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Introducción

El Evangelio del Reino


El Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido (Lucas 19:10)
Estas palabras dan certeza a nuestra esperanza y abrigan nuestro corazón de gozo eterno; anuncian el final de nuestras aflicciones y son el bálsamo celestial que cura al alma atribulada: nuestro Mesías ha llegado.
Este solo versículo explica el extraordinario acontecimiento de la venida del Dios encarnado, su muerte expiatoria, su resurrección poderosa y su exaltación gloriosa. Afirma además solemnemente la irrefutable verdad del estado perdido de la humanidad y la abrumadora respuesta del Dios Eterno a este mundo pecador, respuesta que es la esperanza del impío: Dios le busca para salvarle. Este rescate es seguro porque descansa en la capacidad de Aquel que lo realiza: Jesucristo el Señor y Salvador, el Hijo del Dios Viviente.
Para aquellos que se reconocen como los “perdidos” de quienes habla Jesús, sin dudas es una gran noticia que alguien haya venido a buscarles y salvarles. Para todos ellos, la seguridad y gozo que esta verdad produce, reside en el conocimiento de la Persona que ha venido a realizar el rescate: el Hijo del hombre.
¿De qué le serviría a un naufrago que lucha por su vida en medio de la tempestad del mar encontrarse con otro naufrago que no tiene de donde sostenerse? No hallaría felicidad en esto, sino más bien en divisar en medio de las olas y las tinieblas, a un rescatista bien preparado viniendo resuelto hacia él. Cuán feliz sería cuando el salvador le abrace y sujete fuertemente al arnés que no solo le sostendrá a flote, sino que le rescatará de las aguas hacia lugar seguro, fuera del alcance de la muerte.
Así también, el evangelio es esperanza para el perdido cuando este puede “ver”, en medio de las tinieblas de su vida de pecado y de las tenebrosas olas que amenazan con hundirlo en los mares profundos del mal, al Dios encarnado viniendo osadamente hacia él para salvarle. Su esperanza se transformará en certeza de salvación cuando por la fe, vea a su Salvador avanzar con la mirada puesta en él, deshaciendo los lazos que lo unen a las tinieblas, sin que nada le pueda detener, sin que ningún poder ni fuerza le pueda hacer desistir, sin que ningún peligro le intimide.

 
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