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—Retrocede con tu imaginación unos cientos de millones de años en el pasado. Visualiza una Tierra desierta, estéril en formas de vida complejas, como peces o plantas.
—Bien. Prosigue.
—Visualiza un charco de agua caliente, en un sitio perdido de esa vasta Tierra desértica. Hierve a causa de las temperaturas que llegan desde lo profundo. En esa agua estancada piensa que viven y se agitan millones de organismos como los que dijimos, todos ellos en guerra constante, devorándose unos a otros.
—Ya.
—Como sabes, según nos indica la teoría de la evolución, algunas de estas formas de vida prosperaron a costa de la aniquilación de otras, de manera que las primeras fueron las que desembocaron en nuestra existencia, mientras que las otras se perdieron en el olvido.
—Sí.
—Bueno, imagina ahora que tenemos el poder de un dios, y que podemos alterar esta secuencia de sucesos. Imagínate, por un momento, que somos capaces de darle a una de estas criaturitas una facultad tal que le permite comerse a sus habituales devoradores.
—¿Y entonces?
—Ahí lo tienes: tu devorador de mundos.
El pintor se quedó meditándolo un rato. Lentamente, mientras fumaba, iba comprendiendo la idea. No obstante, el biólogo no contuvo sus deseos de explicar.
—En el diminuto escenario de aquellas pequeñísimas formas de vida, la una devorando a la otra, se da aquella destrucción de la esperable secuencia de hechos que configurarían el desarrollo conocido de las formas vivientes de nuestro mundo. Cuando aquella ínfima criatura devoró a la otra, se comió con ella a todas las especies de peces futuros, y, por carácter transitivo, se tragó también a los anfibios de variados colores, a los posteriores reptiles y a los mamíferos. Engulló todas las extinciones masivas que sucederían en el porvenir, pues privó al mundo de aquellas criaturas extinguibles. Pero también engulló a los hombres, y, con ellos, a todos los dioses alguna vez concebidos. Se comió de un solo bocado a Indra, a Brahma, a Vishnu y a Shiva. Se comió a Jehová, dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, y también se comió a los propios Abraham, Isaac y Jacob. Se tragó a Mahoma y a Jesucristo. Devoró Roma, Atenas y Esparta, también Ilión y Hastinapura. Se comió la historia y la cultura universal. Fagocitó a Julio César y a sus asesinos, las campañas napoleónicas y la revolución rusa. Ingirió las tragedias de Shakespeare y el Quijote. Se tragó las guerras santas, y a los santos. Se comió todas las ciencias y las artes. Se tragó la totalidad de los rollos de la biblioteca de Alejandría. Se comió todas las despedidas dolorosas en las estaciones de tren, todas las cartas de amor, todos los corazones rotos. Engulló cada palabra, cada libro, cada esperanza. Y...
—Y también mi pintura... —Interrumpió el pintor.
—Sí, es cierto. ¡Ah!, creo que esa es la ironía más exquisita. Si pintas al organismo que decimos, estarás pintando la propia imposibilidad de tu retrato, harás una pintura que se come a sí misma, que te come a ti y a todos los que la miran.
Su conversación se interrumpió durante algunos minutos. En el siguiente tramo de tiempo, se dedicaron a terminar de fumar tranquilamente sus cigarrillos. Después, cuando la última colilla fue arrojada y pisada, el pintor comentó, con buen humor:
—¿Sabes?, conozco a un metafísico al que le dolería la cabeza si viera mi pintura.
El cuadro se expuso en una galería de la ciudad durante una lluviosa tarde de septiembre. Nadie en particular entendió lo que significaba la pintura, pero a un burgués le resultó atractiva la combinación de los colores, y la compró al precio de unas quinientas unidades, lo que, dado el valor del dinero en aquel país, le alcanzó al pintor para comprar dos hormas de queso y una botella de un muy buen vino tinto.


 

 
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