Paul Cézanne no sintió esa curiosidad por los países extranjeros que trajo a Manet a España, que llevó a Degas a Nueva Orleans, Renoir a Argelia y Sicilia, Pissarro a Inglaterra, Monet a Holanda, Italia, Escandinavia e Inglaterra, y que atrajo a Gauguin hacia los trópicos. A pesar de que tuvo medios para viajar, Cézanne no fué nunca a Bélgica para ver las telas de Rubens, que tanto amaba, y tampoco visitó Italia, a pesar de su admiración por los maestros venecianos. Los pocos viajes que hizo, aparte de sus desplazamientos alrededor de París, Cézanne los emprendió para cuidarse en Vichy, o para complacer a su esposa, cuando ésta deseaba pasar el verano junto al lago de Annecy, desde donde escribía a un amigo y compatriota provenzal: "Esto no vale lo que nuestro país, aunque, a decir verdad, esté bien. Pero cuando uno ha nacido allá, está listo; ya nada le gusta".
El libro incluye 15 láminas.
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