Tomemos nuevamente los prismáticos: se ha cansado de su
fracaso, o ha visto su error, o ha enloquecido: ¡ahora se lanza en
línea recta contra el muro de piedra como si quisiera saltarlo junto con
el cerco! Un instante después da media vuelta y desciende la colina,
rápido como el viento, hacia sus amigos, hacia la muerte. En seguida,
abarcando centenares de yardas a derecha e izquierda, impetuosas columnas de
humo aparecen tras el muro de piedra. En seguida el viento las disipa y antes de
que hayamos oído el crepitar de los fusiles, el jinete cae. No, vuelve a
incorporarse en su silla; se ha contentado con hacer plegar su caballo sobre las
patas de atrás. ¡De nuevo el caballo está sobre sus cuatro
patas, y ambos se alejan! Rompemos en formidables vítores que nos liberan
de la insoportable tensión de nuestros sentimientos. ¿Y el caballo
y su caballero? Sí, ambos se alejan. Se alejan de verdad. Vienen
directamente hacia nuestra izquierda, en línea paralela al muro que ahora
escupe sin tregua llama y fuego. Los fusiles crepitan de modo constante y ese
corazón valeroso sirve de blanco a cada bala.
De pronto, una gran sábana de humo se levanta
detrás del muro. Una y otra la suceden y suben antes de que alcance a
nuestros oídos el tronar de las explosiones y el zumbido de los
proyectiles que llegan y brincan hasta donde estamos, a través de nubes
de polvo, haciendo caer de vez en cuando a un hombre, causando una
distracción momentánea., suscitando un egoísta pensamiento
fugaz.