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Le basta una mirada para entender lo que pasa, pero la causa que lo ha llevado a la pulpería es mucho más importante que la posible pobre muerte de un matador de vacas, entendiendo y sabiendo que basta su presencia para detener o postergar el cumplimiento de cualquier voluntad. Reconoce que ha vencido todas las crispaciones y agradece con un gesto.

Va hacia el mostrador, al pasar junto a Troncoso le brinda una amistosa palmada de comprensión, toma el jarro de la discordia, se pone de espaldas al mostrador, parece querer sonreír y brinda abarcando la presencia de todos con el movimiento de la mano que sostiene el jarro:

—¡A la salud de mis fieles amigos! —Y bebe.

—A su salud, señor —dice Leiva con sinceridad.

—¡Salud!

—¡Salud! —repiten Alem y Troncoso.

Cuitiño comienza a hablar como si estuviera en su cuartel: —Los amigos federales pueden escuchar, pero si alguien quiere salir, puede hacerlo, porque en esta ciudad, por sobre todas las cosas, nosotros haremos respetar las libertades personales de pobres y ricos, de blancos y negros. —Detiene los ¡Vivas! alzando la mano: tiene poco tiempo y quiere dar cumplimiento a lo que para él es lo único importante. Agrega a media voz hacia Troncoso que se pone a su lado, cuando Leiva enfila hacia la salida, sin escuchar, dueño de sí mismo, seguro de sus pasos, y todavía sin poder entender ese extraño aturdimiento que le dejó la sensación de pensar por un instante —cuando pudo hacerlo— que sería degollado:

 
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