|
Autor
|
Tema: Libro del desasosiego - Fernando Pessoa
|
Cornelius Miembro Senior Mensajes: 220 De:Barcelona, España Registrado: Dic 2001
|
enviado 22 Diciembre 2002 18:31
No se ha abierto aún (que yo sepa) ningún foro en El Aleph sobre esta obra de Fernando Pessoa. Hay quien considera que el portugués es el mayor poeta occidental del siglo XX. No es imposible que asi sea. Aunque el hecho de escribir desde el viejo y arrinconado Portugal, tal vez le haya restado influencia y páginas de literatura crítica en el marco cultural de nuestro continente. Pero Fernando Pessoa no fue sólo un gran poeta, también fue un ensayista notable. Creación original suya fueron los famosos heterónimos; o más que creación fueron un desdoblamiento, una consecuencia lógica (sobre su arte) de la universal multiplicidad del yo. Uno de los heterónimos con los que firmó su obra fue el de Bernardo Soares, tenedor de libros de la ciudad de Lisboa que, cada atardecer, tras regresar del trabajo a su cuarto bajo la llovizna lisboeta, vuelca sus impresiones más íntimas sobre las cuartillas que irán amontonándose a lo largo de la práctica totalidad de su vida. Esas cuartillas, debidamente reconstruidas por la posteridad conformarán una de las grandes obras de la humanidad: El Libro del desasosiego Sólo la muerte de Pessoa, en 1935, pondrá fin a esa obra fragmentaria, que recuerda los Cuadernos en octava de ese otro gran descifrador de la realidad que fue Franz Kafka. Bernardo Suares es tan sólo -según Pessoa-"una amputación de mi mismo." Pessoa (como Kafka) rozó la médula de las cosas. Su inteligencia levantó todos los velos y sudarios de este mundo. Pero sus escritos, que descifran el criptograma de la vida, son de una límpida transparencia que en ningún momento tuvo el autor checo, incansable soñador de alegorías e imágenes crípticas. El libro del desasosiego, la aventura intelectual de toda una vida, apareció por vez primera en 1982, a los casi 50 años de la muerte de su autor. En estas tardes finales del 2002, acaba de conocer una nueva versión castellana debida a Perfecto A. Cuadrado y que se suma a la de Angel Crespo, de 1983. Este foro esta dedicado a Pessoa y a su libro fragmentario, donde podemos encontrar maravillas como Pienso, a veces, con un deleite triste, que si un día, en un futuro al que yo ya no pertenezca, estas frases que escribo perduran como cosa de mérito, tendré por fin quienes me «comprendan», los míos, mi verdadera familia para en ella nacer y ser amado. Pero lejos de ir a nacer en ella, habré muerto mucho tiempo antes. Seré comprendido sólo en efigie, cuando el afecto ya no compense al muerto de la falta de afecto general que lo acompañó en vida. [Este mensaje ha sido editado por Cornelius (editado 23 Diciembre 2002).] IP: Archivada |
DELLWOOD Miembro Senior Mensajes: 2968 De: Registrado: May 2001
|
enviado 23 Diciembre 2002 05:00
Fernando Pessoa es el paradigma de la neuroris, herencia ,en parte, de su abuela paterna, Dionisia, y en parte del drama interno que supone perder un padre a los cinco años y su hermano a los seis, además de que un año después de enviudar, su madre ya está liada con el que será cónsul de Lisboa en Durban, Sudáfrica, lo que pudiera ser la causa del ataque de locura que sufre Dionisia, que acaba en el frenopático.Un año después, marchan todos para Durban...Pessoa tiene 10 años. Ya escribe poemas, domina a la perfección la lengua inglesa, es un muy buen alumno, vive la guerra de los Boers y nace el primer hijo de su neurosis, el primer heterónimo, Alexander Search...En 1905, regresa, solo, a Lisboa, donde poco a poco irá abandonando su formación literaria inglesa en favor de la portuguesa. Sólo tiene un amigo, Armando Teixeira Rebelo. Hasta aquí, las biografías de Pessoa y Kavafis convergen de una manera sorprendente, aunque Kavafis consiguió traspasar las MURALLAS y desatarse de los opresores prejuicios de la sociedad burguesa de principios de siglo. Pessoa no lo conoseguirá jamás. Muertes sucesivas de hermanas, advenimientos de dictaduras, huelgas de estudiantes, abandono de los estudios, recuerdos de infancia, su madre lejana, una represión secreta que lo oprime por todos lados...Pessoa cae en una depresión crónica por la que tiene que recibir cuidados psíquicos.Sigue publicando como Alexander Search y en inglés. En nombre de Alexander, firma un pacto con el diablo en el que se compromete a hacer el bien por el resto de la vida. Está arruinado, pero empieza a trabajar como redactor de cartas comerciales en inglés y funda una revista cuya filosofía de vida es la melancolía lisboeta, saudade.En 1913 empieza a escribir, con el heteronómino de Bernardo Soares, El Libro del Desasosiego, que no terminará jamás. Pura catarsis. Ya escribe ,en inglés, poemas eróticos, como el Antinous, cuyo título lo dice todo. Su madre, enferma de hemiplejía, acrecienta su estado depresivo, y como Isidore Duccasse,otro neurótico, constantemente cambia de domicilio. Sa carneiro se suciicda en París, y Pessoa queda completamente trastornado. En 1919 se autodescribe como histeroneurasténico. Al año siguiente, su madre e hijas regresan definitivamente a Portugal, lo que le crea un nuevo agravamiento de su depresión, que culmina con el abandono de una novia con la que es incapaz de seguir...En marzo del 1925 muere la madre, y en octubre Pessoa tiene una crisis psíquica por la que hay que hospitalizarlo. Murió joven, de un cólico hepático, sin duda producido por su continuada ingesta de alcohol a lo largo de su vida solitaria y grís. A su lado, además del doctor, no había nadie de su familia, sino un amigo, Francisco Gouveia . A su entierro asistieron unas 50 personas. En las vagas sombras de luz por terminar, antes que la tarde sea pronto noche, disfruto de errar sin pensar entre lo que la ciudad se vuelve, y ando como si nada tuviese remedio. Me agra da, más a la imaginación que a los sentidos, la tristeza dispersa que está conmigo. Vago, y hojeo en mí, sin leerlo, un libro in tersperso de imágenes rápidas, del que voy formándome indo lentemente una idea que nunca se completa. ...... Otra vida de la ciudad que anochece. Otra alma la de quien mira a la noche. Sigo inseguro y alegórico, irrealmente sintiente. Soy como una historia que alguien hubiese contado y, de tan bien contada, anduviese carnal, pero no mucho, en este mundo novela, en el principio de un capítulo: "En este momento, se podía ver a un hombre avanzar lentamente por la calle de..." ¿Qué tengo yo que ver con la vida?
------------------ DELLWOOD IP: Archivada |
Exidor Miembro Senior Mensajes: 1216 De:Buenos Aires, Argentina Registrado: Nov 99
|
enviado 23 Diciembre 2002 14:46
Me lo acabo de comprar este fin de semana, asi que sus comentarios me vienen muy bien. Leí unos anticipos en un diario de por acá y despertó inmediatamente mi interés. Había leído poemas suyos pero no sus ensayos. Estos fragmentos son fantásticos. Cuando lo termine les doy mi opinión.------------------ "Soy un viajero y un navegante, y cada dia descubro una nueva region de mi alma" K.Gibrán IP: Archivada |
nazgul Miembro Senior Mensajes: 2672 De:Cartagena,España,Unión Europea Registrado: Abr 2001
|
enviado 25 Diciembre 2002 15:38
este libro de Pessoa es fantástico... también les recomiendo, del mismo estilo, "El oficio de vivir", del poeta italiano Cesare Pavese...IP: Archivada |
nazgul Miembro Senior Mensajes: 2672 De:Cartagena,España,Unión Europea Registrado: Abr 2001
|
enviado 25 Diciembre 2002 15:41
y bueno, sí encontré un foro sobre este libro en el aleph, aunque muy antiguo y sin respuestas: http://www.elaleph.com/ubb/Forum2/HTML/000040.html IP: Archivada |
nazgul Miembro Senior Mensajes: 2672 De:Cartagena,España,Unión Europea Registrado: Abr 2001
|
enviado 25 Diciembre 2002 15:48
y sobre Pessoa en general hallé estos foros: http://www.elaleph.com/ubb/Forum2/HTML/000109.html http://www.elaleph.com/ubb/Forum2/HTML/000327.html http://www.elaleph.com/ubb/Forum2/HTML/000388.html http://www.elaleph.com/ubb/Forum2/HTML/000392.html IP: Archivada |
Cornelius Miembro Senior Mensajes: 220 De:Barcelona, España Registrado: Dic 2001
|
enviado 29 Diciembre 2002 15:49
Todo hombre de hoy, en quien la estatura moral y el relieve intelectual no sean los de un pigmeo o un rústico, ama, cuando ama, con amor romántico. El amor romántico es un producto extremo de siglos sobre siglos de influencia cristiana; y tanto en lo que respecta a su sustancia como en lo que respecta a la secuencia de su desarrollo, puede darse a conocer, inadvertidamente, como si fuera una vestimenta o traje que el alma o la imaginación fabrican para cubrir con él a las criaturas que pudieran aparecer y que el espíritu estime apropiadas.
Pero, como todo traje, éste tampoco es eterno; dura todo lo que dura y luego, bajo el ropaje del ideal que formamos y que se deshilacha, surge el cuerpo real de la persona humana que habíamos cubierto con él. El amor romántico, por lo tanto, es un camino de desilusión. Sólo no lo es cuando la desilusión, aceptada desde el principio, decide variar de ideal constantemente; entonces, en los talleres del alma, produce nuevas vestimentas, con las que constantemente pueda renovarse el aspecto de la criatura por ellos vestida. Os propongo que transcribamos textos del libro del desasosiego, los que más os hayan tocado. El texto anterior me recuerda esa otra idea de Pessoa (creo recordar que también del libro aqui tratado), según la cual todo amor o enamoramiento no es más que un ejercicio de narcisismo: asi, no nos enamoramos de una persona, sino de la idea que en nuestra imaginación nos hemos hecho de ella y de la que la persona en cuestión es únicamente soporte; por ello es a nosotros mismos a quien en realidad amamos. El amor se dirigiría siempre hacia nosotros, nunca hacia el exterior. IP: Archivada |
nazgul Miembro Senior Mensajes: 2672 De:Cartagena,España,Unión Europea Registrado: Abr 2001
|
enviado 03 Enero 2003 19:30
Libro del desasosiego (Fragmento I) Álvaro de Campos Nubes... Hoy tengo conciencia del cielo, pues hace días que no lo miro pero lo siento, viviendo en la ciudad y no en la naturaleza que la incluye. Nubes... Son ellas hoy la principal realidad, y me preocupan como si el velarse del cielo fuese uno de los grandes peligros de mi destino. Nubes... Pasan desde la barra hacia el Castillo, de Occidente a Oriente, en un tumulto disperso y desnudo, blanco a veces, se ven desarrapadas en la vanguardia de no sé qué; medio-negro otras, si, más lentas, tardan en ser barridas por el viento audible; negras de un blanco sucio, si, como si quisiesen quedarse, ennegrecen más de la venida que de la sombra lo que las calles abren de falso espacio entre las líneas cerradas de las casas. Nubes... Existo sin saberlo y moriré‚ sin quererlo. Soy el intervalo entre lo que soy y lo que no soy, entre el sueño y lo que la vida ha hecho de mí, la medida abstracta y carnal entre cosas que no son nada, siendo yo también nada. Nubes... ¡Qué desasosiego si siento, qué desconsuelo si pienso, qué inutilidad si quiero! Nubes... Están pasando siempre, unas muy grandes, pareciendo, porque las casas no dejan ver si son menos grandes de lo que parecen, que van a ocupar todo el cielo; otras de tamaño incierto, que pueden ser dos juntas o una que va a partirse en dos, sin sentido en el aire alto contra el cielo cansado; otras aún, pequeñas, que parecen juguetes de poderosas cosas, bolas irregulares de un juego absurdo, sólo hacia un lado, en un gran aislamiento, frías. Nubes... Me interrogo y me desconozco. Nada he hecho de útil ni haré de justificable. He gastado la parte de la vida que no perdí en interceptar confusamente cosa ninguna, haciendo versos en prosa a las sensaciones intransmisibles con que hago mío el universo desconocido. Estoy harto de mí, objetiva y subjetivamente. Estoy harto de todo, y del todo de todo. Nubes... Son todo, desarreglos de lo alto, cosas hoy sólo ellas reales entre la tierra nula y el cielo que no existe; harapos indescriptibles del tedio que les supongo; niebla condensada en amenazas de color ausente; algodones en rama sucios de un hospital sin paredes. Nubes... Son como yo, un pasar desfigurado entre el cielo y la tierra, al sabor de un impulso invisible, tronando o no tronando, alegrando blancas u obscureciendo negras, ficciones del intervalo y del error, lejos del ruido de la tierra y sin tener el silencio del cielo. Nubes... Siguen pasando, siguen siempre pasando, pasarán siempre siguiendo, en un enrollamiento discontinuo de madejas empañadas, en un alargamiento difuso de falso cielo deshecho. 15-9-1931.Libro del desasosiego (Fragmento II) Una de mis preocupaciones constantes es el comprender cómo es que otra gente existe, cómo es que hay almas que no sean la mía, conciencias extrañas a mi conciencia, que, por ser conciencia, me parece ser la única. Comprendo bien que el hombre que está delante de mí, y me habla con palabras iguales a las mías, y me ha hecho gestos que son como los que yo hago o podría hacer, sea de algún modo mi semejante. Lo mismo, sin embargo, me sucede con los grabados que sueño de las ilustraciones, con los personajes que veo de las novelas, con los personajes dramáticos que en el escenario pasan a través de los actores que los representan. Nadie, supongo, admite verdaderamente la existencia real de otra persona. Puede conceder que esa persona está viva, que siente y piense como él; pero habrá siempre un elemento anónimo de diferencia, una desventaja materializada. Hay figuras de tiempos idos, imágenes espíritus en libros, que son para nosotros realidades mayores que esas indiferencias encarnadas que hablan con nosotros por encima de los mostradores, o nos miran por casualidad en los tranvías, o nos rozan, transeúntes, en el acaso muerto de las calles. Los demás no son para nosotros más que paisaje y, casi siempre, paisaje invisible de calle conocida. Tengo por más mías, con mayor parentesco e intimidad, ciertas figuras que están escritas en los libros, ciertas imágenes que he conocido en estampas, que muchas personas, a las que llaman reales, que son de esa inutilidad metafísica llamada carne y hueso. Y "carne y hueso", en efecto, las describe bien: parecen cosas recortadas puestas en el exterior marmóreo de una carnicería, muertes que sangran como vidas, piernas y chuletas del Destino. No me avergüenzo de sentir así porque ya he visto que todos sienten así. Lo que parece haber de desprecio entre hombre y hombre, de indiferente que permite que se mate gente sin que se sienta que se mata, como entre los asesinos, o sin que se piense que se está matando, como entre los soldados, es que nadie presta la debida atención al hecho, parece que abstruso, de que los demás también son almas. Ciertos días, a ciertas horas, traídas mí por no sé qué brisa, abiertas a mí por el abrirse de no sé qué puerta, siento de repente que el tendero de la esquina es un ente espiritual, que el hortera, que en este momento se inclina a la puerta sobre el saco de patatas, es, verdaderamente, un alma capaz de sufrir. Cuando ayer me dijeron que el dependiente de la tabaquería se había suicidado, sentí una impresión de mentira. ¡Pobrecillo, también existía! Lo habíamos olvidado, todos nosotros, todos nosotros que le conocíamos del mismo modo que todos los que no le conocieron. Mañana le olvidaremos mejor. Pero que tenía alma, la tenía, para que se matase ¿Amores? ¿Angustias? Sin duda... Pero a mí, como a la humanidad entera, me queda sólo el recuerdo de una sonrisa tonta por encima de una chaqueta de mezclilla, sucia, y desigual en los hombros. Es cuanto me queda, a mí, de quien tanto sintió que se mató de sentir porque, en fin, de otra cosa no debe de matarse nadie... Pensé una vez, al comprarle cigarrillos, que se quedaría calvo pronto. Al final, no ha tenido tiempo de quedarse calvo. Es uno de los recuerdos que me quedan de él. ¿Qué otro me había de quedar si éste, después de todo, no es suyo, sino de un pensamiento mío? Tengo súbitamente la visión del cadáver, del ataúd en que le han metido, de la tumba, enteramente ajena, a la que tenían que haberle llevado. Y veo, de repente, que el dependiente de la tabaquería era, de cierta manera, chaqueta torcida y todo, la. humanidad entera. Ha sido tan sólo un momento. Hoy, ahora, claramente, como hombre que soy, él ha muerto. Nada más. Sí, los demás no existen... Es para mí para quien este ocaso remansa, pesadamente alado, sus colores neblinosos y duros. Para mí, bajo el ocaso, tiembla, sin que yo le vea correr, el río grande. Ha sido hecha para mí esta plaza abierta sobre el río cuya marea se acerca. ¿Ha sido enterrado hoy en la fosa común el dependiente de la tabaquería? No es para él el ocaso de hoy. Pero, de pensarlo, y sin que yo quiera, también ha dejado de ser para mí... 26-1-1932. Libro del desasosiego (Fragmento III) En las vagas sombras de luz por terminar antes que la tarde En las vagas sombras de luz por terminar antes que la tarde sea pronto noche, disfruto de errar sin pensar entre lo que la ciudad se vuelve, y ando como si nada tuviese remedio. Me agrada, más a la imaginación que a los sentidos, la tristeza dispersa que está conmigo. Vago, y hojeo en mí, sin leerlo, un libro intersperso de imágenes rápidas, del que voy formándome indolentemente una idea que nunca se completa. Hay quien lee con la misma rapidez con que mira, y concluye sin haberlo visto todo. Así saco del libro que se me hojea en el alma una historia vaga por contar, memorias de otro yo vagabundo, con avenidas de parques en medio, y figuras de seda varias, pasando, pasando. Indiscrimino con tedio y otro. Sigo, simultáneamente, por la calle, por la tarde y por la lectura soñada, y los caminos son verdaderamente recorridos. Emigro y descanso, como si estuviese a bordo con el navío ya en altamar. Súbitamente, los faroles muertos coinciden luces en las prolongaciones dobles de una calle larga y curva. Como un batacazo, mi tristeza aumenta. Es que se ha terminado el libro. Hay tan sólo, en la viscosidad aérea de la calle abstracta, un hilo exterior de sentimiento, como la baba del Destino idiota, goteando en la conciencia del alma. Otra vida de la ciudad que anochece. Otra alma la de quien mira a la noche. Sigo inseguro y alegórico, irrealmente sintiente. Soy como una historia que alguien hubiese contado y, de tan bien contada, anduviese carnal, pero no mucho, en este mundo novela, en el principio de un capítulo: "En este momento, se podía ver a un hombre avanzar lentamente por la calle de..." ¿Qué tengo yo que ver con la vida? 13-7-1931.
Libro del desasosiego (Fragmento IV) No creo en voz alta en la felicidad de los animales, sino cuando me apetece hablar de ella como marco de un sentimiento que es la suposición derivada. Para ser feliz es necesario saber que se es feliz. No hay felicidad en dormir sin sueños, sino solamente en despertarse sabiendo que se ha dormido sin sueños. La felicidad está fuera de la felicidad. No hay felicidad sino con conocimiento. Pero el conocimiento de la felicidad es infeliz; porque saberse feliz es conocerse pasando por la felicidad, y teniendo, en seguida, que dejarla atrás. Saber es matar, en la felicidad como en todo. No saber, sin embargo, es no existir. Sólo el absoluto de Hegel ha conseguido, en las páginas, ser dos cosas al mismo tiempo. El no-ser y el ser no se funden y confunden en las sensaciones y razones de la vida: se excluyen, mediante una síntesis al revés. ¿Qué hacer? Aislar el momento como una cosa y ser feliz ahora, en el momento en que se siente la felicidad, sin pensar más que en lo que se siente, excluyendo lo demás, excluyéndolo todo. Enjaular al pensamiento en la sensación, (...) la clara sonrisa maternal de la tierra plena, el esplendor cerrado de las tinieblas altas, (...) Es ésta mi creencia, esta tarde. Mañana por la mañana no será ésta, porque mañana por la mañana seré ya otro. ¿Qué creyente seré mañana? No lo sé, porque sería preciso estar allí para saberlo. Ni el Dios eterno en el que hoy creo la sabrá mañana ni hoy, porque hoy soy yo y mañana quizás ya no haya existido él nunca. IP: Archivada |
nazgul Miembro Senior Mensajes: 2672 De:Cartagena,España,Unión Europea Registrado: Abr 2001
|
enviado 03 Enero 2003 19:34
artículo aparecido esta semana en "Caballo verde", suplemento de letras y arte del diario "La Razón": Fragmentos del tedio
Pessoa no pudo dejar terminado este compendio de divagaciones y anotaciones de su diario -Por Toni MONTESINOS-
El baúl de Pessoa, fallecido en 1935 a los cuarenta y siete años, sigue abierto. El día antes de morir en un hospital de cirrosis hepática, escribiría en inglés quizá la frase más sincera de su vida, sin la excusa de ningún heterónimo: «No sé lo que el mañana me traerá.» No podría pensar otra cosa aquel que había escrito tantas páginas mediante voces inventadas y a lo largo de una vida gris de oficinista. Sin embargo, una honda confianza en su arte oculto le transmitió, quizá, la esperanza de que ese baúl no quedaría cerrado del todo; que se asomarían los poemas de Alberto Caeiro y sus discípulos Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Fernando Pessoa (ortónimo). Y también la prosa manuscrita que, desde que en 1960 Jorge de Sena iniciara su recuperación, es el mejor testimonio de su vida-obra aunque no le diera tiempo a pasarla a limpio y ordenarla: el «Livro do desassossego», cuya nueva edición portuguesa, a cargo de Richard Zenith, ha traducido Perfecto Cuadrado. «Compuesto por Bernardo Soares, ayudante de tenedor de libros en la ciudad de Lisboa», este inclasificable proyecto literario había sido concebido en 1912 y en él iba a trabajar Pessoa hasta su muerte, si bien con etapas llenas de dudas acerca de quién habría de firmarlo: primero el propio Pessoa, como hizo al publicar en 1913, en la revista «A Águia», el texto «En la floresta de la enajenación», y después Vicente Guedes, Barón de Teive, Bernardo Soares (personaje literario) y, en 1929, Bernardo Soares en calidad de semiheterónimo. Esta es la serie de seudónimos que detalló Ángel Crespo en sus «Estudios sobre Pessoa» (Bruguera, 1984), para concluir: «Es una obra ortónima paralela, en sus aspectos religiosos ¬y en los simbolistas y decadentes, en general¬ al Pessoa del «Cancioneiro», que es, por supuesto, el heterónimo más cercano al Pessoa ortónimo, por lo que Bernardo Soares no pasa de ser una máscara ¬muy transparente por lo demás¬ que Fernando Pessoa pone ante su rostro al escribir este diario íntimo». A Crespo, claro está, debemos la primera traducción del «Libro del desasosiego» (Seix Barral, 1984), organizada con variaciones a la original de Jacinto do Prado Coelho dos años antes, distribuida a su vez por «manchas temáticas» que, en el impecable volumen de El Acantilado, vuelven a ser mezcladas en busca de la versión más cercana a la soñada por Pessoa. En esta ocasión, al no disponer de una introducción que nos hable del proceso de reordenación, no sabemos qué tipo de manipulación ha habido para que, en contraste con la edición de Crespo, el primer texto se llame «Prefacio de Fernando Pessoa» y el resto «Autobiografía sin acontecimientos». El «desasosiego» de Crespo se componía de 520 fragmentos; ahora, disponemos de 481, a los que se añaden la sección «Los grandes fragmentos», casi cien páginas más de prosas tituladas, además de un pequeño apéndice con cartas y párrafos sueltos que confirman la pretensión pessoana de tratar el tedio. Al contrario de lo que pasó aquel «día triunfal» de 1914 en que nació el «drama em gente», Soares fue creado a posteriori, podríamos decir, debido a la intermitencia de los escritos fragmentarios que obligaban a Pessoa a «otrarse» (el neologismo es, por supuesto, suyo), pues creía que esa función resultaba más compleja en prosa que en verso. Pero al fin lo consiguió e, incluso, en una carta de 1935 a Adolfo Casais Monteiro, llegó a describir a Soares de una forma ya célebre: «Soy yo menos el raciocinio y la afectividad.» Siempre, en Pessoa, la ambigüedad proyecta una vida plural: «Soares no es el otro de Pessoa, ni tampoco es Pessoa: es la nada que Pessoa descubre en sí mismo cuando deja de fingir», afirma Robert Bréchon en la biografía «Extraño extranjero» (Alianza, 1999). En la oficina de la calle Doradores, en la Baixa lisboeta, los pensamientos sobre el jefe Vasques, el contable Moreira, el cajero Borges o el chico de los recados conformarán «un escenario minimalista, pero suficiente, para que en él tengan lugar los grandes accidentes del espíritu». Así lo explica Juan Insúa, comisario de «Las Lisboas de Pessoa» (CCCB, 1997), quien destaca el triple tono de desaliento, indiferencia y artificio que resume la sed de nada, el hambre de todo, de Pessoa: «En mi corazón hay una paz de angustia, y mi sosiego está hecho de resignación».
IP: Archivada |