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32. Corregir no es diván ni censura

Antes de seguir, he aquí un par de aclaraciones insolentes.

Básicamente, existen tres perfiles de coordinador de taller literario:

1. El Sigmund Fraude.

2. El Adolfito de Bolsillo.

3. El Guía de Ruta.

1. De temperamento científico, Sigmund Fraude prefiere usar un diván en lugar de escritorio. No le gusta -o no sabe- arremangarse frente a los problemas puntuales del texto: prefiere matar el tiempo "analizando" todo lo que llevan los talleristas. Y tampoco escudriña, al menos, desde el lugar del escritor, sino desde una mirada que pretende ser introspectiva y retrospectiva: descubre, por ejemplo, que detrás de la palabra "abismo" se esconde la fijación anal del tallerista, o que en tal o cual tormenta lo que en realidad cae es semen caliente y no helada agua de lluvia como habíamos escrito nosotros. Superficial y permisivo, desconoce aquel viejo axioma del psicoanálisis: "interpretación fuera de contexto es agresión". Se hace sus buenos pesitos a costa de la ilusión ajena: como jamás subraya ni tacha ni nada, Sigmund Fraude gana fama de democrático, y así se la pasa bomba concediendo "permisos especiales" a la hora de crear, o proponiendo su latiguillo eterno: "Interesante& Volvélo a mirar en casa&".

2. Especie en extinción -porque merma el stock de masoquistas y la gente lo abandona más temprano que tarde- Adolfito de Bolsillo se va a la otra punta y tacha todo. Tacha, rompe, denigra. Ni siquiera lo hace porque cree que "la letra con sangre entra" sino por satisfacer su afán de manipulación. Lo peor del asunto es que jamás explica por qué tachó. A veces -no es estúpido- también alaba. Pero, en tal caso, tampoco explica el motivo del elogio. Y si hay algo que odia es ver progresar en el mundo de la cultura a sus ex talleristas: es envidioso. Esconde su desamor por la poesía detrás de una bibliografía inextricable. Es un bicho malsano, que intenta disfrazar su impotencia creativa y su fracaso con la máscara del "rigor intelectual". No le gusta que la gente tenga estilo propio: todo lo que no se parece a lo que él escribe -si es que escribe- es digno de reprobación. ¡Y guay de quien ose contradecirlo o se atreva a pedirle alguna puntualización que justifique el desembolso de la cuota!

3. En las antípodas de los dos anteriores, Guía de Ruta entiende la literatura como un camino de conocimiento. Sabe que no se las sabe todas. No promete varas mágicas. Prefiere el terreno de la duda al del "dejar hacer". Corrige lapicera en mano y predica con el ejemplo: suele ser un escritor tenaz, e inculca esa perseverancia en los talleristas. Entiende que sería una falta de respeto -y un robo- no decir las cosas como son: si tiene que criticar duro, lo hace con amor y verdad. No puede fingir orgasmos. Cada vez que abre la boca se nota que sabe de qué está hablando. Nunca se mete en el qué del poeta sino en el cómo (si escarba en el qué es porque entiende que su intervención puede aliviar el bloqueo creativo del tallerista). Su alegría por ayudar es contagiosa. A los tres meses de estar trabajando con Guía de Ruta, los cambios empiezan a notarse: sencillamente, el poeta preocupado por aprender su oficio siente que está escribiendo mejor que cuando entró.

Podría contarles mil anécdotas protagonizadas por estos tres tipos de coordinador, pero les referiré solamente una: Josefina Tallerista fue un día a ver a Adolfito de Bolsillo con un poema paródico bajo el brazo. Adolfito leyó el poema en voz alta y delante de todos le disparó a Josefina: "M'ijita, esto es parodia, y para hacer parodia hay que saber mucho". Y después no dijo qué había que saber, ni por qué el poema estaba tan espantoso: se limitó a agarrar un marcador y a cruzar el texto con saña ante la incredulidad de Josefina, quien se levantó y corrió a la puerta para que nadie la viera llorar.

De todas maneras, no seamos tan extremistas: a decir verdad, todos los coordinadores tenemos algo de cada uno de los tres.

Ahora, eso sí: hay proporciones y proporciones&

 

Este texto es un fragmento de Hacer el verso. Apuntes, ejemplos y prácticas para escribir poesía. Marcelo di Marco, Buenos Aires, Sudamericana, 1999.

 


 

 
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