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Prólogo


Hace cuarenta años que enseño y muchos más que estoy en algún tipo de aula. Las primeras clases que di fueron con alumnas del secundario (¡Tenía casi la misma edad que ellas!), después enseñé a chiquitos de primaria y seguí dando clases en secundaria, algunas clases de inglés, de música y teatro y después me dediqué a lo que hago actualmente: ocuparme de la actualización docente, estar con educadores, aprender de ellos y conectar historias entre escuelas. Pero mi pasión por esto que hago ahora, viene de mucho tiempo atrás.
En la escuela primaria, fui una alumna difícil. Todo era un misterio para mí. Volvía siempre a casa para sentarme con mamá, que me ayudaba, me hacía hacer ejercicios y me repetía una y mil veces las consignas y los problemas. Me llevaron al neurólogo y al psicopedagogo hasta que consiguieron un diagnóstico por escrito: “Victoria es completamente normal y tolera perfectamente la doble escolaridad”. No sé si fue eso o fue la convicción que tenía mi mamá de que yo podía lograrlo, pero de algún modo comencé a despertar.
Después de la primera comunión —más o menos en cuarto grado—, tuve algunas buenas maestras que me ayudaron a comprender. Me acompañaron a cruzar el puente entre mis pensamientos y lo que ocurría en el colegio. Empecé a escribir mejor, a tener la tarea al día, tenía más amigas y diría que disfrutaba de las ocho horas ahí adentro. Sí, ocho horas. Salía de mi casa a las siete y veinte de la mañana y regresaba a las cuatro y media de la tarde. En esos años me enteré de un concurso de arte para todo el colegio. Había que hacer un dibujo acerca del tema “La Argentina”. Yo tenía compañeras que dibujaban increíble… yo no era de esas, nadie me consideraba en ese grupo. En realidad no hacía nada demasiado bien ni destacado. Cuando supe del concurso, no le dije a nadie pero enseguida en mi mente se me ocurrieron dos dibujos.
Sé que suena tonto, pero siempre amé a mi país. Siento un orgullo inmenso de ser Argentina, me hace vibrar, me sale por los poros.
Así que el concurso era una gran ocasión para mostrarlo. Los rumié mientras iba y volvía en el ómnibus escolar durante varios días. Les di forma en mi cabeza. Leí bien las bases del concurso. Se podía presentar collage, dibujo a lápiz, con témpera, es decir con distintas técnicas. El dibujo tenía que ir en hoja Canson Nº 5 firmado con un seudónimo y tu nombre verdadero en un sobre cerrado. Me estoy viendo a la tarde en la mesa de tareas de casa haciendo los dos dibujos que había planeado. Finalmente presenté los dos. Uno era un collage de la playa de Mar del Plata. Había hecho cada sombrilla con tela pegada (retazos de tela cortados que había encontrado en casa). Le pegué arena de verdad (que recogí de una obra del barrio) y al fondo el mar y el cielo. No dibujé personas, por supuesto, carecía absolutamente de la técnica básica para poder hacer esto. Aún hoy soy absolutamente incapaz de dibujar un ser humano sin que parezca medio lobo, medio gorila, medio alien. El otro también lo dibujé primero clarito en mi mente. Tomé una hoja canson negra y con témpera blanca pinté la mitad de la hoja con varias manos hasta que quedó totalmente blanca. En la otra mitad, con lápiz blanco (el lápiz que siempre te quedaba entero en la caja porque nunca lo usabas) dibujé con regla un medio barco. Todo con regla. Medio, porque un barco entero hubiera sido imposible para mi nivel artístico. Lo titulé “Rompehielos llegando a la Antártida”.

 
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