—¡Viva la Santa Federación! —Levanta el poncho y adelanta el
cuchillo con cuidado y suavidad de entendido.
Una voz oscura, dueña de un tono extrañamente personal y
seguro, contesta desde la entrada:
—¡Viva! —Es la voz de mando y autoridad más famosa en Buenos
Aires.
Cardoso retrocede: no esperaba esa visita. Alem, con tono casi
familiar, exclama con alegría:
—A sus órdenes, mi coronel.
Y la voz que parece venir de la calle vuelve a retumbar contra
la espalda de Troncoso ligeramente inclinado y detenido sobre el último amago
del salto.
—¿Qué hace usted ahí, Leiva?
El correntino contesta sin cambiar la posición de la cabeza y
sin pestañear, con todo el cuerpo en vilo hacia la amenazadora proximidad de
Troncoso:
—No sé, señor, no sé... me vienen a buscar, señor, aquí me
tiene, dándome a la autoridad...
Con dificultad, Troncoso se ablanda y mira hacia la entrada;
luego se vuelve con respeto, como corresponde al rango claramente anunciado por
el vigilante primero Leandro Alem.