De un pequeño orificio cuadrado en la parte posterior de la camioneta asoma un tubo angosto. El tubo salta y se produce un crujido, luego un estruendo y luego un eco desde las casas en las calles Rochester y Anderson, la esquina donde yo vivo. El hombre que acababa de tomarse una reconfortante taza de café, cae de frente sobre su auto y luego rebota sobre el piso helado del estacionamiento. Ni sus brazos, ni sus piernas, ni su cabeza parecen pertenecerle más. Se desgonza como una muñeca de trapo.