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Capítulo I
Vorágine

 

Abrí mis ojos... Confusamente intentaba comprender qué estaba sucediendo a mi alrededor. Pude darme cuenta de que algo grave ocurría, aunque no podía entenderlo.
Sólo percibía murmullos que a borbotones me envolvían. En mi desconcierto creí distinguir rostros conocidos que me llamaban por mi nombre; sus voces hacían eco en mis oídos y denotaban preocupación, no era un sueño. Las imágenes, difusas, comenzaban a tomar forma frente a mí: sonidos que veía y visiones que escuchaba. Así de extraña me sentía, mientras la realidad se abría paso lentamente.
No sabía dónde estaba, solo atiné a balbucear palabras sin sentido. Me di cuenta, por el modo en que todos me miraban, que éstas palabras no eran coherentes. Quise asirme a la mano de una mujer que se encontraba arrodillada a mi lado hablándome y mi brazo no respondió a lo que yo ordenaba. En ese instante la desesperación se apoderó de mí, entonces con voz suave y firme, escuché que ella me decía:
—Tranquila querida, tranquila, vas a estar bien. —Sentí en sus palabras su propio miedo.
Poco a poco comencé a situarme, reconocí algunos compañeros de oficina y observé perturbada que me hallaba recostada en el suelo. Allí pude mirar desde una perspectiva distinta los muebles del lugar, que me parecieron más viejos y oscuros. La silla azul donde yo me sentaba a diario, estaba tumbada y la taza de café que acababa de servirme, derramaba su contenido sobre los papeles que debía entregar esa mañana.
Hice un esfuerzo inmenso por incorporarme, no podía permitir que se mancharan... ¡El trabajo de semanas estaba allí! Horas de disfrute postergadas, sueño y cansancio, días vividos a contra reloj.
“¡Por favor que alguien me ayude a juntar mis papeles —pensé, desesperada, pero las palabras no salían de mi boca—. Si nadie se da cuenta lo haré yo” —volví a pensar, intentando inútilmente incorporarme.
En una rebelión descontrolada noté que mi cuerpo, de manera obstinada, no respondía a mi mandato; mi mente le ordenaba que lo hiciera, y él seguía rígido e inerte a mis deseos. Lo que me estaba ocurriendo no era posible. ¡No lo era!
Durante mucho tiempo había trabajado con esmero para lograr ese puesto: Gerente de Cuentas de la empresa. Mis años de esfuerzo constante y de estudio aplicado estaban dando frutos para mí.
Me dedicaba a gestionar las relaciones de los clientes con eficiencia, desarrollando nuevos negocios con ellos. Me había convertido, de este modo, en una importante referente de la compañía, tratando siempre de brindar experiencias positivas de servicio al cliente. Comprendía sus necesidades individuales y gestionaba sus expectativas resolviéndolo todo con rapidez. ¿Mi objetivo? Ganar la repetición en el negocio. Superaba a mis colegas en la cantidad de ventas.
Entre otras cosas preparaba diversos informes que rodeaban la métrica del departamento de ventas: los resultados trimestrales de venta, las previsiones anuales e informes de estado de cuenta. Conocía a la perfección los programas informáticos. Mi preparación profesional, luego de cinco intensos años en la Universidad y una Maestría en Economía, sentaron la base de mi desempeño. Sumado a ello mis cualidades personales y una intensa vida social, fueron la combinación perfecta para sentir que comenzaba a lograr mis elevadas metas.
No tardé entonces en granjear la simpatía de mis colegas. ¿El secreto? Construir autoridad y poder sin que se notara. Saludaba y sonreía al obrero, al empleado, al recepcionista, pero sin efusiones demagógicas, con sencillez y belleza (arma fulminante desde la noche de los tiempos), lo cual me permitió ubicarme en un rol privilegiado. Este trabajo comenzó a insumir gran parte de mi tiempo. La eficiencia necesitaba de un accionar eficaz y rápidamente las presiones laborales me fueron asfixiando.
Ahora, sin entender el motivo, me encontraba vulnerablemente recostada en el piso de la oficina, siendo observada de manera preocupada por todos. Lo único que percibía era caer una lágrima por mi mejilla izquierda, mientras que el resto de mi cuerpo no emitía sensaciones; mi conciencia estaba presa queriendo con desesperación expresar lo que sentía.
Desde mi raciocinio lógico (que había sido el combustible de mis pensamientos todo este tiempo) trataba de analizar, descifrar e interpretar el origen del detonante de esa situación. Probablemente la falta de descanso, la urgencia y presión en los tiempos, la auto exigencia por la excelencia y las obligaciones familiares, serían el cóctel de este malestar. Mientras continuaba el torbellino de posibilidades que bullían y confundían a mi mente, mis compañeros de trabajo reaccionaban como su asombro y el susto se los permitía.
Alguien llamaba a una ambulancia. Un hombre, no supe quién era ya que no podía verle (aunque lo escuchaba), con su voz entrecortada, nervioso, trataba de explicar lo que nadie entendía.
—¡Necesitamos un doctor! ¡Es urgente! Estaba trabajando y cayó desvanecida —hablaba de mí y de lo que me había pasado—. No sabemos que le ocurrió... mujer... sí... joven... no... no padece ninguna enfermedad que conozcamos —respondía con agitación, tratando como todos de recibir urgente ayuda para mí. Por las respuestas que él estaba dando, podía imaginarme las preguntas. Miles de ideas giraban en mi cabeza. ¿Lo estaría soñando? ¡No podía ser verdad! Hablaban sobre mí, era yo quien estaba pasando esto. No, no, no... ¡Eso no era posible! —Creo que se golpeó al caer...no... No la movimos... correcto, no lo haremos... ¿Su nombre? Alondra... se llama Alondra...
Al escucharle sus palabras impactaron en mi mente como una velocísima flecha disparada con precisión. Tomé conciencia de que el destino me estaba jugando una mala pasada, muy mala, lo intuí. Respiré con dificultad y mientras se alejaban sus palabras... “Alondra... Alondra...” se hizo la oscuridad en mis ojos y la noche entró en mí.
Cuando desperté estaba acostada en una cama de hospital. Me percaté por lo que estaba viendo: ásperas y blancas sábanas me cubrían todo el cuerpo, solo mis brazos sobresalían a los costados. En el brazo izquierdo tenía colocado un suero intravenoso. Observé la bolsa que colgaba de un antiguo pie de hierro blanco, algo despintado en partes. La gota lenta y rítmicamente caía sin apuro por el tubo; con mi vista seguí su recorrido hasta ver como llegaba a mi brazo, allí culminaba cubierto de una gruesa y blanca cinta adhesiva. Sentí un raro ardor al fluir el líquido en mi vena, mientras tanto el aparato que controlaba mi frecuencia cardíaca retumbaba rítmicamente en mis oídos. Un fuerte olor a alcohol llenaba el ambiente. Pude ver unas siglas en la sábana superior escritas en color gris: H.C.
No podía mover mis miembros, pero raramente a mis sentidos los percibía agudizados. Todo el recinto transmitía una sensación de frialdad, a pesar de que el tiempo estaba cálido.
En ese momento se abrió la puerta y entró nervioso y apurado Carlos, mi esposo. Solo atiné a hacer una mueca escueta, me costaba sonreír y mis movimientos estaban limitados. Me sentí desorientada y cansada. Él besó mi frente compungido intentando, al acercarse, disimular la preocupación que sus ojos reflejaban. Al verlo me derrumbé como un castillo de naipes volteado por el viento. Las emociones habían plantado bandera en mí y al recibir su abrazo protector, mis ojos fueron nubes y descargaron llanto.
Durante el tiempo que llevábamos juntos yo nunca me había enfermado, no existiendo el hábito en Carlos de haberme visto tan frágil como una pequeña niña. Así me sentí en ese instante. Siempre había sido una mujer de sobrada energía y las tres únicas veces en que me vio internada, fueron para recibir a las pequeñas al nacer.—¿Cómo están las niñas? —pregunté, inquieta y con dificultad.
—Ellas están bien, no te preocupes ahora —respondió, tomando mi mano. Pude observar que sostenía la mía, más no sentí el roce con mi piel.
—¿Qué me sucedió Carlos? —le dije con temor, mirándolo a los ojos sin saber si en realidad quería una respuesta.
—Estás bien ahora y eso es lo que importa —respondió, sin dar detalles, aunque por la actitud que asumió supuse que estaba al tanto de muchas cosas.
La inquieta y regordeta enfermera que entró en ese momento, me saludó con una sonrisa amable mientras controlaba el goteo del suero.
—¿Cómo te sientes querida? —preguntó con amabilidad, mientras sacudía el termómetro y lo colocaba bajo mi axila.
—Extraña... —respondí, mirando la habitación en la que me encontraba.
—El doctor Kebbel vendrá pronto para verte —al decir eso acarició con suavidad mi cabello. Luego, retiró el termómetro, controló mi pulso, apretó la delgada manguera que transportaba el suero para ajustar el goteo, tomó nota y se marchó.

 
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