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Empieza el relato


Quisiera ya desde este mismo comienzo dar la verdadera razón o excusa que va a mover al relato. Quisiera anticipar en qué parte o en qué páginas más o menos podría el lector encontrar ese motivo, pero eso sería en este punto hacer pura adivinación. Sí puedo asegurar que la justificación del relato (mi justificación) no va a poder leerse en esta página ni en las más próximas sino bastante más adelante. Ya está pensada, ya existe (de alguna forma un tanto precaria por abstracta, debo confesar) pero no sé bien en dónde y cuándo se va a hacer evidente.
El porqué de no poder hacerlo ahora tampoco lo tengo tan definido pero debe tener que ver seguramente con lo que me veo obligado a hacer antes y eso es: escribir.
Nunca me imaginé en una situación de este tipo, haciendo esto, pero algo ocurrió con alguien y ahora debo dejarlo asentado de alguna manera. Debo darle cuerpo y sólo yo puedo hacerlo, sino todo eso va a quedar sepultado y desconocido para siempre. Nadie más que yo lo puede rescatar del olvido absoluto.
Supongo, entonces, que lo primero que debo hacer es presentarme.
Mi nombre es Vicente. Creo que con eso, para saber quién habla o escribe, por ahora, sin apellido, va a alcanzar.
Soy un simple odontólogo (aunque si voy a declararme como alguien simple debería adoptar la forma menos compleja de llamar a la profesión y decir que soy dentista; decir simple odontólogo denota una falsa modestia o una modestia a medio camino, interrumpida, como si me hubiera arrepentido por haberme menospreciado y quisiera corregir lo más rápido posible el adjetivo “simple” con la forma más sofisticada posible de reconocer a la actividad. Si yo fuera honestamente simple hubiera dicho de entrada “soy dentista”, pero no lo hice).
Aunque nunca, como creo que ya dije, me imaginé como escritor voy ahora a oficiar de uno. Sólo por esta ocasión, supongo, porque lo amerita, porque va a ser una forma de ayudarme al duelo (del que ya se dará oportuna cuenta). Un duelo que no está librado totalmente de culpa.
Espero que cuando esta incomodidad, este raro vacío interno, vaya cediendo, también lo hagan las palabras y con las palabras este improvisado afán de escribir. No es para nada mi intención la de permanecer en este estado por mucho tiempo. Éstos son dos estados extraños a mí: el de angustia y el de escribiente sin oficio. No quiero quedar atrapado en otro Vicente que no soy. Yo soy dentista, no escritor. No voy a cometer el mismo error otra vez (ya se van a enterar). Algo tuve que haber aprendido. No quiero pasar otra vez por el mismo, inexplicable y rarísimo dolor que ahora me tiene afanado en cumplir con esta tarea.


Por dar un comienzo…


… voy a elegir un día en el que creo que puede ser que todo esto haya empezado.
Era mi primera clase de guitarra allá en el barrio del Oeste donde yo vivía. Tenía trece años. Me acompañaba mi hermana Sylvia que por aquellos días tenía dieciocho.
Yo admiraba a mi hermana. En ese tiempo no podía decir por qué. Ahora sí podría acercarme un poco a una explicación. Ahora, con toda la película vista varias veces puedo interpretarla y dar razones a muchas cosas que en apariencia y a primera vista en los primeros fotogramas de esa película no las tenían. Ahora puedo dar palabras a muchos espacios en blanco que no tenían definiciones y podían parecer sin contenido e insignificantes. Supongo que ese ejercicio es parte de lo que llaman re-presentación. Al transcribir una escena de la realidad, al usar palabras para hacer ver una imagen, algo ocurre. Puede que algo se pierda en el traspaso pero algo también se gana. Hasta redibujando otro dibujo, o sea, usando la misma técnica del original, algo ocurre y ni hablar si se intenta re-escribir lo ya escrito o, ay por Dios, hacer texto lo que está en imágenes en la mente pero que nunca estuvo en la realidad. En esos pasajes, en esas transiciones ocurren cosas. Es en esos segmentos intermedios entre los hechos o los fenómenos y su nueva realidad artificial en donde aparece un universo raro, raro a los hechos y a los fenómenos originales. Hay ahí leyes propias que no son las del mero tamiz. En fin, no quiero perder el hilo. No debo. Soy un dentista que escribe, no un filósofo, ni un metafísico, ni un literato que arregla dientes.

 
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