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-Cierto, ciertísimo -le contesté, convencido. -Pero también es cierto, ciertísimo -agregué atemorizado - que él está en el fondo de la casa, mirándonos a través de las paredes con sus ojos de ahorcado o de basilisco.

-Huyamos, entonces me propuso Nanela, echándose apresuradamente una mantilla de encajes sobre el cuervo de sus cabellos.

-Huyamos.

Y salimos del brazo, bajando juntos una recta y amplia escalera de mármol blanco, de la escasa altura que convenía a aquella casita de dos pisos.

-Yo subí por una escalera mucho más alta, obscura y le caracol -le dije a mi acompañada.

-Verdad -me aseguró Nanela. -Pero cuando se la baja, esa escalera es como mil veces más corta, y es cómoda y derecha.

Yo me alcé de hombros... ¿Qué tenía que ver eso conmigo?...

Recorrimos en silencio, siempre del brazo, unas callejuelas imposibles. Las casas, aunque rígidas e inmoles, hacíannos al pasar muecas y gestos, unas veces de paz y amor, otras de odio y cólera. Pululaban allí lechuzas, viejas y ánimas en pena.

-¿Has notado, Nanela -pregunté a mi amada - que en esta ciudad siempre es noche?

-Hay una razón para ella. Sus habitantes son todos noctámbulos.

No sé por que me hizo enormemente gracia, me hizo como cosquillas en el alma, la idea de que Tucker fuera, ¡al mismo tiempo! procurador y noctámbulo. Por no afligirle no hice notar esta coincidencia a Nanela... Quién en cambio dijo:

-Muy obscura está la noche.

 
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