Los tres jarros suben, chocan y se acuestan al mismo tiempo,
alguien aclara la garganta y los tres se felicitan por el trago.
—¿Y ése? —averigua Leandro cabeceando hacia su derecha, sobre
la parte final del mostrador—. ¿Bebe solo? Parece macho, el hombre, ¿verdad? Y
chupa tranquilo y cómodo, como si le diera el cuero...
—Parece ¿no?
—Tírele un jarro de caña y fíjese si lo agarra —ordena el
gigante—, porque si es macho y no le gusta nuestra invitación, se va a poner
ancho de gusto el hombre al tener que rechazarla...