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Centella de  James Oliver Curwood  

Centella
de James Oliver Curwood


ediciones 
Juventud

Edición: Primera Edición - 1929
Tomos: 1
ISBN: no tiene
Medidas: 11,9 x 18,3 cm
Estado: Bueno
Género: Novela - Romántica
Peso: 230 gramos

 
Comentario del libro Reseña del libro
 
Libro Usado Castellano
Formato libro
impreso
 
280 Pág.
U$S 101.11
C O M P R A R
* Los importes están expresados en dólares estadounidenses.
Política de Devoluciones.
 

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Descripción del libro usado "Centella"


Fragmento de la obra: Pisew era un lince viejo, y en sus largos años de vida había escapado a una infinidad de peligros. Conocía el olor y las estratagemas de los hombres, y cuando en la noche obscura llegó hasta el lugar en donde Rouget le había preparado el lazo, el perfume de los sedosos cabellos le hizo detenerse inmediatamente. Era un perfume que el hombre encontraba divino, más divino y exquisito que el de las flores silvestres, pero que a Pisew le pareció entrañar una amenaza de muerte. Retrocedió ante el peligro, yendo a buscar otro paso para llegar a su escondrijo entre la leña.

Aquella noche pudo colarse a través de pasajes más estrechos, porque estaba más delgado que la noche anterior. Su hambre no era ya hambre, era bulimia, era locura. Sus patas se movieron impacientes debajo de los troncos protectores, hasta que sopló una ráfaga de viento que llevó hasta su hocico el olor de Firefly. Durante media hora permaneció agazapado con el vientre tocando al suelo, y después, paso a paso y con todas las precauciones posibles, fue acercándose lentamente a sus enemigos. El hambre le infundió valor. No tenía miedo de Centella, ni lo hubiera tenido de media docena de lobos. Con sus largas y afiladas uñas había abierto en canal a multitud de renos. No tenía más que dos años de edad cuando mató por primera vez a un lobo. Era un verdadero gigante dentro de la especie y tenía un hambre loca.

Centella no percibió el olor de Pisew porque el viento soplaba en dirección contraria; pero al poco rato de haberse acercado a él el lince, percibió sus ojos verdosos y brillantes en la obscuridad. Si Pisew hubiera razonado un poco, habría cerrado los ojos, no abriéndolos hasta el momento mismo de dar el salto decisivo. Del hecho de que los ojos de Centella fueran brillantes, no infirió él que los suyos también tuviesen que resultar visibles en la obscuridad, y así no sospechó que le hubiesen descubierto. Para él no había mejor garantía de encubrimiento que el hecho de que la obscuridad fuera total y el viento soplara en un sentido que él consideraba favorable.

Centella no hizo ningún esfuerzo para evitar la proximidad de lo que él presentía había de ser terrible tragedia. Los aullidos de temor que exhaló Firefly, cuando también ella vio los ojos relucientes que se le aproximaban, añadieron valor a Centella, pues de nuevo volvió él a sentir el deseo de batirse en defensa de su compañera. Aguardó a Pisew sin moverse; Firefly, en cambio, retrocedió un poco. Desde su cobijo, Gastón y Juana sondearon con los ojos la obscuridad y escucharon atentos, despiertos, vigilantes. También ellos habían visto el movimiento de los ojos brillantes, y en voz baja el hombre había explicado a la mujer lo que iba a ocurrir, y el beneficio que ellos iban a sacar de la lucha que se preparaba. Porque alguno de los animales había de quedar muerto y ellos se apoderarían del cadáver, alimentándose con él los días que tuvieran que permanecer en aquella isla de troncos.

La sangre les circuló más rápidamente por las venas cuando oyeron el ruido del primer encuentro. La mujer se ocupó en tapar los oídos a Juanita, a fin de evitar a la niña el susto consiguiente a un despertar provocado por aullidos y fragor de lucha. Ni siquiera los ojos de Firefly pudieron distinguir lo que sucedía durante el combate. Centella, en vez de aguardar el ataque de Pisew, arremetió el primero contra el lince cuando éste estuvo a tres metros de distancia. Tan rápida fue la acometida, que Pisew tuvo apenas tiempo para ponerse patas arriba, en la posición favorita de los linces en el combate. La lucha se prolongó, truculenta, durante dos o tres minutos, al cabo de los cuales Firefly sintió en sus venas el impulso combativo de los perros escoceses. Comprendió que Centella, su compañero, estaba luchando por ella, y que ella no podía, no debía permanecer neutral en la contienda. Animada por estos sentimientos, se lanzó como un diablo en la refriega. Sus dientes cortaban todavía más que los de Centella, aun cuando no eran tan agudos. Del primer mordisco que dio, dejó desriñonado a Pisew. Sus dientes se clavaban con rabia en el felino, cortándole y rasgándole la piel y la carne. Las tarascadas menudeaban, y en aquellos instantes supremos, del mismo modo que Centella había salvado a Firefly librándola de Wapusk, Firefly salvó a Centella librándole de Pisew. Porque Centella luchaba, en aquella ocasión, a obscuras, con un enemigo cuyas estratagemas y tácticas de combate le eran completamente desconocidas. Con multitud de heridas, roto y desgarrado el cuerpo casi hasta las entrañas, la valiosa ayuda de Firefly permitió a Centella dar a Pisew la definitiva tarascada al cuello. Un par de minutos más y el temible lince yacía sin vida en el suelo.

Avanzó el hombre en la oscuridad, con la cachiporra en la mano, y Centella y Firefly abandonaron su presa para irse a retirar al otro lado de la almadía, donde durante mucho rato Firefly lamió delicadamente las heridas de su compañero.

Al amanecer, la mujer de la sedosa cabellera se aproximó algo, no demasiado, a las bestias, ofreciéndoles piltrafas de carne cruda que únicamente Firefly comió. Y el hombre, después de santiguarse devotamente, juró que por nada del mundo volvería a molestar a las dos bestias que quedaban, porque era evidente que ellas habían sido colocadas allí por Dios, para que él pudiera alimentar a su mujer y su hija con la carne que le habían proporcionado.

Al segundo día de muerto el lince, también Centella probó las piltrafas que las manos de la mujer le arrojaban, y durante tres días más la carne de Pisew se dividió equitativamente entre los humanos y las bestias. Al séptimo día, Centella y Firefly ganaron nadando la orilla, y el hombre y la mujer los vieron marchar mientras Gastón explicaba a su esperanzada esposa que al día siguiente también ellos podrían abandonar aquella prisión, porque las aguas habían descendido mucho y continuaban descendiendo muy de prisa.

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