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El señor Aubry, pensativo, no lo escuchaba ya.

Juan recuerda el miedo que sintió creyendo haber hablado demasiado.

-Señores -dijo el alcalde dirigiéndose a los miembros de la comisión, -hemos concluido; pueden ustedes retirarse. Voy a ocuparme de este niño.

Y cuando se quedó solo, con Juan, continuó sus interrogaciones.

-¿Te gusta trabajar de carpintero?

-¡Uf! ¿si me gusta?... el patrón es muy duro, cuando se emborracha pega fuerte.

Juan no ha olvidado aún la mirada llena de ternura con que el señor Aubry lo contempló durante largo tiempo, mirada penetrante y buena, que le dio valor.

-Ven acá, Juan Durand. Puesto, que el oficio de carpintero no te gusta ¿quieres que yo sea tu patrón?

-¿Usted?

-Sí, yo.

Juan recuerda que dijo con desenfado:

-Pero si usted es el señor alcalde, no puede ser mi patrón...

El señor Aubry se sonreía.

-Sí, Juan, yo puedo ser tu patrón. Tengo una gran fábrica de cristales, y muchos obreros. Tú ya tienes edad bastante para comprender lo que te voy a decir; escúchame con atención. Yo he sido, como tú, un pobre niño desgraciado. Como tú, yo he tenido hambre, he tenido frío. Como tú, yo encontré un hombre que me socorrió. Me enseñó a trabajar y a tener perseverancia y valor, y ahora soy un hombre rico, considerado. Voy a hacer lo mismo contigo; te enseñaré a trabajar, y si tienes perseverancia y energía también serás rico.

Así diciendo, lo tomó de la mano y marchó a hablar a la portera protectora del huérfano.

Un mundo de pensamientos confusos agitaba el cerebro de Juan, estupefacto. En aquella misma hora, se asombraba de su suerte inverosímil, y en su corazón rebosaba la gratitud por los inmensos beneficios recibidos. ¿Y para demostrar su reconocimiento iría a pedir a su bienhechor la mano de su hija? ¡No! sería odioso, grotesco. ¡No, jamás confiará su amor ni al señor Aubry ni a María Teresa! Cualquiera que sea el destino que le reserve el capricho o la fantasía de la que ama, se consagrará a ella, en recompensa de la noble acción de su padre, que educó al hijo del pueblo, al huérfano pobre, con un esmero igual al que dedicó para la educación de su propio hijo.

Reflexionando de esta manera, recordando el pasado, Juan llegaba ante su pabellón, situado al borde del Marne. Era un pequeño chalet de grandes ventanas y levantados techos de tejas rojizas.

María Teresa había sido casi su arquitecto, pues, cuando su construcción fue decidida, exigió que se copiase fielmente cierta casita pintoresca salida de la imaginación fantástica de Kate Greenway.

La noche huía, el día asomaba. El jardín dormido hasta hacía un momento, en el seno de las tinieblas, empezaba a revivir; por el cielo se extendía la argenuna aurora de una finura de tonos exquisitos; los pájaros piaban débilmente, lanzando intermitentes cantos.

El joven penetró en su casita en busca de un reposo que calmase la agitación de sus pensamientos.

 
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