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El subdito de  Heinrich Mann  

El subdito
de Heinrich Mann


ediciones 
Jacobo Peuser

Edición: 1946
Tomos: 1
ISBN: no tiene
Medidas: 15 x 22,1 cm
Estado: Muy Bueno
Género: Clásicos
Peso: 780 gramos

 
Comentario del libro Reseña del libro
 
Libro Usado Castellano
Formato libro
impreso
 
395 Pág.
U$S 74.89
C O M P R A R
* Los importes están expresados en dólares estadounidenses.
Política de Devoluciones.
 

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Descripción del libro usado "El subdito"


La novela El Súbdito fue escrita entre los años 1912 y 1914. Los primeros apuntes datan de 1906; ya por entonces se iban desarrollando, hasta cobrar rasgos de deslumbrante parodia, las características tipológicas del alemán imperialista. ¿Qué parodiaba? Aquel tipo de alemán, que no es invención del autor de esta historia de su vida, parodiaba el orgullo patrio y la conciencia de su propia masculinidad. Parodiaba la fuerza temible del poder, la máscara amenazadora que revestía en la vida de la política y de los negocios, por todas partes; parodiaba el ansia de poderío mundial. Careciendo como carecía de propia responsabilidad y de iniciativa en los asuntos de su país, el tipo del súbdito parodiaba, aunque parezca mentira, el Poder. Y parodiaba también el realismo, reacio a conceder atención a nada que no pudiera tocarse con las manos ni derrumbarse con los cañones; alardeaba de su desprecio por lo intangible, por todo aquello que vive en el mundo de su espíritu, de su desdén hacia la idea, eterna vencedora de todas las realidades. Y así, el tipo del súbdito llegaba a parodiar la barbarie; no le importaba nada la larga tradición espiritual que, como alemán y como europeo, llevaba en el fondo de su ser; esa tradición quedaba enterrada bajo las ansias del bárbaro hambriento de dominio.
Juzgando por las apariencias, su fracaso y el de su imperio se debieron a una torpe política; pero no, fracasó y tenía que fracasar porque era falso, concebido como tipo de hombre.
Cuando, años más tarde, los acontecimientos se encargaron de confirmar la novela del súbdito y ésta pudo por fin ver la luz pública, el súbdito pareció recobrar el conocimiento. Por lo menos, se plantó en seco en su carrera, y, por un momento, pudieron concebirse esperanzas respecto a su enmienda, ya que no conversión.
Por aquellos días pudo leer él ya su novela, la primera edición de este Súbdito, en grandes tiradas... Hace de esto diez años justos. Esta nueva edición la leerán ya otros hombres, pero estos hombres carecen en su mayor parte de conciencia histórica. La memoria de la mayoría de ellos no se remonta, de seguro, más allá de los seis últimos meses. Cosa muy comprensible, por otra parte, pues el presente acarrea, para ellos, se les alcancen las importantes enseñanzas que encierran los ejemplos del pasado. Ni que puedan reconocer todo lo que aun perdura en ellos de la herencia del antiguo súbdito, y los peligros, todavía vivos, que les acechan.
De todos modos, yo me conformaría con que este libro, ya que no puede transformar a la vieja generación, tuviese cuando menos, la virtud de ilustrar a una generación nueva.
También en una República se puede ser verdadero súbdito. Para serlo, no hace falta precisamente venerar ni remedar a un soberano. Basta con reverenciar y dejar que obre por uno otro Poder, cualquiera que sea, acaso el del dinero. Con doblegarse a su voluntad, como a los dictados del destino, sin hacer nada eficaz para evitar, ya que otra cosa no sea, lo peor, la próxima guerra. Aun nos preocupa menos el hacer leyes más justas, no el problema de la justicia social, ni el de la justicia en términos generales. El súbdito sigue ostentando la marca de siempre: su renuncia a la propia responsabilidad. No le importa hacer intervenir a su conciencia en la marcha de los sucesos. Los deja desarrollarse con un griterío de júbilo, como el súbdito de otros tiempos, o indiferente y sumiso, como la mayor parte de los súbditos de hoy. Mala señal; tenemos todavía mucho que aprender.
En estos diez años últimos hemos aprendido bastante. Hemos aprendido a no cuadrarnos, a dudar de las cosas y a juzgar un poco de ellas por nuestra cuenta. Y si todavía no sabemos defendernos como es debido, sabemos, al menos, aproximadamente, quién es el que abusa de sus poderes sobre nosotros. No nos regocijaremos ya tan fácilmente cuando veamos cernirse sobre nosotros alguna catástrofe. No sentimos tampoco el menor deseo de vernos otra vez bajo la férula del poder descarado, de ese poder que viste uniforme. Pero hay poderes no uniformados, que son más pérfidos que los otros y tan crueles como pérfido. Poderes que saben adónde van y lo que quieren. Sujetos como todos estamos a las mediatizaciones económicas de estos poderes, tendemos con harta facilidad a reputarlos fatales y necesarios, y abrazamos sin rechistar la pavorosa senda que nos trazan. Todavía tenemos que aguzar mucho nuestro sentido de la responsabilidad. Todavía tenemos que conceder mucha más atención de la que hoy concedemos a nuestra seguridad y a nuestra dignidad humana, a nuestro orgullo viril.
Prólogo: Heinrich Mann - Berlín, febrero 1929.

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