Fin


Primera página : La fuerza del Taller

Martes 15 de Abril de 2008
La fuerza del Taller

Leí en la nota que Miguel Sardegna escribió para la Revista Axolotl: ?[Taller de corte y corrección de Marcelo di Marco]... trata de consejos, prácticas y ejemplos para escribir y pulir nuestro estilo...?. Más adelante, Miguel dice: ?[...] nos enseña a arremangarnos y a no tenerle miedo a que la tinta nos salpique la cara... el corte y la corrección no son meros juegos retóricos sino una verdad empírica...?. Pensé: todo eso me pasó a mí.

Y sentí el impulso de escribir esta nota para mostrar los cambios que TCyC provocó en mi forma de escribir.

Había escrito una novela que pretendía presentar a un concurso. Busqué un libro que me ayudara a confirmar la ?obra maestra? que tenía entre manos y, gracias a Dios, encontré Taller de corte y corrección. Y me convencí que, la supuesta novela, ni siquiera principiaba.

Contacté a Marcelo allá por el 2000. Necesitaba ayuda. Y me fui con mis ilusiones al taller de los jueves a las 21 horas.

Con el tiempo, aprendí a escribir cuentos. Aprendí a detectar una estructura sólida, a dominar el punto de vista, a manejar la variación ?estilo directo, indirecto, indirecto libre, diálogos?, a narrar hechos y no ideas. ¿Y, qué es todo esto? Ni más ni menos que la columna fundamental de la narración.

Más tarde, escribí la novela Razones de un homicidio.

Casi dos años y medio duró su corrección. Casi dos años y medio de continuo aprendizaje: todos los viernes, la paciencia de Marcelo moldeaba mis formas. Desde enero de 2006 hasta hoy.

En esa fecha, había escrito el cuento El hijo, hoy transformado en Hugy. Veamos este ejemplo para apreciar los cambios que Marcelo logró inculcarme.

El hijo empazaba así:

Nora, la esposa de Víctor, ya no daba más.

?Te digo que es imposible controlarlo, Víctor. ¡Imposible!

?Dejámelo a mí. Faltan pocos días para las vacaciones. Ya vas a ver como ese mocoso entenderá lo que le conviene.

  

Demasiado rápido. Casi siempre, el cuento debe comenzar ?quemando gomas?, como dice Marcelo. Pero este necesitaba una introducción para armar el clima. Hugy empieza así:

  

Después de lo que acababa de ver por televisión, Nora pensó que le hubiese gustado que Víctor y Hugy no se hubieran ido en una de sus habituales salidas de padre e hijo. Le gustaba quedarse sola en casa, pero ahora necesitaba compañía.

Encendió la pc, escribió la dirección web que habían mencionado en el noticiero y esperó el enlace.

La noticia era en verdad espeluznante?

  

Los personajes están presentados, el primer párrafo obliga al lector a preguntarse: ¿qué vio por televisión? ¿Por qué ahora necesita compañía? Y esa palabra ?espeluznante? del segundo párrafo, no sólo comienza a preparar el clima: también ?quema gomas?. Y atrapa.

Hugy sigue en la voz de Nora:

  

?Te digo que es imposible controlarlo, Víctor. ¡Imposible!

Nora ya no daba más: meses antes, había pensado que la pérdida de su diario íntimo se debió a un descuido suyo. Pero cierta vez que encontró en el tacho de basura la comida que había cocinado para Hugy, sospechó el verdadero destino final de sus recuerdos de vida. Comenzó a vigilar a su propio hijo, y comprendió que no sólo se le ocurría tirar comida y objetos valiosos, sino que también les robaba a sus compañeros de colegio, destrozaba su propia ropa y cada tanto se llevaba del trinchante algún que otro cubierto ?en especial, cuchillos?. Le habló Nora a Hugy muy seriamente, pero todo empeoró.

?Dejámelo a mí ?dijo Víctor?. Faltan pocos días para rajarnos a la costa. Ya vas a ver cómo va a entender lo que le conviene.

 

 Llegamos al mismo lugar. Pero: ¡qué diferencia! Las ideas se transformaron en hechos concretos: la desaparición del diario íntimo, comida en la basura, robos en el colegio, falta de cuchillos en la cocina. La contundencia de los hechos produce imágenes que se fijan en la mente del lector. Y este saca sus conclusiones: ?Medio rarito este pibe?, ?La madre no puede con él?, etc. En realidad, estas son conclusiones mías. Habrá tantas como lectores haya.

Otra escena de El hijo.

  

Huguito tenía a Bonny colgando de la correa como si fuera un muñeco. El perro encogía y estiraba sus patas traseras tratando de liberarse de la correa, cosa que pudo hacer cuando Víctor lo soltó. Tuvo ganas de agarrar una oreja de Huguito y, a patadas, entrarlo en el auto. Se esforzó para contener su bronca. Lo agarró de un brazo y lo metió en el coche.

?Te dije que es un demonio ?dijo Julia. A Víctor no le gustó la palabra.

?Ma qué demonio. Es un maleducado. Ya vas a ver cómo lo pongo en vereda.

?¿Qué vas a hacer?

?Ya lo vas a ver. Necesita un escarmiento.

Mientras Víctor y Julia hablaban, Huguito, dentro del auto, se reía y hacía muecas con su boca. No se escuchaba lo que decía, pero a Víctor le llegó de algún lado, un sonido hueco que le dijo: ?Falta poco. Algo malo va a ocurrir.?   

 

La misma escena en Hugy:

 

?¡Pero, qué hacés, hijo de puta! ?Víctor, mientras comía y charlaba con Nora sobre el alquiler de la carpa, se había descuidado por unos minutos?. ¿Lo querés matar?

Hugy, parado sobre el banco, tenía a Bonny colgando de la correa como si fuese un perro de peluche. El pobre animal encogía y estiraba sus patas traseras tratando de hacer  pie.

?¡Largalo, pedazo de boludo!

?Sí, papi ?Hugy, abriendo los dedos, dejó escapar la correa, y Bonny gimió al golpear en el piso.

Víctor tuvo ganas de agarrar a ese estúpido de una oreja y entrarlo a patadas en el auto.

Se esforzó y contuvo la bronca: lo agarró de un brazo y lo metió en el coche.

?Te dije que es un demonio ?dijo Nora.

Demonio. A Víctor no le gustó la palabra.

?¡Ma qué demonio! ?dijo?. ¡Ese hijo tuyo es un maleducado que necesita un buen escarmiento!

?¿Qué le vas a hacer?

?Ya lo verás.

Mientras Víctor y Nora discutían, Hugy, encerrado en el Corsa, se reía y les hacía muecas.

No se lo oía del todo, pero a Víctor le llegó un soplo helado y hueco que fue destilándose en palabras venenosas: Falta poco. Falta menos de lo que pensás.

 

Como consecuencia del diálogo, la imagen del chico con el perro se transforma en una escena vívida. Claro que es difícil escribir diálogos que se escuchen reales: para lograrlo, al corregir debe leerse en voz alta. Así se descubre si el diálogo ?suena? bien o no. Son enseñanzas de Marcelo que las tengo incorporadas. Y, a pesar de eso, no siempre ?suenan? bien. ¿Y entonces cómo se hace? Leyendo y escribiendo, escribiendo y leyendo. No hay otra manera. Así nos lo dice Marcelo.

Otra escena de El hijo.

 

Se fueron en el auto: Víctor y Huguito, adelante; Bonny, atrás.

Entraron al primer campo, y antes de comenzar a caminar, Huguito dijo:

?¿Vos creés que soy el único? ¡Sos un imbécil, Víctor!

La voz de Huguito no era la suya. Era sórdida, vieja, malvada y...

Víctor levantó la escopeta, apuntó a eso que le hablaba, y pudo ver que Huguito levantaba la suya y disparó.

?¡Papá... papito! ?ahora, la voz era la suya?. Tuve que hacerlo, tuve que hacerlo.

?¿Qué has hecho hijo? ¡Qué has hecho!

?Me ví obligado, papito. No tuve chances.

Victor se tiró al suelo y se abrazó a Bonny que, despanzurrado, yacía sobre el pasto.

?¿Por qué, hijo? ¿Por qué? ?Víctor lloraba junto a su perro.

?Te iba a atacar, papito ?dejó ver una sonrisa.

 

La versión en Hugy:

 

Dos días después, se levantó a las seis de la mañana. No se duchó: se cambió directamente y fue a la cocina. Había tomado esa precaución, que compartió con Hugy:

?Los animales se espantan al oler el jabón o el desodorante. Y yo quiero que vos entres en contacto con la naturaleza salvaje. Ya lo creo que vas a entrar en contacto.

Media hora más tarde ?Nora no había salido a despedirlos?, Víctor lo metió a Bonny en el baúl.

?Vos ?le dijo a Hugy?, subí adelante. Sentate a mi lado.

Una vez en la ruta, Víctor enfiló directo por el camino que bordeaba el cementerio. Sabía que trece kilómetros más adelante, doblando a la derecha, se llegaba a la estación Juancho del ferrocarril Roca, abandonada muchos años atrás. Pero él dobló a la izquierda: tomaba otro camino de tierra, el de la antigua ruta a Mar del Plata.

?¿Sabés? ?dijo?. Mi viejo siempre me traía cuando salía a cazar. Este camino es el que recorríamos en busca de un campo tranquilo, a pocos kilómetros de pasar una amplia curva.

Tal cual: tantos años después, Víctor estaba a punto de tomar ahora esa misma curva?

?pero la curva nunca apareció. ¡Apareció la estación Juancho!

Víctor clavó los frenos. No entendía nada. ¿Estaba loco?

?¿Doblé a la izquierda o a la derecha, Hugy?

Nada: de nuevo Hugy se había encerrado en su coraza interior, para variar. El mismo autista de siempre, la puta madre.

Pero él estaba seguro: había doblado a la izquierda, y no a la derecha. No dudaba de que era la estación Juancho abandonada, y no otra cosa: veía los pastos crecidos en los andenes, las vías casi enterradas, los helechos en los ladrillos húmedos de las paredes, las tejas ennegrecidas, los agujeros en los techos medio derrumbados. Pero? ¿cómo habían ido a parar ahí, él y Hugy?

Metió primera y picó hasta que esa estación fantasma desapareció del espejo retrovisor.

Reconoció un campo, una vieja charca donde había cazado patos con su padre, ahora seca y sin casas cercanas ni animales pastando.

¿Había doblado a la derecha, entonces? Porque recordaba que ese campo estaba pasando la estación.

¿Qué había??

Decidió no pensar más en el asunto. Paró el coche: el campo era lo suficientemente tranquilo como para entrar con Hugy.

Saltaron el alambrado.

Caminaban en silencio, guiados por el cerco de alambre que los separaba de un par de dorados rastrojos. A Víctor le llamó la atención un espantapájaros en medio de las cañas de maíz. No tenía mucho sentido: la cosecha ya había sido levantada, y nada había que espantar.

Sintió la sequedad que le venía molestando la garganta y, sin saber por qué, quiso acercarse a ese muñeco clavado en una estaca de unos dos metros de alto. Pretendió ordenarle a Hugy que pasara el alambrado, pero otra vez la sequedad de garganta le impidió hablar. Le hizo una seña indicándole que pasara y, justo en el momento en que él se agachaba para deslizarse entre los dos alambres ?abajo el de púas y arriba el galvanizado liso?, le pareció que Hugy, de un salto...

No, más que un salto fue como si, espontáneamente, al chico le hubieran crecido alas que le permitieron volar sobre el alambrado.

Víctor se incorporó del otro lado del cerco. Quedó frente a Hugy, y Hugy le guiñó un ojo. ¡Hugy le guiñó un ojo! ¿Por qué, si jamás?? Y más intriga sintió cuando los pastos se oscurecieron: una enorme bandada de cuervos revoloteaba sobre ellos ensombreciendo el campo.

Al ver que los cuervos volaron hacia el muñeco empalado en medio de una hondonada, Víctor los siguió a toda carrera. Los cuervos se posaron en el espantapájaros. ¿Sería un nido? Pero un nido es algo acogedor, y estos ahora se picoteaban rasgándose las plumas, arrancándose jirones de carne. Y el movimiento era tan grotesco que terminó por convertirse en una gran masa negra de plumas y sangre girando sobre su propio centro.

Víctor miraba absorto. ¿Lo estaba viendo o se lo estaba imaginando?

Y entonces oyó una voz que, partiendo del medio de esa hondonada, le llegaba desde todas direcciones como si las ondas sonoras se desplazaran en espiral, rodeándolo.

?¿Vos creés que soy el único, querido papito? ¡Sos un imbécil!

Esa voz sórdida, vieja, no era la de Hugy, no podía serlo. Pero... ¿no era Hugy el que hablaba? ¿O algo en él, detrás de sus palabras, generaba esa ponzoña?

Víctor levantó la escopeta y le apuntó.

Hugy, al mismo tiempo, también lo hizo: apuntó directo contra él, y él cerró los ojos y enseguida tronó un disparo.

Graznaron los cuervos, y la bola negra voló y se abrió en abanico y los pastos volvieron a oscurecerse.

?¡Papá... papá! ?ahora la voz de Hugy era la voz de Hugy?. Tuve que hacerlo... Tuve que hacerlo.

?¿Pero... por qué, hijo? ¡Qué has hecho!

?Me vi obligado, papito. No tuve chances.

Víctor cayó al suelo y abrazó a Bonny que, despanzurrado, con la cabeza colgando de un jirón sanguinolento, yacía sobre el pasto rojo de sangre. En el último segundo, Hugy había desviado el arma.

?¿Por qué, hijo? ¿Por qué? ?Víctor, arrodillado junto a su perro, lloraba.

?Te iba a atacar, papito... te iba a atacar.

Hugy lo miró con una expresión inocente y perpleja. Como si sonriera.

 

 Once líneas convertidas en sesenta y dos. Pero, qué vívida diferencia, ¿no? A las once líneas les faltaba fuerza: un cementerio, una estación abandonada, una curva que no aparece, la oscuridad de los pastos, cuervos revoloteando a un espantapájaros, una gran bola negra de plumas y sangre girando sobre su propio centro, alas que parecen crecerle al chico, las dudas del personaje: ¿doblé a la derecha o a la izquierda; es Hugy el que habla? Y aquí, otra enseñanza de Marcelo: corregir, no sólo es encontrar la palabra que el texto pide, o sacar la que sobra, sino que a veces, como en este caso, significa agregar cuando falta. Pero agregar hechos que vayan entretejiendo la trama. Para generar el ambiente necesario que lleve al crescendo. Para que todo lo que después ocurre ?que es mucho, se los aseguro?, tenga la verosimilitud que toda narración debe tener.

Sería ridículo querer resumir el TCyC  y años de asistencia al taller. Esto es sólo un ejemplo. Una forma de agradecerle a Marcelo, la dedicación y el esfuerzo puesto en cada uno de los que gozamos con la asistencia. Una forma de mostrar cómo convirtió a un tipo con ganas de escribir, en alguien que ya no puede prescindir de la adicción, en alguien que necesita hacerlo porque se siente bien, en alguien que espera, algún día, poder enseñar lo que aprendió.

 
Publicado por Eduardo Poggi a las 07:00