Son chicos. Están en la edad del asombro. Todo les interesa: la vida y la muerte, el espacio y el tiempo, el cielo y la tierra. Y con una pregunta, una ocurrencia o una salida nos ponen en jaque. Porque pertenecemos al mundo de los grandes, y somos seguros perdedores en el ajedrez de ese asombro que olvidamos.
Yo no inventé ningún capítulo de este libro. Todo sucedió. Me sucedió a mi con mis hijos. A mis amigos y amigas con sus hijos. Cuento lo que me contaron. Creo en lo que me contaron. Creo en los chicos. Creo en sus verdades y en sus fabulaciones. Creo que la inocencia es sinónimo de sabiduría.