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En una reunión general del Jockey Club, surgieron graves disentimientos entre varios socios, motivando la baja de unos cuarenta de ellos.

Los disidentes alquilaron un vasto local en el bulevar de la Magdalena y fundaron otro círculo que no tardó en prosperar por medio del juego, al que deben su prosperidad, generalmente, todas las sociedades recreativas.

Las condiciones de admisión eran menos rigurosas que en el jockey, la cuota algo inferior y, como es natural, en los comienzos eran tan escasos el lujo y las comodidades, que una noche, hablando con Tortoni alguien hubo de decir que aquello era un tabernucho.

La frase hizo fortuna y durante largo tiempo con este nombre fue designado el círculo de la Magdalena, lastimado el amor propio de sus aristocráticos socios. Sin embargo no era muy fácil ingresar en el círculo, pues fundadores ponían muchas dificultades a cada nueva admisión. De los más rigurosos en este extremo era el vicepresidente del tabernucho, el márques de Pont-d’Ajol, a quien familiarmente llamaban Tony sus amigos.

Era un hombre del gran mundo, descendiente de una antigua familia que contaba en sus anales a dos decapitados; uno por haber conspirado contra la integridad de Francia en favor de los españoles, el otro por haber fabricado moneda falsa.

A tan ilustres orígenes añadía el Marqués grandes méritos personales. Le vestía el mejor sastre parisiense, tiraba la espada como un maestro de armas y cocheros de oficio alababan su manera de conducir un break tirado por cuatro caballos; en una palabra, reunía todas las superioridades de un aristócrata educado a la moderna.

En lo físico, era todo un buen mozo, de arrogante presencia y rostro simpático, aun que carecía de expresión y representaba unos treinta años.

En cuanto a su intelectualidad, yo no aseguraría que hubiese hubiese conservado gran cosa de cuanto en el colegio se empañaron, sin duda, en enseñarle. Unicamente puedo decir que se le tenía en la sociedad por un personaje distinguido y de consideración, pues disfrutaba de grandes rentas. El antiguo administrador de su padre, que usaba coche desde la muerte de éste, aseguraba haberle dejado unos tres millones.

Una mañana serían las once y media, dormía el Marqués a pierna suelta, con la tranquila conciencia de un verdadero justo.

Se había retirado a las siete de la mañana, después de un baccará en que habla ganado unos veintiocho mil francos, teniendo banca abierta contra una docena de puntos, individuos de su círculo todos, y soñaba con un seis de oros que le habla dado por dos veces la suerte.

De pronto, y a pesar de sus órdenes, se vio arrancado de tan hermoso sueño por su ayuda de cámara, que le sacudía con fuerza para despertarle.

-¿Qué pasa? -gritó de muy mal humor. -¿Hay fuego en la cama, Bautista?

-Perdóneme el señor -repuso el criado, -pero la persona que aguarda insiste mucho en ser recibida, diciendo que se trata de una cuestión de honor...

Al oír esto, Tony se incorporó bruscamente, y frotándose con fuerza los ojos, hizo por recordar.

 
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