En 1938 se acababa de instalar, en el pabellón de física de la Universidad de Harvard, un laboratorio especialmente equipado para el registro de sonidos inaudibles. Hacia él se dirigió el joven Donald R. Griffin con una jaula de murciélagos, y en esa oportunidad le fue posible escuchar, por primera vez, los agudos gritos que emiten esos animales. Valiéndose de los ecos de sus gritos, los murciélagos pueden volar a oscuras, sorteando obstáculos invisibles. Ecos de murciélagos y hombres muestra cómo el estudio de los murciélagos y de otros animales juntamente con los avances del radar electrónico y del sonar, contribuyen al desarrollo de la física.