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Otra vez estaba lloviendo

Hace dos semanas que el tiempo está horrible, pero anoche paró de llover como a las dos y media. A la mañana llovió de nuevo, pero poco, después paró, y ahora de vuelta.

Yo había aprendido a hacer cosas especiales cuando llovía.

También cuando llovía me acordaba del cuento que me contaba mi abuela sobre el viaje de las hormigas al colegio navegando en las hojas de los árboles por el agua de las cunetas. Ese cuento era infinito, muy creativa mi abuela. Yo siempre le pedía que me contara más, y ella siempre agregaba una aventura nueva como si tal cosa.

Los de la sandwichería estaban contentos, porque le llevaban el almuerzo a casi todas las oficinas de la cuadra. Con esta lluvia, quién quiere salir.

Hoy había comido, pero otros días prefería ahorrarme la plata.

Yo había aprendido a no comer por varios días.

La exportación sigue creciendo, por suerte, y tenemos mucho trabajo en la oficina. Tener trabajo es una bendición en estos tiempos. Hay que cuidarlo.

Cuando llego a la mañana nunca hay nadie; es una sensación de íntimo placer que me dura hasta las nueve y media. Mi parte del escritorio está casi siempre ordenada, porque a mi no me gusta dejar las cosas tiradas por ahí, en cambio Paulina tiene todo sucio y tirado. Yo siempre pongo el monitor medio de costado para que sus carpetas no se pasen de mi lado. Me da bronca; yo no sé si los supervisores se dan cuenta, pero con una persona así no se puede trabajar. Una vez me concentré y le hice saltar la taza de café sobre la blusa.

Yo había aprendido a hacer saltar algunas cosas.

Mi jefe siempre tenía cara de preocupado en esta época, pero cuando el negocio levantaba un poco, algo se relajaba.

 
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