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Capítulo I
Nicolás

Nicolás es un chico feliz, sumamente perceptivo, inteligente, intuitivo y sociable. Vive en la ciudad de Rosario. Es de esa clase de chicos que siempre se las ingenian para quedar bien parados ante cualquier situación. Cuando las cosas se le complican, su sonrisa cómplice y una mirada tímida y pícara a la vez lo hacen superar cualquier obstáculo.
Los primeros años de su vida, tanto en su familia como en el colegio, transcurrieron sin mayores sobresaltos. Desde chico evidenció rasgos de líder dentro de su grupo y una notable ascendencia sobre sus compañeros, circunstancia no buscada y de la cual renegaba.
Rosario es una de las ciudades más importantes de la Argentina. Situada a casi 300 kilómetros al noroeste de Buenos Aires, es una localidad portuaria, pujante, epicentro de una de las zonas agrícola-ganaderas más ricas del mundo. Se encuentra recostada sobre la vera del majestuoso río Paraná y tiene un poco más de un millón de habitantes.
Una mañana, bien temprano, se dirigió hacia su querido colegio Dante Alighieri para comenzar el primer año de la secundaria.
Estaba un poco nervioso, como en todo inicio de etapa escolar, y ansioso por ver a sus amigos. Al llegar, sus compañeros lo rodearon, sonrientes, felices por el reencuentro, y empezaron a contar lo que habían hecho durante sus vacaciones. Era toda una competencia por ver quién tenía la historia más interesante. En esa ronda de cuentos sorprendentes se mezclaban casi siempre verdades exageradas con el tinte imaginativo típico de chicos de trece años.
–¿Y vos, Nico, qué tal tus vacaciones? –inquirió Ignacio con tono desafiante esperando una respuesta que seguramente no iba a poder superar su exagerada historia, contada a gritos y con ademanes ampulosos.
–Todo tranquilo, fuimos otra vez a Cariló. ¡Uf! ¡Qué aburrido! Es lindo el lugar, pero no pasa nada –se quejó Nicolás.
–Pero algo interesante te habrá pasado… –insistió Ignacio con tono sobrador, sintiéndose el vencedor de la contienda de historias fabulosas.
–Humm… a ver… sí, algo pasó. No sé si es interesante, pero sí raro. Estábamos con mi familia paseando por el centro de Cariló, cuando escuché que alguien me llamaba –relataba con cara adusta–. Me di vuelta mirando para todos lados pero no había nadie conocido, solo un viejo sucio que me miraba extrañamente. Lo más raro es que solo yo había escuchado que me llamaban. ¡Nadie más! Cuando pasamos por al lado del viejo, me sonrío y dijo en voz baja: "Chau, Nico, que la Fuerza te acompañe". Yo no entendía nada. ¿Cómo sabía mi nombre? Me hizo acordar tanto a cuando el viejo Obi-Wan Kenobi buscaba a Luke Skywalker –dijo sonriendo ya que era muy fanático de la saga de Star Wars–. Mi mamá me dijo que seguramente había escuchado mi nombre cuando me retaron porque yo pedía a los gritos que me compraran la nueva camiseta del Barcelona. ¿Vieron qué buena que está?
Cariló es un pueblito de veraneo muy exclusivo, con playas anchas y ventosas, extensos bosques de pinos y casas muy lindas, por lo que la presencia de aquel linyera seguramente no podía pasar desapercibida.
–Al otro día –continuó relatando con voz tenebrosa y ceño fruncido–paseábamos con mi papá por las grandes dunas que hay en la playa, cuando vuelvo a escuchar esa voz, y… de nuevo veo al mismo viejo mirándonos. ¿Pueden creer?
–¿En serio? –exclamó Francisco con cara de susto.
–¡En serio! Pero eso no fue todo…
–¿No? –preguntó Nazareno, con tono tembloroso y dubitativo como no queriendo escuchar una respuesta.
–No, no fue todo. ¡Hay mucho más! Cuando volvíamos en auto para Rosario, al llegar a la entrada de la ciudad, mi papá paró en un semáforo y de repente escucho de nuevo "esa" voz. Yo esta vez no dije nada a mis padres porque me iban a tomar por loco, pero casi muero cuando veo que en esa esquina estaba el viejo de Cariló ¡mirándome!
–¡No! ¿Y entonces qué pasó? –preguntó Nazareno.
El resto de los amigos escuchaban el relato con una mezcla de incredulidad y miedo.
–Le dije a mi papá: "¡Mirá qué parecido al viejo de Cariló!". "Sí, es parecido, pero todos los linyeras se parecen", me contestó riéndose sin darle mayor trascendencia.
–¿Entonces qué pasó? –preguntó Nazareno, casi rogando.

 
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