real. Lo real a partir de la edad media se basaba en lo individual con lo que la objetivación de las cosas, especialmente si estas eran abstractas, llevó a concebir lo que nos rodea como algo que está ahí y es de naturaleza fija, como algo substante.

5.5. El pensar individual frente al pensar de las categorías absolutas: la desaparición de los casos

Según Menéndez Pidal, las desinencias casuales latinas dejaron de usarse reduciéndose sólo a la forma del acusativo, quedando recuerdos aislados de los otros casos. Pronto la pérdida de la m final del acusativo llevó a la nivelación de las formas en o, para la segunda declinación, o u, para la cuarta. Así de cervum, manum resultó cervo, manu. Los dativos, por el contrario, fueron sustituidos por el acusativo precedido de la preposición ad. Ya en Plauto se encontraban formas como hunc ad carnificem dabo; y en tiempos de César y Sila se escribía vulgarmente ad id templum data. Es de señalar, como lo hace Menéndez y Pidal (1968: 206), que del dativo no se ha quedado rastro alguno en las lenguas romances a no ser en el rumano. Y la razón de este hecho es fácilmente deducible. El dativo desapareció sin dejar rastro porque la preposición había desempeñado la misma función del caso antes de la propia desaparición de los casos, como indican los ejemplos aducidos por Menéndez Pidal. Para un hablante del latín de la última época, el uso de las preposiciones estaba encaminado a identificar la función que las palabras desempeñaban en la oración. Antes que en el caso, el hablante tenía que fijarse en las preposiciones. Con esto podemos ver la función desempeñada por las preposiciones en el nacimiento de la lengua española: contribuyeron a la desaparición de los casos.

Caso algo parecido ocurrió con el genitivo. Para Menéndez Pidal, el genitivo se perdió seguramente antes de la época romance. La relación de dependencia se expresó con la preposición de. En las inscripciones se hallan ejemplos como curator de sacra via, oppida de Samnitibus. Los nombres de lugar gozaron de mayor permanencia quizá porque eran concebidos como “cosas” ya existentes, cosas que están ahí y son de naturaleza fija. Así de monasterium Sancti Justi vemos Santiuste; Sancti Quirici Sanquirce; o del monasterio de San Emeterio Santander (Sancti Emetherii > Sancti Emderii > Sanct Endere > San Andero > Santendere > Santanderio > Santander). Igualmente, las cosas que ya se concebían como cosas individuales como el Fuero Juzgo, que proviene de Foru(m) Iudicu(m); condestable, de comite stabuli; Otoro, Villatoro (barrio de Burgos),de Villa Gotthoru(m); o Toro y Campotoro, de Campi Gotthoru (Menéndez Pidal 1968: 207).

El vocativo no expresaba relaciones sintácticas y no necesitaba forma especial. En todas las declinaciones excepto en la segunda tenía la misma forma del nominativo. Sólo algunos nombres propios muy usados en vocativo conservaron su forma: Jacobe que dio Yagüe y como grito de guerra Santi Yagüe; Jesucriste (en el Poema de Fernán González) (Menéndez Pidal 1968, 207).

Según Menéndez Pidal, la generalidad de los romances, desde sus orígenes, no conoció ninguna distinción entre los casos de nominativo y acusativo, usando, pues, una sola forma. El español no reconoció más que la propia del acusativo. Los restos de nominativo clásico son esporádicos: la -s del nominativo aparece por influencia eclesiástica en Dios, Jesús, Carlos, Marcos, los nombres rústicos Domingos, Pabros, Toribios, y en el topónimo Roncesvalles de rumicis vallis (valle de las acederas, plantas medicinales). También provienen del nominativo nombres imparisílabos como judex, júdez o juez; pumez, pómez y nombres como presbyter y magister (Menéndez Pidal 1968: 208-209).

Estos hechos nos llevan a la conclusión de que la lengua originaria, el latín, era la que llevaba en sí misma el germen de su propia evolución. El español nació cuando los hablantes no hicieron más que desarrollar las tendencias que habían aprendido al aceptar el latín en sus territorios. Era el latín el que inició el cambio en el modo de pensar y concebir las cosas. A este respecto no debemos olvidar la crisis de pensamiento que ocurrió en el mundo antiguo los siglos I antes de Cristo y I después de Cristo, siendo superada dicha crisis con la irrupción e implantación de las doctrinas de San Pablo, y después con la formulación definitiva de las mismas por San Agustín y los llamados Padres de la Iglesia (siglo IV), dando lugar al pensar cristiano, que vino a significar la introducción del pensar griego, el pensar substante, transportado a occidente desde el Mediterráneo Oriental (cf. Ortega y Gasset 2005).

Cuando el español aparece como lengua distinta del latín, en el Poema del Mío Cid o Berceo, las preposiciones se usan frecuentemente, aparecen los determinantes artículos y posesivos, y ya han desaparecido los casos: de los sos ojos - tan fuertemientre llorando (14); Mio Cid por Burgos entrove/ en sue compaña / sessaenta pendones/; exien lo veer mugieres e varones/ burgueses e burguesas/ por las finiestras sone/ plorando de los ojos/ tanto avien el dolore; con gran recabdo (18); e tornós pora su casa (18); derredor dél / una buena conpaña (18); o ya fuertemente implantados los determinantes en, el duelo que fizo la Virgen María el día de la Pasión de su fijo Jesu Cristo.

5.6. El pensar individual: los verbos, ser, estar, existir y los verbos auxiliares como soporte del pensar individual

Fruto también de la tendencia analítica frente a la concisión del latín, tenemos en español la utilización de los verbos ser, estar y existir, y ser y haber como auxiliares de otros verbos que aportan por sí mismos el significado de la expresión. De esta manera, podemos distinguir en el paradigma verbal del español los verbos auxiliares de los verbos léxicos. Aparte de estos y dentro de mismo paradigma, podemos encontrar verbos modales, como ciertos usos de tener y haber (cf. § 5.7.). Los verbos ser, estar, existir y, hasta cierto punto, los verbos modales no son más que desarrollos históricos de la función de cópula cognoscitiva, generalmente representada por el verbo ser, pero que aparece de forma regular dentro del paradigma verbal en los llamados modos verbales (indicativo, subjetivo, optativo, en el español; o en el griego antiguo, en las diátesis del perfecto y las de los perfectos medios). Es decir, la expresión de la síntesis cognoscitiva no es ni mucho menos uniforme. En el pensar indoeuropeo, pensar primigenio, aparecían muchos modos de expresar lo que hoy podemos llamar “estado de cosas”, modos de pensar que no siempre aparecen en las lenguas derivadas del indoeuropeo.

El verbo ser aparece en español como un vestigio directo del verbo que hace ver la presencia y la fijeza de aquello que es. Lo que es, lo es porque hay algo detrás de lo que es, que lo hace ser y lo hace estar presente a la vez. De ahí el carácter de fijeza, duración y eternidad que se atribuye a lo que es, los entes del griego. Para comprender el valor del verbo ser en las lenguas romances, tenemos que hacer una incursión en la ontología del ser de los griegos, base nocional de lo que son las cosas. Según Benveniste, el verbo ser es el verbo más típicamente indoeuropeo, que tuvo quizá su máxima descripción en la ontología del ser de los griegos, la forma de ser de algo pensado que existe como algo que es en sí, que es fijo y que está a la vez presente.

Cuando Aristóteles concibió sus Categorías, las pensó dentro del Órganon, serie de obras que tenían por cometido preparar la mente para el estudio de lo que hoy llamamos las cosas. Dentro de las categorías, Aristóteles distinguió diez tipos, seis que tienen que ver con el sustantivo como elemento gramatical y lingüístico: la substancia (ο?σ?α, ο?σ?α προτ?), el cuanto (ποσ?ν, ποσοτης), el cual (ποι?ς, ποι?της), el relativamente a qué (πρ?ς τι), el dónde (πο?) y el cuándo (ποτ?); y cuatro que tienen que ver con el verbo: el verbo hacer (ποιε?ν) (activo), padecer (π?σχειν) (pasivo), estar en postura (κε?σθαι) (verbo modal) y el estar en estado (?χειν) (verbo modal, también). Las Categorías de Aristóteles no fueron entendidas desde los comentaristas, como hemos visto. Aristóteles, como no podía ser menos, describió la ontología del ser según la estructura gramatical, sintáctica y semántica propia de la lengua griega, con lo que puso el énfasis del ser en aspectos puramente lingüísticos. No obstante, describió las categorías según un criterio ontológico: la substancia que era el ser en sí mismo y no necesitaba nada más para ser (ο?σ?α o ο?σ?α προτ?) y el ser que es en otra cosa, siendo esta otra cosa la substancia. Aristóteles, para establecer sus categorías, hace una distinción que separa el ser en sí mismo de lo que es adjunto al ser. Distingue el ser que es por sí, κατ? αυτ?, al que llama la substancia, y el ser que es por accidente, κατ? συμβηβεκ?ς, el ser que es en una substancia. Luego, estamos hablando de la misma cosa: el ser en sí, que es el que importa, y los accidentes del ser todos ellos que son “lingüísticamente”. Por otro lado, para Aristóteles, el fundamento del ser era la acreditación de los sentidos (Ortega y Gasset 1992a, passim). Es decir, para Aristóteles, el ser está ahí y es de naturaleza fija y, por tanto, se puede percibir tocándolo (θιγγανειν). De esta manera el ser está frente a nosotros en la piedra, el árbol, los animales y las cosas, y con base en el ser tenemos las demás categorías, la cantidad, la calidad, el relativo a qué, el dónde, el cuándo, el ser activo, el ser pasivo y el ser de forma condicional, modal y temporal, modos de ser que se dan en la substancia. De otra manera: el ser que es en una substancia, κατ? συμβηβεκ?ς, es así sólo porque así lo expresa su lengua. Y este es el valor ontológico que Aristóteles quiso dar a sus categorías (cf. Martínez del Castillo 2011): el ser substancia, lo permanente frente a lo accidental y condicional, fruto esto último de la expresión lingüística de la lengua griega.

El concepto de ser que nos ha llegado hasta el español es el concepto de ser como substancia, en un doble sentido algo diferente: a) el ser que es por sí, el ser substancia, y b) el modo de ser expresado de forma hipotética, en determinados verbos, que indica cómo es en la substancia. El primer sentido es el concepto absoluto del ser. El segundo es el sentido modal, condición lingüística que aparece como ser. Así decimos, yo soy; estoy aquí; yo pienso; yo existo, expresiones en las que la síntesis cognoscitiva se ejecuta con verbos especializados en expresar la cópula predicativa de manera propia. Si por otro lado digo, yo he sido profesor durante toda mi vida, lo que digo del “ser profesor” lo condiciono a tres modos de ser: a) un modo de ser que define una actividad (enseñar), b) ese modo de ser condicionado al pasado, y c) ese mismo modo de ser, que al ser condicionado al pasado, tiene algún tipo de implicación que dura hasta el momento presente. Es decir, que tenemos el ser que es en sí y el ser que condiciona el modo de ser de otro ser, según la lengua española. En este sentido, en español, el verbo ser se utiliza para formar una de las voces que el indoeuropeo tenía, la voz pasiva, yo soy amado, en donde el verbo ser auxilia al participio de amar para expresar un modo de ser, no el ser en sí mismo sino el modo de recibir la manera de ser desde algo distinto al sujeto. Por otro lado, como veremos más adelante (cf. § 8.4.), cuando hablamos de la ontología de las cosas en español, asignamos al verbo estar la función que desempeñan las cosas en una predicación determinada. El verbo estar se define en función del modo de ser que las cosas pueden desempeñar coyunturalmente; la ventana está abierta, la ventana aparte de ser en sí misma ventana porque es substancia, cumple la función de estar abierta, el ser y el existir de la cosa referida, distintos modos de ser manifiestos en el paradigma verbal.

5.7. El pensar individual: el verbo haber como auxiliar

El sistema verbal del griego de Aristóteles poseía una estructura gramatical y sintáctica muy diversa del latín. Ambas provenían del indoeuropeo. Este hecho nos permitirá explicar formas que aparecen en el español, que no aparecían en latín y que sí aparecían en el griego. En el griego de Aristóteles existía lo que llamamos la voces activa y media como modos de decir principales y, junto a estas, existía la voz pasiva, de menor importancia que la voz media de la que deriva. Y existían también las llamadas diátesis o expresiones modales como la del perfecto y la que formaban los perfectos medios del verbo ?χειν (=estar en cierto estado, sentido modal) y la que formaba el verbo medio κε?σθαι (estar en postura), que se armoniza con la diátesis de perfecto (Benveniste 2007, I: 68-69) (cf. más abajo § 8.4.).

El verbo ?χειν, tener, tenía un valor léxico y otro modal (diátesis). Este uso modal aparece en el español en el verbo haber cuando aparece unido a otros verbos léxicos a los que determina en la significación dada por estos. De esta manera el verbo haber ha formado lo que llamamos los tiempos perfectos. Cuando decimos, yo he venido no queremos decir más que la acción de venir ocurrida antes del momento presente y cuyos efectos se ven en el momento presente; en ese momento yo había llegado, expresamos la acción acabada de llegar en un momento del pasado y cuyos efectos se extendían hasta el momento del pasado referido. De esta manera el español ha lexicalizado en la conjugación regular los matices modales que debía de tener el indoeuropeo.

5.8. El pensar individual: la tendencia analítica
en los verbos en español

Según Menéndez Pidal, el verbo latino representaba un estado simplificado de lo que fue el verbo indoeuropeo. El latín carecía de la voz media, el modo optativo y el número dual. En español, el verbo continuó su transformación haciéndose más analítico. Perdió la voz pasiva sintética del latín entera, salvo el participio de pasado amatus, con el cual, unido al verbo sum, expresó las formas personales de la pasiva: soy amado, etc. De los tiempos perdió el futuro de indicativo, amabo, sustituyéndolo por la perífrasis compuesta con el uso modal de haber, amar-he, lexicalizada después en amaré. El imperfecto de subjuntivo amarem fue sustituido por el pluscuamperfecto, hubiera o hubiese amado. El perfecto de subjuntivo, amaverim fue sustituido por el pretérito perfecto de subjuntivo, haya amado. El infinitivo de pasado amavisse fue sustituido por haber amado. El participio de futuro amaturus y los dos supinos amatum y amatu no fueron sustituidos por ninguna forma especial.

Este último hecho revela el carácter de la evolución del español, basada en esa tendencia analítica que naciera en la última época del latín. El participio amaturus y los dos supinos han desaparecido como función, pero permanecen como perífrasis no fijadas por el uso. Al no ser fijadas por el uso, su contenido y función pueden ser dichos en español de distintas formas: liber lectu, puede ser dicho como libro que hay que leer o libro para leer.

Las personas latinas se conservaron todas, salvo las terceras de imperativo: amato, amanto, que fueron sustituidas por el presente de subjuntivo ame, amen, y las segundas enfáticas amato, amatote (Menéndez Pidal 1968: 268-269).

5.9. El pensar individual: la despersonalización
de los pronombres

Una vez conseguido el modo de pensar individual, y creadas con ello las cosas, habiendo superado lo absoluto de las categorías del latín y asimilado lo absoluto del ser substante griego en lo individual, la lengua española siguió con este proceso de objetivación y cosificación de lo conocido, llegando a considerar a una de las dos personas que crean el diálogos también como si fuera cosa. Así, al final de la edad media, el fue preterido por el vos y el yo por el nos, formas que alejaban a los dos actores del diálogos entre sí.Este tratamiento social enseguida tuvo sus implicaciones lingüísticas. El nos y el vos exigían un tratamiento plural, lo cual aparecía alejado de la realidad viva que implica el diálogos, el intercambio vivido entre el Yo y el Tú. Aun así, el nos se paró en este proceso de alejamiento, pero el vos continuó hasta hacerse puramente tercera persona, ajena al diálogo, es decir, considerada como si fuera cosa. Pronto empezó a utilizarse una expresión, aún más alejada que el vos, vuesa merced. Vuesa merced pronto se mostraría inadecuado por protocolario y adoptaría definitivamente la forma apocopada propia de la escritura, vd., Vd., y en el discurso oral usted. De esta manera, el posesivo de segunda persona quedaría como su, igual que el de tercera persona. Dado el carácter propio del mal llamado pronombre de tercera persona (Ortega y Gasset), que no distingue entre la persona y las cosas, el usted asimilaría la segunda y tercera personas a un trato igual al de las cosas. Es decir, con este recurso el del diálogos fue tratado como cosa, como si fuera algo ajeno a la realidad viva del lenguaje. El yo quedaba inalterado con lo que quedaba sólo el yo como el agente único del diálogos. Este hecho anticipaba en cierto sentido la revolución del pensamiento que traerían los siglos siguientes (cf. § 6.).

Por otro lado, el nos y el vos del singular requerían tratamiento plural lo cual creó confusión en cuanto al número. Era necesario, pues, hacer la distinción entre el singular y el plural, añadiendo a las formas personales el pronombre otros, expresión que separa y aleja aún más al nos y vos de la realidad viva del diálogos, trasponiéndolos a la lejanía del lenguaje escrito en el que los gestos y la acción ocular quedan suprimidos. Y esto es muy significativo: en el diálogos quedó sólo el Yo.

5.10. El pensar individual: la conciencia de pertenecer
a una nueva comunidad lingüística

Y lo que se trataba como uno no fue solo lo material, lo que más propiamente constituye las cosas, sino también las cosas inmateriales, siendo una de ellas la lengua, el medio común creado y compartido por todos. La lengua española con el pensar individual dejó de ser un fablar latino o un román paladino, la lengua de los paladines (el estamento de los luchadores frente los estamentos de la nobleza, el clero y el pueblo llano). El Román paladino ya pensaba de forma diferente al latín y se diferenciaba del latín. En el siglo XII la lengua era el hablar en el qual suele el pueblo fablar a su vecino. En ese mismo siglo los determinantes artículos ya se habían instaurado, la tendencia a la analogía ya se había ejecutado, los casos habían desaparecido y el paradigma verbal se había reestructurado:

Quiero fer una prosa en román paladino / en el qual suele el pueblo fablar a su vecino, / ca non so tan letrado por fer otro latino, / bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino (Gonzalo de Berceo).

El Román paladino de entonces necesitaba con ello un nombre nuevo. Primero, fue el castellano y después, el español. Este hecho que parece neutro implicaba ya un cambio radical en el modo de pensar. Los hablantes ya no se reconocían ni como hablantes de un latino ni como hablantes del Román paladino. El castellano pensaba ya de forma distinta y estaba preparado para concebir cosas distintas e inimaginables.

Una vez determinadas cognoscitivamente las categorías absolutas del latín con los determinantes artículos, establecidas las relaciones sintácticas y gramaticales con las preposiciones, readaptadas las formas morfológicas y sintácticas hacia una nueva forma de expresión más explícita y analítica, y reestructurado el orden de las palabras en la oración, todo ello gracias a la determinación cognoscitiva del acto del conocer, el modo de pensar, el modo de concebir las cosas o modo de ser de lo que rodeaba al sujeto hablante, dicente y cognoscente no podía ser el mismo.

El modo de pensar, que pasó de un pensar absoluto en vigor en latín (categorías absolutas, complementadas con la condición de lo predicado del verbo sum), reforzado en cuanto a lo absoluto con el pensar cristiano (concepción del ser absoluto=Dios) como manifestación del pensar substante griego, al que reproducía de alguna manera (el ser que es uno, eterno, inmóvil, que no tiene principio ni fin), lentamente fue cambiando a concebir lo que nos rodea de forma individual, el pensar individual. Este convirtió lo percibido y concebido, no en categorías absolutas que existen de por sí, sino en “cosas” (cf. § 8.7.). Este hecho fue un proceso de revisión de los fundamentos más radicales del pensar y del concebir las cosas, todo ello fruto del acto del conocer que, según las necesidades expresivas de los hablantes, se orientaba en una dirección u otra hasta crear objetos del conocer distintos.

En el acto del conocer las primeras operaciones intelectivas tienen que ver con el conocer: la intuición sensible o aísthesis, la selección, la delimitación, la creación de una clase o esencia y la relación. Pero a partir de esta, las operaciones intelectivas que le siguen (la determinación y la expresión lingüísticas) son posibles gracias al lenguaje, que se ejecuta siempre en una lengua. La operación intelectiva que supone el punto de inflexión entre el conocer y el hablar en el acto del hablar, decir y conocer es la determinación (cf. 2.2. y 2.3. y apéndice I). A partir de la determinación el sujeto hablante, dicente y cognoscente, que es un ser absoluto y creativo pero que vive en una comunidad lingüística y se acomoda en sus creaciones a los demás, trata de hablar como hablan los demás hablantes de su comunidad, hablantes libres con los que comparte el mismo grado de historicidad. Las tendencias que lentamente se impusieron desde el latín, e incluso desde los inicios del latín, iban orientadas hacia lo que hoy llamamos lo individual. Los hablantes, desde los del latín hasta los del siglo XV, fueron fijándose más y más en lo individual, dejando aparte las categorías absolutas y reparando en lo uno, concebido como singular y en sí mismo idéntico y diferente de todo lo demás.

 
 
 
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