El inconsciente es
sorprendente, y no deja de maravillar. Anabella Squiripa lo pone de manifiesto
en cada párrafo, con cada personaje y hasta en esa manera que tiene de elegir
citas: "Sólo los superficiales llegan a conocerse a sí mismos”, dicen que dijo
Oscar Wilde, y ella asegura desconocer quién es en realidad, a qué ha
venido a este mundo y cómo obra la sincronicidad de Jung en su vida, en
su persona, en su obra y haber caído en la paradoja de la retratista que no
logra reconocer su propio rostro.
Se reconoce parte de una
alienada generación, marcada por las aberraciones que produce la industria
cultural. Nacida a finales de setiembre de 1982 en el barrio porteño de Flores
–sigue viviendo allí–, la educación oficial no pudo matar esa tendencia que todo
niño tiene por las artes plásticas, la música y la literatura. Ingresó en un
taller de dibujo y pintura en 1998 y desde entonces participó en diferentes
exhibiciones de arte. En su walkman escuchaba a Purcell, leía y pintaba mientras
sus compañeras discutían acerca de a cuál boliche asistir el fin de semana.
Cuando cumplió quince años, pidió que le regalaran obras de Rimbaud, Aldus
Huxley y García Lorca.
Admite ser mejor cinéfila
y melómana que lectora, aunque nos permitimos ponerlo en duda, porque detrás de
toda persona que escribe con propiedad y amontona palabras con cierta dosis de
talento, se esconde un voraz lector. En 1999 escribió su primera novela corta,
que no editó, pero le sirvió para conocer a Fernando J. Montiel, el
irónico, terco, cobarde y malhablado escritor sevillano que escapa de la Guerra
Civil Española y en París conoce a Scarlett, una bella joven que se gana
la vida pintando retratos.
Desde
el 2003 Anabella Squiripa estudia la Licenciatura en Artes en la Facultad
de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y colabora en una
revista de interés general junto a otros estudiantes universitarios, repartiendo
el poco tiempo libre que le queda entre sus estudios y sus proyectos
artísticos.