—¿Y cuándo te enculás, Leandro? —pregunta Cardoso, agrandando
la admiración con el tono cortés de la pregunta.
—Cuando alguno de esos unitarios que todavía quedan, se anima a
mirarme fijo, antes de morir; cuando no reculan al sentir el fierro, o cuando de
puro miedo, nomás, te ofrecen el cogote como desafiando. ¿Desafiarme a mí?
—¿Te ponen el cogote, así como lo decís? ¿Así te corajeó Martín
Amarillas?
—Al traidor Amarillas le bandié el cuchillo y lo degollé
rapidito porque no chistó... Pero en el Norte, el asqueroso unitario Avellaneda
se encontró con un cagón que empezó a degollarlo con un cuchillo mal
afilado...
—¿Y...?
—Y el salvaje unitario le ordenó que le cortara el cuello de
una vez...
—¡Me lo iba a decir a mí! ¡Y encima ordenando!
—La pucha que dan trabajo esos perros —suelta Cardoso y empieza
a llenar los tres jarros por segunda vez.
—Al mío, métale más —grita el uniformado de gran talla.
Al cabeceo aprobatorio de Cardoso sigue la rápida caída del
oloroso líquido.