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Prólogo

Aunque me resulta bastante difícil dedicarle algún tiempo, me considero un aficionado a la pintura, aunque un poco chapucero. El género que he tratado de practicar es el de la figura humana, tal vez con énfasis en el retrato. En fin, cuantas veces he pensado en hacer una pintura de Jesús, siempre se me representa en la mente cuando, empuñando un látigo, echó a los mercaderes del templo de Jerusalén. Resulta un poco contradictorio que aquel, a quien tenemos como imagen de bondad, lo visualizo poseído por la ira y realmente alterado. Si lo pienso más detenidamente, me doy cuenta que la visión tiene realmente una justificación. Estoy seguro que, en la actualidad, la reacción de Jesús ante los trascendentales cambios que han sufrido sus enseñanzas sería de absoluta decepción y enojo.

Para comenzar, después de su muerte, los apóstoles estaban verdaderamente aterrorizados. No era para menos; las autoridades judías habían visto a Jesús como el cabecilla de un movimiento subversivo enemigo de la tradición hebrea que podía amenazar la monarquía de Herodes Antipas. Afortunadamente, se consiguió para eliminarlo el indispensable apoyo del gobernador romano Poncio Pilatos, quien de mala gana ordenó finalmente su muerte por crucifixión. Por lo tanto, no hubiera sido nada extraño que los judíos se mantuvieran vigilantes ante lo que podría ser un nuevo brote del movimiento iniciado por el Galileo.

Encerrados bajo llave, sin salir al exterior, discutían entre sí qué sería lo que iban a hacer. No faltaba quien quería renunciar y regresar a su antigua vida. Sin embargo, la aparición del espíritu de Jesús los convenció de la existencia de un Mundo Espiritual, existente dentro de ellos mismos, al que él había denominado El reino de Dios. Este convencimiento les dio nuevas fuerzas para lanzarse al mundo exterior a propagar las enseñanzas del Maestro. Aún en estas circunstancias surgieron discrepancias en cuanto a quienes deberían dirigir su misión. Para ellos, la nueva acepción de Dios y sus mandamientos estaba destinada exclusivamente para los judíos. No fue sino después de que Pablo de Tarso se integrara al pequeño grupo, que se admitió que la doctrina era universal y no elitista.

Los tiempos que vinieron a continuación representan la época cuando las enseñanzas de Jesús se practicaron en su esencia más pura. Aún así los mismos evangelios contenían discrepancias que se ignoraron intencionalmente aceptando como ciertas hasta verdades realmente opuestas.

A esos tiempos los sucedieron los años del más espantoso oscurantismo. La desaparición del Imperio Romano y la posterior invasión de los bárbaros hicieron retroceder la cultura que había alcanzado sus niveles más altos con la civilización griega y posteriormente la romana. Cabe mencionar también la cultura egipcia en su aspecto puramente espiritual (hasta nuestros días existen movimientos filosóficos, cuyo origen supuestamente se remonta al antiguo Egipto).

Aquellas enseñanzas que se caracterizaban por su sencillez y por su naturaleza esencialmente espiritual, se deformaron cada vez más. Se llegó al extremo de convertir la dirección suprema de la Iglesia en un puesto político que era altamente disputado y ambicionado por los nobles, fueran sacerdotes o no. Se agregaron, cada vez más, elementos rituales y se crearon dogmas y extraños conceptos (los sacramentos, por ejemplo) al "exprimir" y rebuscar nuevos significados en las líneas escritas en los Evangelios. Los papas eran reyes que ejercían un enorme poder al ser la autoridad suprema de todos los cristianos. Las creencias se hicieron, de tal manera, obligatorias que palabras o hechos insignificantes podían ser interpretados como herejía o brujería, es decir, de origen diabólico. El Santo Oficio y su brazo judicial los tribunales de la Santa Inquisición enviaron a la muerte en la hoguera a miles de supuestos herejes y practicantes de la "brujería".

A pesar de que en nuestros días esas horribles prácticas han desaparecido, quedan aún tantos resabios de aquellos tiempos que esa esencia de lo que predicó Jesús ha quedado perdida entre prácticas, creencias y rituales que no tienen ninguna relación con esa esencia.

Las religiones protestantes cristianas de la actualidad repasan hasta la última palabra el contenido del Antiguo y del Nuevo Testamento y le dicen a sus seguidores: "Esto es lo que tienes que creer" de acuerdo a la interpretación que cada una de esas agrupaciones quiera hacer de los textos. "No hay derecho a dudar; lo que no comprendas debes aceptarlo por la fe".

Sobre lo anterior trata este libro y sobre la búsqueda de respuestas a las innumerables dudas que surgen al observar el comportamiento de las llamadas religiones cristianas. No es un libro religioso. Quizá calificaría más bien como anti-religioso. El lector que llegue hasta sus últimas líneas será quien lo juzgue y clasifique. Podría decirse que no me considero cristiano, pero sí profundamente Jesusista, si se me permite acuñar el término. En este libro intentaré explicar el por qué.

 
 
 
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